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AMORES DE LA ÉLITE

AMORES DE LA ÉLITE

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Romance / Amor eterno / Completas
Popularitas:2.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Naibelys Perez

El Precio de la Libertad
En las frías y oscuras mazmorras donde los sueños se apagan, una mujer encadenada guarda el secreto de su propia resistencia. Despojada de todo menos de su dignidad, su llanto no es de debilidad, sino el eco silencioso de un alma que se niega a doblegarse.
Amores de la ÉLITE
Entre salones de baile iluminados por imponentes candelabros, copas de cristal y miradas que lo dicen todo, se mueve la alta sociedad. En este exclusivo universo donde el poder y el dinero dictan las reglas del juego, dos almas se cruzan para descubrir que el lujo más codiciado no se lleva en los dedos ni en las joyas, sino en la intensidad de un amor apasionado. Tres élite se unen la familia Monasterio, la familia Valderrama Morales y la familia Pineda Castillo.

NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EL ASEDIO LETAL EN LA PUERTA TRASERA

​El eco metálico del pitido de alerta en el comunicador de Samantha pareció congelar el aire del pasillo. La tensión acumulada durante horas se disipó de golpe, reemplazada por la adrenalina pura y fría que solo se experimenta en el filo de una confrontación armada, donde el margen de error se reduce a cero.

​—Mantengan la posición y activen los protocolos de bloqueo total en el sector sur —ordenó Samantha con voz firme, tajante, a través de la radio del equipo táctico, mientras su mano derecha se cerraba con fuerza implacable alrededor de la empuñadura de su fusil de asalto—. Nadie entra ni sale de la clínica sin autorización explícita de este mando.

​Diana dio un paso al frente, con el rostro pálido pero con una determinación indomable brillando en su mirada de cirujana acostumbrada a lidiar con situaciones límite.

​—Sam, si Rubén Martínez o su gente intentan irrumpir, buscarán ir directo a las áreas de hospitalización. Anastasia está bajo custodia en terapia intensiva y Andrés apenas lleva unas horas estable. No podemos permitir que conviertan este lugar en un campo de batalla —advirtió Diana, apretando los hombros de su pareja con firmeza—. Haz lo que tengas que hacer, pero protégete.

​Samantha le dedicó una mirada rápida, un destello de profunda complicidad y afecto que contrastaba crudamente con el chaleco antibalas y la frialdad de su deber táctico.

​—Quédate aquí adentro, Diana. No te muevas de este pasillo ni dejes que nadie abra las puertas principales. Voy a encargarme de que esta escoria no vuelva a amenazar a nadie —respondió la teniente antes de girar sobre sus talones y avanzar a zancadas rápidas hacia el acceso superior de la azotea.

​A pocos pasos de allí, la doctora Elena Morales observaba la escena con una calma imperturbable, ajustándose los puños de su impecable blusa de diseñador que sobresalía bajo la bata médica. Con la experiencia de quien ha administrado imperios de salud de alta complejidad a nivel internacional y ha visto crisis de todo tipo en el extranjero, Elena mantuvo la compostura absoluta.

​—Si necesitas que active la red de seguridad privada de las clínicas de Mateo en el extranjero para un apoyo aéreo o refuerzo internacional, avísame, Diana. Mi esposo tiene protocolos de respuesta inmediata para estas emergencias —comentó Elena con su acento extranjero y distinguido, cruzándose de brazos con elegancia.

​—Gracias, Elena... mantengámoslo en reserva por si la situación escala más allá de nuestro control —respondió Diana, agradeciendo el respaldo incondicional de su amiga.

​Mientras tanto, en la parte posterior de la clínica, la zona de ambulancias y el muelle de carga se habían convertido en el escenario de una trampa mortal. Una camioneta todoterreno de lunas oscuras y blindaje artesanal irrumpió a toda velocidad, rompiendo la pluma de seguridad metálica con un estrépito de hierros retorcidos y cristales rotos. El vehículo derrapó sobre el pavimento mojado por la llovizna antes de detenerse abruptamente frente a las puertas de servicio.

​Las puertas laterales se abrieron de par en par antes de que el motor terminara de apagarse. Cuatro mercenarios armados con fusiles de asalto y rostros cubiertos con pasamontañas saltaron al pavimento, tomando posiciones defensivas bajo la tenue luz parpadeante de las lámparas de emergencia.

​—¡Abran paso! ¡Revisen cada acceso! ¡El jefe quiere a la mujer y no le importa quién se cruce en el camino! —gritó el líder del comando, apuntando directamente hacia los ventanales de la entrada de servicio con una barra de hierro en la mano izquierda para forzar el acceso.

​Pero lo que ignoraban por completo era que ya habían entrado en el ángulo de tiro definitivo.

​Desde la segunda planta, apostada en el balcón de concreto que dominaba todo el patio trasero, la teniente Samantha Blake los esperaba con el rifle de precisión montado, la respiración perfectamente acompasada y el dedo firme sobre el gatillo. A su lado, dos agentes de operaciones especiales mantenían los flancos cubiertos.

​—Objetivos en mira. No van a poner un solo pie dentro de este hospital. Fuego a discreción —ordenó Samantha con voz helada, sin un ápice de vacilación.

​El primer disparo de Samantha cruzó la noche con la velocidad del trueno, impactando de lleno en el pecho del mercenario que lideraba el asalto. El hombre cayó desplomado sobre el pavimento húmedo, muerto al instante antes de tocar el suelo.

​Los otros tres comandos reaccionaron con desesperación, levantando sus armas hacia el balcón, pero la respuesta del equipo táctico fue fulminante. Las ráfagas cruzadas desde la posición superior barrieron el espacio abierto con precisión quirúrgica. En cuestión de segundos, los destrozos de los disparos acribillaron los flancos de la camioneta y neutralizaron a los dos siguientes atacantes, cuyos cuerpos cayeron sin vida junto a las puertas del vehículo.

​El último mercenario, aterrorizado al verse solo y acorralado, intentó retroceder hacia la oscuridad de la calle, arrojando el fusil al suelo.

​—¡Ríndete y baja las manos! —bramó Samantha desde la altura, apuntándole directo al pecho.

​El hombre hizo amago de sacar un arma secundaria oculta en su chaleco, un error fatal.

​¡PUM!

​El eco seco del último disparo retumbó en la zona industrial, sellando el destino del agresor, que se derrumbó sin vida a pocos metros de la entrada trasera.

​Las alarmas perimetrales continuaban ululando, pero el patio de servicio quedó sumido en un silencio absoluto, roto únicamente por el goteo de la llovizna sobre el asfalto mojado. Samantha bajó lentamente el cañón del rifle, exhalando un suspiro denso mientras se ajustaba el auricular táctico.

​—Amenaza neutralizada en el sector trasero. Área despejada —informó Samantha con voz firme, mientras daba la vuelta para regresar al interior de la clínica, sabiendo que el mensaje enviado a Rubén Martínez había sido alto, claro y definitivo.

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Luisa Franco
la historia promete
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