Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 3: EL QUE MATA EN SILENCIO
La noche se alargó como una condena. Las voces de los raptores no cesaron ni un minuto, repitiendo nuestros nombres una y otra vez, como si estuvieran grabando cada sonido, cada tono, cada debilidad. Cuando por fin asomó la luz grisácea del amanecer entre las ventanas rotas, el silencio volvió de golpe. No era un silencio de paz: era el silencio de quien se ha retirado para observar desde más lejos, esperando un error mayor.
Salimos del edificio con mucho cuidado, armas improvisadas en la mano: palos gruesos, trozos de metal afilado, piedras atadas con cuerdas. Álex caminaba alejado del grupo, la mirada al suelo, todavía hirviendo por lo de la noche anterior, sin dirigirnos la palabra. Leo iba a mi lado, atento a todo, Mia revisaba su botiquín y Bruno no dejaba de mirar hacia atrás, con la certeza de que algo nos seguía.
—Necesitamos un lugar más seguro —dije sin alzar la voz, mientras mi mente recorría cada metro del mapa que había memorizado—. Ese edificio tiene muchas entradas y el techo está medio roto. Hay una estructura más sólida más al norte: el bloque de almacenamiento principal, muros de medio metro de hormigón, una sola puerta grande y pocas ventanas altas. Es lo mejor que hay a la vista.
—¿Y cómo lo sabes? —soltó Álex de golpe, sin mirarme—. ¿Otra vez tu “intuición”? ¿Otra vez cosas que solo tú ves?
—Solo observo —respondí calmado, como siempre—. Es lo único que hago.
Caminamos casi una hora entre árboles gigantescos y vegetación que crecía descontrolada sobre restos de vallas y cables. El aire pesaba, cargado de humedad y un olor metálico, a sangre vieja y óxido. De repente, los pájaros que hasta entonces habían cantado muy a lo lejos, se callaron todos al mismo tiempo. El viento dejó de soplar. Ni una sola hoja se movió.
Me detuve en seco y levanté una mano para parar a los demás. El corazón se me aceleró al máximo, mil cálculos pasaron por mi cabeza en una fracción de segundo. No había ruido. Nada. Y eso era lo peor.
—Abran los ojos —susurré solo lo suficiente para que me oyeran—. Algo muy grande está muy cerca. Y NO HACE NINGÚN SONIDO.
Apareció entre dos árboles inmensos, como si la propia selva lo hubiera parido de golpe. El **T‑REX ALFA**.
Medía más de quince metros de largo, la cabeza sola era más grande que todo nuestro cuerpo junto. Su piel no era solo escamas: era gruesa, dura como una armadura de cuero y acero, llena de cicatrices profundas, marcas de agujas, quemaduras y placas de tejido modificado que brillaban levemente bajo la luz gris. Sus patas delanteras, que los libros decían pequeñas e inútiles, eran más largas, más fuertes, con garras curvas y afiladas. Pero lo que heló la sangre hasta los huesos fueron sus ojos: grandes, profundos, oscuros, **CONSCIENTES**. No eran los ojos de un animal. Eran los ojos de alguien que ha sufrido demasiado, que odia con toda su alma y que piensa cada movimiento antes de hacerlo.
No rugió. No gruñó. Ni siquiera resopló fuerte. Se quedó totalmente quieto, a solo treinta metros, y solo nos miró. Esa era su forma de cazar: **PARALIZAR CON LA MIRADA, HELAR EL ALMA SOLO CON ESTAR AHÍ, ATACAR SIN AVISO, SIN RUIDO, SIN QUE TE DES CUENTA HASTA QUE ES DEMASIADO TARDE**.
Bruno soltó un gemido ahogado y se tapó la boca con ambas manos para no gritar. Mia estaba pálida como la cera. Álex se había quedado clavado en el sitio, el orgullo totalmente borrado de su cara, reemplazado por puro terror animal. Leo apretó el palo con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
—No corráis —dije con la voz más firme que pude, aunque por dentro temblaba—. Si corremos, nos ve como presa. Retrocedemos muy, muy despacio, paso a paso, sin quitarle la vista de encima. Sabe que estamos aquí. Sabe que le tenemos miedo. Y le gusta.
Paso a paso, metro a metro, fuimos retrocediendo. El monstruo no se movió ni un centímetro. Solo movió la cabeza muy lentamente siguiendo cada uno de nuestros desplazamientos, estudiando cómo reaccionábamos, midiendo nuestro valor, nuestra fuerza, nuestro miedo. Entendí entonces lo que los informes no decían: **no solo lo hicieron más grande y fuerte. LE DIERON TIEMPO. LO HICIERON ESPERAR AÑOS ENJAULADO, PARA QUE SU ODIO Y SU PACIENCIA CRECIERAN TANTO COMO SU CUERPO**.
Cuando por fin doblamos un recodo y quedamos ocultos detrás de un muro derrumbado, el animal soltó por fin un sonido: bajo, profundo, que salía desde el fondo del pecho, que se sentía en los huesos y en el suelo, pero que no llegaba a ser un rugido abierto. Era una advertencia. *Esta es mi tierra. Ustedes son solo visita*.
Llegamos jadeando al almacén grande, entramos y cerramos la puerta de acero reforzado, corrimos los cuatro cerrojos enormes y apilamos sacos de cemento y vigas detrás. Allí, entre polvo y cajas viejas, encontramos planos oficiales con el nombre en letras grandes y negras: **PROYECTO CREPÚSCULO: MEJORA GENÉTICA Y EVOLUCIÓN FORZADA**.
Leí en voz alta solo lo indispensable: dinosaurios revividos, ADN alterado, mezclado con especies modernas e incluso fragmentos humanos para ampliar inteligencia y memoria. Dije que eran armas biológicas. Guardé para mí la parte que decía: *capacidad cognitiva comparable a la de un ser humano adulto, en algunos casos superior*.
Álex se dejó caer sentado sobre una caja, con la mirada perdida, y por primera vez no me miró con rabia ni celos. Me miró con duda… y con un principio de respeto que no quería admitir.
—Sabías que era así —murmuró casi sin sonido—. No lo inventabas.
—Sospechaba —respondí, dándole la espalda para que no viera en mis ojos que sabía mucho, mucho más que solo sospechas—. Ahora ya lo sabemos todos. Y lo peor no es su tamaño. Lo peor es que **ES MÁS LISTO QUE NOSOTROS**. Y tiene toda la eternidad para esperar el momento perfecto.
Esa noche, desde la ventana alta, vimos su silueta pasar muy lejos, caminando lento, dueño absoluto de la noche. No nos atacó. Solo quiso recordarnos que, estuvieramos donde estuviéramos, **él siempre nos estaba mirando**.
saludos.