La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
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CAPÍTULO 6
La lluvia no había dejado de caer en toda la semana.
Aquella tarde las clases terminaron más tarde de lo habitual y los pasillos de la Academia Valmont comenzaron a vaciarse poco a poco.
Guardé mis libros en la mochila mientras Sofía bostezaba dramáticamente a mi lado.
—Estoy oficialmente muerta —anunció.
—Solo tuvimos seis clases.
—Exacto.
Una tragedia nacional.
Reí y cerré mi casillero.
—¿Te llevo a tu casa?
—Mi mamá viene por mí.
Además, quiero vivir para ver cómo sobrevives un semestre entero trabajando con el señor Cara de Hielo.
—Sofía…
—¿Qué?
Es un apodo cariñoso.
Negué con la cabeza y nos despedimos.
Bajé al estacionamiento mientras la lluvia golpeaba el techo de cristal de la academia.
Las luces doradas iluminaban el pavimento mojado y los estudiantes se marchaban apresurados junto a sus choferes y guardaespaldas.
Subí a mi Aston Martin, pero antes de arrancar vi a Matías salir por la puerta principal.
Caminaba deprisa bajo la lluvia, con la capucha puesta y la mochila colgando de un hombro.
No sé por qué lo seguí con la mirada.
Tal vez porque siempre parecía huir de algo.
Lo vi cruzar la calle y entrar a una pequeña cafetería frente a la academia.
Dudé unos segundos antes de apagar el motor y bajar del automóvil.
El sonido de la lluvia llenaba el aire cuando entré al local.
Era pequeño, cálido y olía a café recién hecho y pan horneado.
Nadie parecía reconocer al chico que en la academia sacaba las mejores notas y despertaba murmullos por donde pasaba.
Matías estaba detrás del mostrador.
Llevaba un delantal negro sobre su camisa blanca y atendía a los clientes con la misma expresión seria de siempre.
Movía las manos con rapidez, preparaba pedidos y anotaba cuentas sin equivocarse ni una sola vez.
Me quedé inmóvil.
—¿Vas a pedir algo o solo piensas quedarte mirando?
—preguntó sin levantar la vista.
Parpadeé.
—No sabía que trabajabas aquí.
—Ahora lo sabes.
—Podrías haberlo dicho.
—No recuerdo haberte preguntado.
Su respuesta fue tan fría que casi me hizo reír.
—¿Siempre eres así de amable con los clientes?
—Solo contigo.
—Qué honor —respondí con ironía.
Pedí un chocolate caliente y me senté cerca de la ventana.
Mientras esperaba, observé cómo trabajaba:
no hablaba más de lo necesario y apenas levantaba la vista, pero todos parecían confiar en él.
Una señora mayor sonrió al recibir su pedido.
—Gracias, hijo.
Matías simplemente asintió con un leve movimiento de cabeza.
Era extraño.
En la academia parecía alguien dispuesto a levantar un muro impasible entre él y el resto del mundo.
Allí, en cambio, se movía con soltura, como si hubiera pasado años acostumbrándose al esfuerzo y al trato con la gente.
Cuando terminé mi bebida, me acerqué al mostrador para pagar.
—¿Cuánto es?
—Invita la casa.
—¿Y desde cuándo eres tan generoso?
—Desde que alguien decidió cuidar a mi hermana sin conocerme y sin pedir nada a cambio.
Lo miré sorprendida.
Sus ojos verde claro se veían menos duros bajo la luz tenue del local.
—No hacía falta, de verdad.
—Lo sé.
Pero yo quería hacerlo.
Guardó silencio unos segundos, pasando un trapo sobre la barra antes de volver a hablar.
—Deberías irte.
La tormenta empeora y no quiero que te mojes.
—Eso sonó casi como una preocupación genuina.
—No exageres —murmuró, aunque no sonó molesto.
Tomé mi paraguas y sonreí apenas.
—Buenas noches, Matías.
—Buenas noches, Amalia.
Cuídate.
Salí de la cafetería y regresé al auto.
Mientras conducía por las calles iluminadas de Santiago, no podía dejar de pensar en lo que acababa de ver.
Nosotros llegábamos a la academia en vehículos de lujo y pasábamos las tardes hablando sobre fiestas, viajes al extranjero o ropa de diseñador.
Él, en cambio, dividía sus horas entre estudiar para ser el mejor, trabajar hasta el agotamiento y cuidar de Valentina como si el cansancio no tuviera permiso para alcanzarlo.
Al llegar a casa encontré a mis padres cenando en la terraza cubierta.
Mi madre acababa de regresar de su clínica y mi padre revisaba unos papeles de la academia.
—¿Cómo estuvo tu día, princesa?
—preguntó él al verme.
—Largo.
Muy largo.
—Eso significa que definitivamente necesitas el postre favorito —dijo mi madre sonriendo y haciendo una seña al servicio.
Reí y me senté junto a ellos.
A veces olvidaba la inmensa suerte que tenía:
ellos siempre estaban ahí, atentos, orgullosos de mí, protegiéndome incluso cuando ya no era una niña pequeña.
Después subí a mi habitación y me acerqué al gran ventanal.
Santiago brillaba bajo la lluvia y las luces de los edificios parecían estrellas atrapadas entre las nubes.
Pensé en Valentina esperando la mano de su hermano cada mañana junto a la reja.
Pensé en las manos de Matías, acostumbradas tanto a sostener lápices como a llevar tazas pesadas y limpiar mesas.
Y pensé en la forma en que ocultaba todo ese peso detrás de una mirada fría y un orgullo que parecía no tener fin.
Intenté convencerme de que su vida no era asunto mío, de que solo era un compañero más en tercero medio y de que pronto dejaría de darle vueltas a su historia.
Pero cuanto más intentaba apartarlo de mi mente, más claro tenía que había algo en él que nadie más había visto.
Y mientras la lluvia golpeaba el cristal y su nombre volvía a cruzar mis pensamientos, una pregunta se quedó clavada en mi corazón:
¿Por qué alguien que había tenido que luchar por absolutamente todo, parecía decidido a no permitir que nadie se acercara lo suficiente como para descubrir quién era en realidad?