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Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Regresé para salvar al hombre que me destruyó

Status: En proceso
Popularitas:305
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi



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Capítulo 24

Capítulo 24: Lo que Me Asusta

Pedimos la cuenta diez minutos después. Cami seguía hablando del tema pero yo ya no podía escucharla. Tenía la cabeza en otro lado. En una cocina caliente, con olor a grasa y platos sucios, donde un joven de veintidós años lavaba platos a las once de la noche después de haber corrido conmigo a las seis de la mañana.

¿A qué hora dormía?

¿Cuánto le pagaban?

¿Desde cuándo trabajaba ahí?

Preguntas que no me correspondían y que no se iban.

Salimos del bar. El aire de la noche estaba fresco y me pegó en la cara como una bofetada suave. Cami se tambaleó un poco y la agarré del brazo.

—Estoy bien, estoy bien —dijo riéndose—. Solo un poquito mareada.

—Te tomaste cuatro vasos de ron, Cami. Estás borracha.

—Poquito.

Empezamos a caminar hacia el campus. La calle estaba medio vacía, con algunos focos parpadeando y el sonido lejano de otro bar dos cuadras abajo. Cami se apoyó en mí y caminamos así, pegadas, como habíamos caminado mil veces antes.

Entonces escuché los pasos atrás de nosotras.

Me tensé. Giré la cabeza.

Renato.

Se había quitado el delantal. Traía una sudadera negra con el cierre abierto sobre una camiseta blanca que tenía una mancha de salsa cerca del cuello. Caminaba tres metros detrás de nosotras con las manos en los bolsillos y la vista al frente, como si estuviera yendo casualmente en la misma dirección.

No me saludó. No nos habló. Solo caminaba.

Entendí de inmediato lo que estaba haciendo.

Nos estaba siguiendo para asegurarse de que llegáramos bien.

maldito Renato Solís.

—Cami, ¿puedes caminar sola un momento?

—¿Eh? Sí, sí, ya estoy mejor. El aire me despejó.

La solté y aminoré el paso hasta que Renato me alcanzó. Él no cambió su ritmo. No me miró. Siguió caminando como si yo no existiera.

Caminamos así, lado a lado, en silencio, durante una cuadra entera.

—¿Cuánto te pagan ahí? —Pregunté sin verlo—.

—No te importa.

—Renato.

—No. Te. Importa. —Cada palabra separada. Como paredes que iba levantando entre nosotros—.

—Te vi lavando platos.

—Ya sé que me viste. —Su voz bajó medio tono. La vergüenza seguía ahí. La sentí como algo físico entre los dos, como calor irradiando de su piel—.

—No tiene nada de malo.

Silencio.

—Ya lo sé —dijo al fin, pero no sonó convencido—.

Caminamos otra media cuadra. Cami iba adelante tarareando una canción que habían puesto en el bar. No estaba escuchando nada de lo que decíamos.

—¿Cuántas horas trabajas ahí?

—Las que sean.

—¿Además del puesto de don César? ¿Y los botellones de agua?

Se detuvo. Me miró por primera vez desde que salimos del bar. Sus ojos tenían algo que no había visto antes. No era enojo. Era algo roto. Algo expuesto. Como si al nombrarlo todo junto —cada trabajo, cada hora, cada crédito que necesitaba— le hubiera arrancado una capa de piel.

—¿Me investigaste? —preguntó en voz baja—.

—Tú mismo lo mencionaste. No prestas atención a lo que dices cuando estás cansado.

Se le apretó la mandíbula.

—No necesito que nadie me tenga lástima, Valentina.

Valentina. Nombre completo. Distancia. Pared. Ladrillo. Cemento.

—No es lástima, idiota. —Se me salió antes de poder suavizarlo—. Es... mierda, no sé qué es. Pero no es lástima.

Me miró un segundo más. Después siguió caminando.

Llegamos a las residencias. Cami ya estaba en la puerta, buscando su credencial en el bolso con la coordinación de alguien que ve doble. Me adelanté, le saqué la credencial del cierre de afuera donde siempre la dejaba, y pasé la tarjeta por el lector.

—Eres la mejor, Val. LA MEJOR. —Me abrazó con fuerza, oliendo a ron y perfume de vainilla—. Dile a tu novio que gracias por lo del bar.

—No es mi novio.

—Dile de todas formas. —Me soltó, me guiñó un ojo, y se metió al edificio dando tumbos—.

Me quedé afuera.

Renato estaba tres metros atrás. Parado bajo un foco que le daba justo en la mitad de la cara, dejándole la otra mitad en sombra. El elástico negro —mi elástico— se le había deslizado y le colgaba de un mechón suelto junto a la oreja.

—Gracias. —Dije—. Por lo de Cami.

No contestó.

—Y por acompañarnos.

Nada.

Suspiré. Di un paso hacia la puerta. Entonces me detuve.

No sé por qué lo dije. Tal vez fue el ron. Tal vez fue ver sus manos agrietadas por el detergente para platos. Tal vez fue la mancha de salsa en su camiseta o el elástico resbalándosele del pelo o la forma en que se puso entre un borracho y mi amiga sin pensarlo dos veces.

