Alessia es hielo, poder y control absoluto. Tras la sospechosa muerte de su padre, dirige un imperio multimillonario donde no se permiten las debilidades. Matteo es un genio informático humilde y brillante, un becado universitario ajeno a la crueldad de la alta sociedad. Dos mundos opuestos que colisionan en una alianza digital inquebrantable... y una atracción posesiva que ninguno puede frenar.
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Capítulo 4: El Contrato y la Tensión
La euforia en la sala de juntas de Romano Technologies se había disipado tras la exitosa firma del contrato multimillonario. En la oficina presidencial del piso cuarenta, la enorme puerta de madera se cerró, dejando el mundo exterior fuera.
Solo quedaban ellos dos: Alessia y Matteo.
Matteo permanecía de pie cerca del gran ventanal. Aunque frente a Carlo Bianchi había mostrado un porte digno, ahora que estaba a solas con Alessia, los nervios lo estaban devorando. Aferraba sus cuadernos viejos contra su sudadera gigante como si fueran un escudo protector. Sus ojos azul claro miraban el suelo y se acomodaba los anteojos cada dos segundos, completamente intimidado por la sola presencia de una mujer.
Alessia, caminando con una elegancia magnética, se despojó del saco de su traje sastre, revelando su ceñida blusa blanca que resaltaba su espectacular figura y su fina cintura. Sus intensos ojos verdes se fijaron en el chico con una mezcla de diversión y profunda atracción. Tomó una carpeta de cuero de su escritorio.
—Toma asiento, Matteo, por favor —le pidió con voz suave.
—S-sí, signorina... gracias —tartamudeó él, sentándose en la orilla de la imponente silla de cuero, rígido como una estatua.
Alessia deslizó la carpeta hacia él.
—Es un contrato oficial como Director de Desarrollo de Ciberseguridad. Tendrás tu propio laboratorio, un sueldo excelente y un departamento a tu nombre. Tu mente salvó esta empresa, y yo sé recompensar el talento.
Matteo bajó la mirada al papel. Su brillante cerebro procesó el contrato al instante; su orgullo intelectual seguía ahí, sabía que el documento era justo y que su trabajo valía cada centavo. Pero cuando se dispuso a firmar, Alessia decidió jugar sus cartas para probarlo.
Rodeando el escritorio lentamente, Alessia dejó que su exquisito y dulce perfume inundara el espacio. Se detuvo justo al lado de su silla y se inclinó hacia él, apoyando una mano en el respaldo y la otra en el brazo del asiento, acorralándolo por completo. Su larga melena amarilla brillante cayó rozando el hombro de Matteo.
El chico se quedó sin respiración. El rubor le tiñó las mejillas y el cuello por completo; estaba temblando visiblemente, fascinado por la abrumadora belleza de Alessia pero muerto de miedo por la cercanía.
—No hablas mucho, Matteo —susurró Alessia, acercando su rostro a escasos centímetros del suyo, disfrutando de lo tierno y genuino que resultaba su nerviosismo—. Salvaste mi imperio hoy. ¿De verdad te asusto tanto?
Matteo tragó saliva, con el corazón golpeándole el pecho. Intentó mantener una pizca de su dignidad, pero la timidez lo superaba.
—Yo... yo no... no estoy acostumbrado a... a esto, signorina Romano. El código es fácil, las... las personas no. Y usted... usted es...
Al ver el adorable colapso del chico, Alessia sonrió con audacia y decidió ir más allá para ver su reacción. Se inclinó un milímetro más y le plantó un beso lento y suave en la mejilla, muy cerca de la comisura de sus labios.
El contacto de la piel suave de Alessia hizo que Matteo se congelara por completo. Sus ojos azules se abrieron de par en par, completamente hechizado y flotando en una mezcla de miedo puro y fascinación absoluta. Con los dedos temblorosos por los nervios, tomó el bolígrafo y, haciendo un esfuerzo sobrehumano, firmó el documento.
—G-gracias... —alcanzó a murmurar Matteo con un hilo de voz.
Preso de un ataque de pánico y vergüenza total, Matteo se puso de pie de un salto, tomó sus cuadernos viejos contra el pecho y, sin mirar atrás, salió corriendo de la oficina presidencial a toda prisa, dejando a Alessia sola con una risa encantada resonando en el lugar.