Valeria Salcedo se fue de México sin explicar la verdad: estaba enferma, sola y convencida de que dejar a Alejandro Alcázar era la única forma de no arruinarle la vida.
Tres años después, vuelve decidida a empezar de cero con su papá y un nuevo trabajo. Pero el primer proyecto que recibe la pone frente a Camila Rivas, la nueva novia de Alejandro. Una mujer dulce frente a todos, venenosa cuando nadie mira.
Alejandro ya no es el hombre que la amaba. Ahora la humilla, la duda, la acusa y protege a otra con la misma ternura que antes era solo para ella.
Valeria intenta mantenerse lejos, pero cada encuentro abre una herida vieja. Entre mentiras, escándalos, accidentes y nuevas oportunidades, tendrá que decidir si sigue atada al amor que la destruyó o si por fin se elige a sí misma.
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Capítulo 5
Capítulo 5
Lloré como si me hubieran abierto por dentro.
Santiago no colgó. Esperó del otro lado, sin hacer chistes.
Cuando por fin pude respirar, preguntó:
—¿Ya? ¿Dónde estás?
Le mandé la ubicación y me quedé sentada en la banqueta, con la cabeza cubierta por un pañuelo manchado de sangre.
Pensé en el Alejandro de antes. En cuatro años casi nunca me levantó la voz. Mis compañeras de entonces decían que yo había salvado al mundo en otra vida para tener un novio como él.
Ahora, por Camila, me miraba como si quisiera destrozarme.
No cambió.
Solo cambió la persona a la que protegía.
—¡Valeria!
—¡Llorona!
Santiago llegó todavía con bata blanca. Venía con las manos en los bolsillos, pero al ver mi herida se le borró la sonrisa. Se agachó y me apartó el cabello con cuidado.
—¿Qué te hicieron?
—Llévame al hospital.
No preguntó más.
Me ayudó a subir al coche, me abrochó el cinturón y manejó en silencio.
En urgencias me limpiaron la herida, me hicieron tomografía y confirmaron una conmoción leve. Reposo, nada de esfuerzo y nada de estrés.
Claro. Como si el estrés se pudiera apagar con receta.
Entonces sonó mi celular.
Leonardo.
No quise contestar.
—¿También se te dañó el oído? —dijo Santiago, recargado contra la pared.
Contesté.
—Valeria, ¿qué demonios hiciste? Julia llamó para cancelar la colaboración. Dice que fuiste grosera con Camila y que, si Grupo Fuentes no toma medidas, jamás volverán a trabajar con nosotros.
Me ardió la sangre.
—Gerente, ellos nunca pensaron firmar.
—¿Me estás oyendo? La empresa preparó más de diez millones de pesos en producto. La caducidad es de veintiún días. Si esto no se resuelve, tú respondes.
Colgó.
Me quedé con el teléfono en la mano.
Santiago había escuchado todo.
—Te dije que esa niña no era trigo limpio. ¿Tu golpe fue por ella?
Le conté lo ocurrido.
Se quitó la bata de un tirón.
—Voy a buscar a Alejandro.
—No.
—Tú serás muy aguantadora. Yo no.
—Santiago, no me metas en más problemas. El proyecto ya está en llamas.
Volvió a sentarse, furioso.
—Son amigos de toda la vida —dije más bajo—. No vale la pena pelear por mí.
Me miró.
—Yo decido qué vale la pena.
Se me calentó el pecho.
—Gracias, doctor.
—Deja de decirme doctor. Llámame Santiago. ¿Qué vas a hacer?
—No sé. Camila ya no sirve. No tengo contactos. Si no vendo esos productos, ni vendiéndome pago la pérdida.
—¿Y Regina Montes?
Lo miré.
—¿La actriz de Corazón de Fuego? Si consigues que ella haga el en vivo, hago una maroma en plena avenida.
—La maroma no. Me debes un favor. Si la consigo, lo pagas cuando yo quiera.
—¿Hablas en serio?
—Siéntate y espera.
Se fue.
Media hora después volvió con cara de funeral.
—No pasa nada —dije, intentando consolarlo—. Regina está casi retirada. Solo hace campañas sociales.
Santiago sonrió de golpe y sacó un papel doblado.
—Te la creíste. Aquí está la dirección y el teléfono. Mañana vas a verla. Yo abrí la puerta; tú cierras el trato.
—¿De verdad?
—Es amiga de mi mamá. Me vio crecer.
Quise brincar, pero me dolía la cintura.
—Le dije que eres mi novia —agregó—. No me delates.
—Entiendo. Gracias.
—No gracias. Me debes una.
—Mientras no sea ilegal, inmoral o imposible, acepto.
—¿Ilegal? No te alcanza la cabeza para tanto.
Le puse mala cara.
Tenía que volver a la empresa.
—Esta noche cenamos —dijo Santiago—. Te explico mi familia para que mañana no la riegues con Regina.
—No puedo. Hoy es mi cumpleaños. Mi papá cocinó.
Su expresión cambió.
—¿Cumpleaños? Entonces voy a tu casa. Llevo algo y brindo con tu papá.
—No compres regalos. No puedo regresarte algo igual.
—Qué dramática. Está bien.
Antes de regresar a la oficina compré una gorra para cubrir la herida.
En mi lugar, una compañera se inclinó hacia mí.
—El jefe está de malas. Entra con cuidado.
Toqué la puerta de Leonardo.
—¿Vienes con solución o a que te regañe? —dijo apenas me vio.
—Tengo una propuesta. Cambiar a Camila por Regina Montes.
Se rió con desprecio.
—¿Crees que no lo intentamos? Regina no vende cualquier cosa.
—¿Y si donamos la mitad de las ganancias a proyectos sociales? Ella hace campañas con causa. Ganamos ventas, reputación y salida para el inventario.
—La empresa no es beneficencia.
—También es reputación. Y eso vende.
Leonardo caminó de un lado a otro.
—Si arriba acepta, tú presentas. Pero no te emociones. Ve a pedirle perdón a Camila, eso sería más realista.
—Prefiero presentar.
Me mandó a esperar. Yo regresé a mi escritorio y armé la presentación con los reportes de ventas, los datos de Regina, el cálculo de donación y el riesgo de inventario.
Al final de la tarde, Leonardo salió.
—Piso trece. Dirección general. Ve al punto. El señor Fuentes no tiene tiempo para discursos.
Tomé mis carpetas y subí.
Frente a la oficina del director, la puerta se abrió antes de que tocara. Salió una mujer con bolso Prada rosa, vestido negro ajustado y una mirada que cortaba.
Pasó a mi lado sin saludar.
Respiré hondo.
Toqué.
a y como midiera emiliano que como hombre acepta este tipo de cosas y aun asi sigue detrás de ella
esta esceitora pone a la mujer peor que una botella vacía de agua en l alcalde pateada hasta por el perro callejero