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No te mueras, mi amor

No te mueras, mi amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Amor en la guerra / Completas
Popularitas:10.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Mía Ríos

Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.

La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.

Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.

Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.

Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.

NovelToon tiene autorización de Mía Ríos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4

El reencuentro

El aeropuerto olía a café recalentado y a ropa mojada.

Valentina llevaba tres horas sentada en la terminal con la mochila entre los pies y el boleto arrugado en la mano. Vuelo 714 a la Capital, puerta 9, salida 16:40. Eran las 19:22. La pantalla de salidas llevaba dos horas mostrando la misma palabra en letras amarillas: CANCELADO.

Afuera, la tormenta se había tragado el cielo. El viento golpeaba los ventanales con ráfagas que hacían vibrar el cristal, y la lluvia caía en diagonal, tan gruesa que las luces de la pista se veían como puntos borrosos detrás de una cortina gris. Habían cancelado todos los vuelos. Todos. El aeropuerto entero estaba varado.

Sacó la pulsera roja de la muñeca y se la enrolló entre los dedos. Lo hacía sin pensar —cada vez que esperaba, cada vez que no sabía qué hacer con las manos, cada vez que el silencio se alargaba y necesitaba algo sólido entre los dedos—. El hilo estaba más gastado que cuando lo había encontrado en su muñeca en Alepo. Más suave. Más suyo.

Valentina sacó el teléfono y llamó a Elena.

—No voy a llegar hoy, mamá. Cancelaron los vuelos por la tormenta.

—¿Todos?

—Todos.

Un silencio. Valentina casi podía ver a Elena en su departamento de la Capital, sentada en el sillón bueno con el teléfono apretado contra la oreja y la mandíbula tensa.

—Entonces vienes mañana.

—Si abren la pista.

—Valentina, te esperé todo el día. Preparé la cena.

—Mamá, no puedo controlar el clima.

Otro silencio. Más largo.

—Cuídate —dijo Elena, y colgó.

Valentina miró el teléfono un segundo, guardó el aire entre los dientes y lo soltó despacio. La relación con su madre era eso: silencios que pesaban más que los gritos, culpas disfrazadas de cena, amor que sonaba a reproche.

La terminal se había convertido en un campamento. Familias enteras acostadas en el suelo con cobijas y almohadas improvisadas con maletas. Niños llorando. Un grupo de hombres de negocios discutiendo con la empleada de la aerolínea, que repetía la misma frase con la misma sonrisa mecánica: "Les pedimos paciencia, señores. En cuanto las condiciones meteorológicas lo permitan—"

—¡Llevamos cinco horas aquí! —gritó uno.

—¡Queremos hablar con un supervisor!

—¡Esto es inaceptable!

Las voces se fueron sumando. Valentina las observaba desde su asiento con el instinto de periodista encendido: la frustración colectiva tenía una textura visible, una escalada predecible. Primero los reclamos individuales. Luego los gritos. Luego alguien empuja a alguien.

Sucedió exactamente así.

Un hombre corpulento se abrió paso entre la multitud y golpeó el mostrador con el puño. La empleada retrocedió. Otro hombre jaló el cordón de separación y lo arrancó del poste. Un grupo de jóvenes empezó a gritar consignas contra la aerolínea. Una maleta salió volando y golpeó un cartel luminoso. El cristal se rompió. Alguien gritó.

Y entonces el motín se encendió.

Valentina se levantó del asiento. La multitud se movía como un solo organismo furioso: empujones, maletazos, gritos que rebotaban contra los techos altos de la terminal. Una mujer cayó al suelo con su hijo en brazos. Un anciano se aferró a una columna para no ser arrastrado. Los altavoces del aeropuerto repitieron algo ininteligible que nadie escuchó.

Valentina buscó una salida con la mirada. Puerta lateral, pasillo de servicio, cualquier cosa. Pero la masa de gente la empujaba en la dirección contraria. Tropezó con una maleta y se agarró del respaldo de una silla para no caer.