—Deja ese trabajo, Renato. —Lo miré directo. Sin parpadear—. Los bares de noche son un caos. Borrachos, peleas, turnos que terminan a las tres de la mañana. Busca algo más seguro.

Me sostuvo la mirada. Cinco segundos. Diez.

—Te metes demasiado —dijo al fin. Voz seca. Plana—.

—Ya sé.

—En lo que no te incumbe.

—Ya sé.

—Entonces deja de hacerlo.

—No.

La palabra quedó flotando entre nosotros. Él no reaccionó. No se movió. Solo me miró con esa cara imposible de leer, con la mitad iluminada y la mitad oscura, y algo cambió en sus ojos. No sabría decir qué. Fue como ver una grieta abrirse en concreto — mínima, casi invisible, pero ahí.

—Buenas noches, Valentina.

Se dio la vuelta y se fue.

Lo miré caminar hasta que la oscuridad se lo tragó. Las manos en los bolsillos. Los hombros cargados de algo que no era frío. El elástico negro colgándole del pelo como una cosa que no le pertenecía pero que se negaba a devolver.

Entré al edificio. Subí las escaleras. Abrí la puerta del cuarto. Cami ya estaba dormida en su cama, todavía con los zapatos puestos. Le quité los tacones, le eché una manta encima, y me senté en mi cama.

Me quedé mirando la pared.

«Te metes demasiado.»

Sí. Me meto demasiado. En sus horarios, en sus trabajos, en su ropa, en su pelo. Me meto demasiado porque cada vez que lo veo cargando cosas que pesan más que él, algo se me retuerce adentro y no sé cómo apagarlo.

Me acosté. Cerré los ojos.

Pero los seguía viendo. Sus nudillos blancos sobre la muñeca del borracho. Sus ojos buscándome antes de volver a la cocina. Su espalda alejándose en la oscuridad.

«Estaba protegiendo a Cami. A MI Cami. Salió de esa cocina por ella.»

«¿O salió porque tú estabas parada ahí, a punto de meterte en una pelea?»

Me tapé la cara con la almohada.

No quería responder esa pregunta.

El sábado me levanté con resaca y con la certeza de que había dicho cosas que no debí decir.

Cami se despertó a mediodía quejándose de dolor de cabeza y pidiendo agua como si estuviéramos en el desierto. Le llevé un vaso y dos pastillas y me senté a su lado mientras ella reconstruía la noche con pedazos sueltos.

—El tipo ese me agarró, ¿no? —Frunció el ceño—. Y luego apareció... ¿Renato?

—Sí.

—Lo puso de rodillas.

—Sí.

—Val. —Me miró con los ojos entrecerrados por la luz—. Ese chico está enamorado de ti.

—No seas ridícula. Habría hecho lo mismo por cualquiera.

—No habría salido volando de una cocina por cualquiera.

—Cami.

—Lo que tú digas. —Se tomó las pastillas y se acostó de nuevo—. Pero vi cómo te miró antes de irse. Y eso no es "por cualquiera", Val.

No le contesté.

No le contesté porque no tenía con qué.

El lunes, después de la carrera de la mañana, Renato y yo caminamos de regreso al campus en silencio. El silencio normal. El de siempre. El que se sentía cómodo de una forma que no debería ser cómoda.

En la entrada, antes de separarnos, le dije:

—¿Hoy trabajas en La Negra?

Me miró. Expresión impenetrable. Los ojos negros fijos en mí como dos pozos sin fondo.

—Renuncié el sábado.

Lo dijo como si nada. Como si estuviera diciendo "hoy hace frío" o "se me olvidó la tarea". Sin explicación. Sin contexto. Sin admitir que tenía algo que ver conmigo.

Pero renunció el sábado.

Yo le dije que dejara ese trabajo el viernes en la noche.

Y él renunció al día siguiente.

Algo me subió por el pecho y me llegó a la garganta y tuve que apretar los dientes para que no se me saliera. No sabía si era alivio o algo más grande. Algo que no estaba lista para tocar.

—Bien. —Fue todo lo que pude decir—.

—¿Bien? —repitió. Casi había un tono ahí. Casi—.

—Sí. Bien. —Apreté la correa de mi mochila y empecé a caminar hacia el edificio de clases—. Nos vemos mañana a las seis.

No me volteé.

Pero sonreí.

Y creo — solo creo, porque no me volteé a comprobarlo — que él también lo hizo.

Esa noche, en la oscuridad del cuarto con Cami roncando suavemente en la cama de al lado, desbloqueé mi celular y busqué "ofertas de trabajo de tiempo parcial campus universitario". Copié tres enlaces. Trabajos de oficina, de biblioteca, de laboratorio. Horarios decentes. Sin borrachos. Sin turnos de madrugada.

Los guardé en una nota.

No se los mandé.

Todavía no.

Pero ahí estaban. Para cuando encontrara la manera de dárselos sin que me dijera que me metía demasiado.

«Te metes demasiado.»

Sí, Renato.

Y tú me dejas hacerlo.

Eso es lo que me asusta.

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Mara
Maravillosa 👏💐 más capitulos por favor ✨
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