romántica
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El encuentro que ambos esperaban
Andrés había leído el mensaje de Fernanda varias veces.
No podía ocultar lo que sentía.
Finalmente respondió:
“Yo también quiero estar a solas contigo.”
Fernanda sintió que el corazón comenzaba a latirle más rápido.
Andrés continuó:
“Quiero comer contigo, conversar contigo y pasar un rato tranquilo.”
Después añadió:
“Entiendo que tengas miedo de que alguien nos vea. Sé cómo es este pueblo y sé que cualquier cosa puede convertirse en un comentario.”
Fernanda siguió leyendo.
“Pero tu hijo ya regresó a clases.”
“¿Qué te parece si mañana le pides a tu mamá o a alguien de confianza que vaya a retirarlo de la escuela?”
“Yo puedo quedarme unas horas más en el trabajo y después paso por ti.”
“Podemos ir a mi departamento, conversar y comer algo.”
Y finalmente escribió:
“Por favor, no me lo niegues.”
Fernanda dejó el teléfono sobre la cama.
No sabía qué responder.
Por dentro se moría de ganas de volver a verlo.
Quería estar otra vez junto a él.
Quería hablar.
Quería sentir aquella tranquilidad que había experimentado en su departamento.
Pero tenía miedo.
Miedo de que alguien los descubriera.
Miedo de que Pedro se enterara.
Miedo de que todo terminara convirtiéndose en un problema todavía más grande.
Durante varios minutos estuvo pensando.
Finalmente escribió:
“Está bien. Mañana.”
Andrés respondió inmediatamente:
“¿De verdad?”
Fernanda sonrió.
“Sí.”
“Entonces, después de que Pedro se vaya al trabajo, me avisas.”
“Está bien.”
Esa noche Fernanda tardó en dormir.
Pensaba en el día siguiente.
No sabía qué iba a pasar.
Pero sabía que quería verlo.
A la mañana siguiente se levantó temprano.
Preparó el desayuno.
Ayudó a su hijo a prepararse para ir a la escuela.
Después comenzó con las tareas de la casa.
Dejó ropa lavando.
Ordenó algunas cosas.
Preparó todo lo necesario para que cuando regresara todo estuviera en orden.
Pedro se preparó para ir al trabajo.
Antes de salir, se despidió de Fernanda.
Ella respondió con normalidad.
—Que te vaya bien.
Pedro salió.
Poco después, su hijo se fue a la escuela.
Cuando Fernanda se quedó sola, tomó su teléfono.
Miró la hora.
Después llamó a su mamá.
—Mamá, ¿me puedes ayudar con algo?
—¿Qué pasó?
—¿Puedes ir a retirar a mi hijo de la escuela hoy?
Su madre se sorprendió.
—¿Por qué?
Fernanda buscó rápidamente una excusa.
—Tengo algo pendiente que hacer y no quiero dejarlo esperando.
Después de insistirle un poco, su madre aceptó.
—Está bien. Yo voy por él.
—Gracias, mamá.
Fernanda colgó.
Sintió una mezcla de nervios y emoción.
Entonces su teléfono vibró.
Era Andrés.
“Desde que recibí tu último mensaje no he podido dormir.”
Fernanda sonrió.
“¿Por qué?”
La respuesta llegó enseguida.
“Porque solo quería que llegara este día.”
“Quería que pasaran las horas para poder verte.”
Fernanda sintió mariposas en el estómago.
Andrés continuó:
“En unos minutos paso cerca de tu casa.”
“Te aviso cuando esté llegando.”
“Nos vamos a mi departamento.”
Fernanda dejó el teléfono sobre la mesa.
Miró a su alrededor.
La casa estaba ordenada.
Su hijo estaba en la escuela.
Pedro estaba trabajando.
Todo parecía estar bajo control.
Pero dentro de ella había un torbellino.
Se miró frente al espejo.
Por un momento recordó las palabras de Andrés.
“No me gusta solamente la mujer que eras antes. Me gusta la Fernanda de ahora.”
Fernanda respiró profundamente.
No quería arreglarse para impresionar a Andrés.
Pero sí quería sentirse bonita.
Se cambió de ropa.
Se peinó.
Se miró nuevamente al espejo.
Y por primera vez en mucho tiempo, lo hizo pensando en ella.
No en Pedro.
No en lo que los demás podían pensar.
En ella.
El teléfono volvió a vibrar.
Era Andrés.
“Ya estoy cerca.”
Fernanda sintió que su corazón comenzaba a latir con fuerza.
Se acercó a la ventana.
A lo lejos pudo reconocer la camioneta blanca.
Andrés estaba cumpliendo su palabra.
Fernanda tomó su bolso.
Antes de salir, miró una última vez la casa.
Sabía que estaba entrando en una situación complicada.
Sabía que había cosas que todavía debía resolver.
Pero también sabía que necesitaba descubrir qué era aquello que estaba naciendo entre ella y Andrés.
Cerró la puerta.
Y caminó hacia la camioneta.
Sin imaginar que aquel segundo encuentro en el departamento sería mucho más difícil de controlar que el primero.