Fue entonces cuando llegaron.

Un contingente de fuerzas especiales policiales entró por la puerta principal en formación cerrada. Cascos, escudos, chalecos tácticos negros. Se desplegaron en abanico, empujando a la multitud hacia las paredes con movimientos coordinados. Las botas golpeaban el piso de mármol con un ritmo militar que cortó el ruido como un cuchillo.

Un oficial al frente levantó la mano y gritó:

—¡Quédense donde están! ¡Nadie se mueva!

La voz le entró a Valentina por la columna vertebral.

No era la misma voz. No era el mismo acento. Pero la orden militar —el tono cortante, el imperativo, la autoridad que no admitía réplica— activó algo en su cuerpo que estaba dormido desde hacía meses. El aeropuerto desapareció. Las luces se volvieron naranjas. El piso de mármol se convirtió en cascajo. El olor a café recalentado se transformó en olor a cable quemado.

"No muevas el pie."

La voz de él. La voz real, la de Alepo, la que le había dicho que no moviera el pie o moriría. Valentina la escuchó como si estuviera ahí, a su lado, arrodillado junto a su bota sobre la placa de metal.

El corazón le latía en la garganta. Las manos le temblaban. El piso vibraba bajo sus pies como si hubiera una bomba debajo —pero no había bomba, era la multitud moviéndose, eran los escudos contra el mármol, era su propio pulso desbocado confundiendo todo—.

Cerró los ojos. Se agarró de la silla con las dos manos. Las uñas le raspaban el plástico. Podía sentir la pulsera roja apretada entre los dedos de la mano izquierda — la había agarrado sin darse cuenta, como un rosario, como un cable a tierra.

Respiró. Contó los latidos. Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.

"No estás en Alepo. No hay placa de metal debajo de tus pies. Estás en un aeropuerto. Estás viva. Nadie va a explotar."

Abrió los ojos. El piso de mármol seguía siendo mármol. Las luces seguían siendo fluorescentes. La tormenta seguía siendo una tormenta y no un bombardeo.

Los oficiales habían controlado el sector central. La multitud se replegaba hacia los costados, obediente y asustada. Algunos lloraban. Otros se dejaban caer al suelo con las manos en alto. El grupo que había iniciado el motín estaba contra la pared, rodeado de escudos.

Valentina miraba sin ver, todavía atrapada entre dos realidades. La tormenta golpeaba los ventanales. Las luces fluorescentes parpadeaban. Todo tenía un brillo sobreexpuesto, como una fotografía con el flash demasiado fuerte.

Se tocó la muñeca. La pulsera roja estaba ahí. Se la puso de vuelta sobre el hueso y apretó. El hilo la conectaba con algo que era más real que esta terminal de aeropuerto, que esta tormenta, que este motín de gente cansada.

Entonces lo vio.

Al principio no fue una certeza. Fue una sensación —un tirón en el centro del pecho, como un hilo que se tensa—. Un oficial se movía entre la multitud con una autoridad distinta a la de los demás. No gritaba. No empujaba. Caminaba con esa economía de movimiento que ella conocía, esa precisión quirúrgica de quien sabe exactamente dónde poner cada paso. Llevaba el casco puesto y la visera abajo. Chaleco táctico negro. Guantes negros.

Valentina dio un paso hacia él.

La complexión. Los hombros. La forma de girar la cabeza cuando escuchaba algo por el radio. La forma de levantar la mano izquierda para dar una señal —la mano izquierda donde debería estar una pulsera roja que ya no estaba—.

Otro paso.

El corazón le latía tan fuerte que le dolían las costillas. La multitud se movía a su alrededor pero ella solo veía esa figura, solo seguía esa silueta que se parecía demasiado, que caminaba demasiado igual, que tenía los mismos hombros y las mismas manos y—

—¡Santi!

