Hace quince años, la dejaron en la calle, hambrienta y sin esperanza, con dos niños pequeños y una madre agonizante. Hoy, es "La Tiburón" en los corporativos de alta alcurnia y "El Demonio", la implacable jefa de la mafia que controla el país desde las sombras. Cuando su despreciable exmarido regresa buscando destruirla con la complicidad de la esposa de un poderoso magnate industrial, descubrirán demasiado tarde que han despertado al monstruo equivocado. Una guerra de poder, finanzas y venganza donde el amor y la supervivencia bailan al filo de una navaja.
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LA TREGUA DE LOS LOBOS
La caída de la noche sobre el litoral trajo consigo un manto de bruma que desdibujaba la línea entre el mar y el cielo. Lejos de las torres corporativas de cristal y del asfalto manchado de pólvora de la capital, la nueva residencia temporal de Amelia y Sebastián se alzaba como un monolito de piedra y acero frente a los acantilados del norte. Era un refugio brutalista, diseñado para resistir huracanes y asedios, con ventanales de suelo a techo que ahora reflejaban las llamas parpadeantes de una chimenea de diseño minimalista.
En el interior, el silencio solo era interrumpido por el crepitar de la leña y el sonido sordo de las olas rompiendo contra las rocas a decenas de metros más abajo.
Amelia estaba de pie frente al ventanal, con una copa de Borgoña oscuro en la mano. La luz de la chimenea proyectaba sombras danzantes sobre su rostro, iluminando la línea de su mandíbula y el rastro casi imperceptible de la tensión que aún persistía en su hombro herido. Llevaba una bata de seda negra, despojada ya de la armadura corporativa y del equipo táctico. Había ganado. Su familia estaba a salvo, la junta directiva había cedido al unísono, y los hilos invisibles del puerto respondían ahora a su único toque. Sin embargo, el vacío que deja una guerra prolongada no se llena con la victoria inmediata; requiere una digestión lenta, casi quirúrgica.
Sebastián entró en la estancia trayendo una bandeja con dos vasos de cristal y una botella de whisky de malta. Se movía con la soltura de quien finalmente se permite bajar la guardia, aunque sus hombros seguían conservando esa línea de depredador alerta. Dejó la bandeja sobre una mesa auxiliar baja y se acercó por la espalda a Amelia. Sin decir una palabra, envolvió su cintura con ambos brazos, pegando su torso a la espalda de ella en un abrazo denso, cargado de una posesión silenciosa y profunda.
Amelia dejó escapar un suspiro largo, recostando la cabeza contra el hombro de él. El calor de su cuerpo era el único ancla real en un mundo que durante años había sentido demasiado frío.
—Estás muy callada —murmuró Sebastián contra su cabello, su voz ronca vibrando en la quietud de la noche—. Por lo general, a estas alturas ya habrías diseñado tres planes de contingencia para el próximo trimestre o estarías intentando convencerme de que las estadísticas de criminalidad portuaria son divertidas.
Amelia dio un sorbo lento a su copa, saboreando el dulzor amargo del vino antes de responder.
—No hay planes de contingencia que hacer, Sebastián. Por primera vez en mi vida adulta, el tablero está completamente despejado. Carlos está marginado y olvidado; Patricia es una nota al pie en los registros de la policía portuaria; y Bárbara... Bárbara está demasiado ocupada intentando explicarse ante los auditores internacionales como para volver a asomar la cabeza por aquí. Hemos ganado.
—¿Y eso te asusta? —preguntó él con una perspicacia pasmosa, apretando ligeramente el abrazo.
Amelia giró el rostro para mirarlo de perfil, una sonrisa irónica cruzando sus labios.
—No me asusta. Me resulta... extrañamente silencioso. Estoy acostumbrada a vivir con el eco de los pasos detrás de la puerta, a calcular el ángulo de tiro de cada esquina. Detenerse de golpe te hace sentir como si estuvieras cayendo en el vacío, incluso cuando sabes que estás pisando tierra firme.
Sebastián se adelantó un poco, tomando la copa de la mano de Amelia y poniéndola sobre la mesa para girarla por los hombros y obligarla a enfrentarlo cara a cara. Sus ojos oscuros la escrutaban con una intensidad devoradora.
—Pues acostúmbrate al silencio, Castañeda —dijo él con una firmeza absoluta—. Porque a partir de ahora, los únicos pasos que vas a escuchar detrás de la puerta serán los míos o los de Bruno asegurando el perímetro. Has pasado toda tu vida construyendo murallas para proteger lo tuyo. Déjame ser parte de esas murallas. No como un socio comercial, sino como el hombre que comparte la cima contigo.
Amelia lo observó en silencio, sintiendo cómo una marea de una extraña y peligrosa vulnerabilidad amenazaba con desestabilizarla. Durante años, la idea de depender de alguien le había parecido la mayor de las debilidades. Su padre le había enseñado a sobrevivir; la calle le había enseñado a golpear primero. Pero Sebastián no era un refugio temporal ni un subordinado leal; era un igual. Un titán que había quemado su propio pasado para encajar en el fuego de ella.
—¿Sabes cuál es el problema de tenerlo todo, Sebastián? —susurró Amelia, elevando una mano para rozar con las yemas de los dedos la mejilla de él, sintiendo la áspera textura de la barba de un día—. Que el precio de perderlo es infinitamente más alto que cuando no teníamos nada. Cuando empezamos en el fango, si caíamos, no importaba demasiado. Ahora... ahora tenemos un imperio, una familia, un nombre. Y eso nos vuelve peligrosamente vulnerables.
Sebastián atrapó su mano en el aire, besando la palma con una devoción feroz antes de pegarla contra su pecho, justo donde el corazón latía con fuerza constante.
—Entonces encarguémonos de que nadie vuelva a tener la oportunidad de arrebatárnoslo. Y si alguien lo intenta... bueno, ya sabes cómo resolvemos las cosas por aquí.
Amelia dejó escapar una risa suave, una nota cristalina que rompió la tensión de la noche. La tensión acumulada en sus músculos comenzó a disiparse, reemplazada por el calor de la certeza.
—Tienes razón —concedió ella, dando un paso al frente hasta fundir su cuerpo con el de él—. Pero antes de seguir hablando de imperios y conquistas... tengo una pregunta muy seria que hacerte.
Sebastián entrecerró los ojos, suspirando con fingido dramatismo, aunque una sonrisa divertida ya se asomaba en su boca.
—Si vas a contar otro de tus horribles chistes, juro que te arrojaré por este ventanal de cristal al océano.
Amelia rió abiertamente, rodeando su cuello con los brazos, rindiéndose por completo al magnetismo de ese hombre que había decidido quemar el mundo a su lado.
—No seas exagerado, Ferrer. Además, un buen estratega siempre guarda sus mejores armas para el final. ¿Quieres oírlo o prefieres que pasemos directamente a las ejecuciones sumarias?
—Prefiero las ejecuciones sumarias —respondió Sebastián con voz ronca, capturando sus labios en un beso devastador, hambriento y definitivo que silenció cualquier palabra restante—. El imperio puede esperar hasta mañana.
Afuera, el mar seguía golpeando los acantilados con la furia de siempre, ajeno a los acuerdos sellados en la oscuridad. Pero dentro de aquel refugio de piedra, la Bestia y el Demonio habían firmado el pacto definitivo: dos almas oscuras que habían dejado de cazarse para convertirse en los únicos dueños indiscutibles de la noche.