El grito le salió del fondo del estómago. No fue un nombre —fue un sonido animal, un instinto que saltó de su boca antes de que el cerebro pudiera filtrarlo—. La única sílaba que tenía, completada por algo que no sabía de dónde venía.

El oficial se detuvo.

Giró la cabeza. Lentamente. Como si el grito hubiera atravesado el ruido de la tormenta, los altavoces, los gritos de la multitud, los escudos contra el mármol, y le hubiera llegado limpio y claro a través de todo.

Valentina caminó hacia él. Un oficial le dijo algo —"Señorita, manténgase atrás"— pero la voz le llegó desde otro planeta. Tres metros. Otro oficial levantó el brazo para cortarle el paso; ella lo esquivó sin dejar de mirarlo. Dos metros. Un metro.

Le arrancó la visera del casco con las dos manos.

El rostro debajo era el que había visto a través de la ventana del autobús. La mandíbula angular. El pelo oscuro aplastado por el sudor del casco. La línea de la ceja izquierda, ligeramente más gruesa que la derecha. Pero sobre todo los ojos. Los ojos que la habían mirado desde el segundo piso de un edificio sin techo en Alepo. Los ojos que le habían dicho "El suficiente" cuando ella preguntó cuánto tiempo tenían para vivir.

Los ojos más oscuros que había visto en su vida.

Él la miró.

El reconocimiento fue instantáneo. Valentina lo vio en el cambio de su respiración, en la forma en que la boca se abrió un milímetro, en cómo los ojos se ensancharon durante una fracción de segundo antes de volver a su tamaño normal. Él la recordaba. Claro que la recordaba. Él sabía quién era ella antes de que ella supiera quién era él.

Valentina tenía la visera del casco en la mano. Él tenía el rostro descubierto por primera vez sin polvo, sin emergencia, sin bomba debajo de sus pies. Estaban de pie en medio de un aeropuerto con la tormenta golpeando los ventanales y la multitud controlada a su alrededor y los altavoces repitiendo instrucciones que ninguno de los dos escuchaba.

Él bajó la mirada.

A la muñeca izquierda de ella. A la pulsera roja que seguía ahí —trenzada, gastada, enrollada sobre el hueso—. La pulsera que había sido suya.

Levantó la vista. La miró a los ojos.

Y Valentina supo, con la misma certeza con la que había sabido que la placa debajo de su bota era una bomba, que este hombre no era un fantasma. No era un recuerdo de guerra. No era una sílaba incompleta en un diario de madrugada.

Era real. Estaba aquí. Y la estaba mirando como si él también hubiera pasado meses buscando algo que acababa de encontrar.

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Carmen Gloria Rivas Barrio
Me encantó, un amor increíble, un amor dispuesto a todo, un amor a prueba de balas y de guerra
Miriam Molina Molina
Es una obra de arte... tan fantástica como real... dolorosa y amorosa como lo es la vida misma...
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.
Laura Castañon
que historia más maravillosa e impresionante me gusto mucho gracias escritora felicidades muchas bendiciones
Amanda Gongora
excelente felicitaciones gracias
Naicka Rodriguez
gracias me gustó mucho cada capítulo, me concentre tanto que hasta me involucre en todo los personajes, felicitaciones ame bastante esta historia 😍
Luz myriam Navarrete
Es buena la trama pero aburre q tiene poco dialigo de parte de los personajes mucha descriccion de alrrededor autora mejoralo bay no continuo ..dienpre repites lo mismo
Luna del Mar
Muy buena historia, excelente narración y trama. Felicidades escritora.
Helizahira Cohen
Esta interesante, bonita se ve
Isabel Balderas
esta historia me la encontré de casualidad y empecé a leerla pensando que era la típica historia de amor y el vivieron felices por siempre pero la leí completa y llore mucho solo me queda decir que esta historia me encantó sentí cada palabra como si estuviera yo presente en la historia 👏😭👏😭
Luna del Mar
Excelente primer capítulo
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