Katerina lo tenía todo: una mente matemática brillante, el imperio de superdeportivos Vanguard Atelier y un prometido ideal. Pero el día de su coronación como CEO, su mundo se derrumba. Traicionada por su novio y una enemiga oculta, es narcotizada y expuesta en un falso montaje de infidelidad. Humillada públicamente y al borde del colapso, la obligan a firmar la renuncia que le arrebata el negocio familiar.
En la ruina absoluta, Katerina encuentra un aliado inesperado: Luke, el implacable y magnético CEO de la firma legal más poderosa del país. Conocido como el "tiburón de los negocios", Luke no cree en la compasión, pero la brillantez y dignidad de Katerina despiertan en él una obsesión incontrolable.
Entre noches de pasión salvaje y una complicidad peligrosa, ambos diseñan un algoritmo de venganza implacable. Sin embargo, una red de secuestros, atentados armados y secretos oscuros amenazará con destruirlos antes del juicio final. ¿Podrán recuperar el imperio automotriz, o las cicatrices del pasado los consumirán a ambos? Una historia adictiva de traición, mafia corporativa y un amor indomable.
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CAPITULO 7. REFUGIO EN LAS CENIZAS.
El salón de la casa de sus padres, que solía ser un espacio lleno de calidez y luz, se sentía esa tarde tan frío como un mausoleo. Gerald permanecía sentado en su sillón orejero, con la mirada perdida en la chimenea apagada y las manos apoyadas en su bastón. Parecía haber envejecido diez años en una sola noche. Karen, su madre, caminaba de un lado a otro con un pañuelo entre los dedos, tratando de contener el llanto cada vez que miraba la televisión apagada.
Katerina estaba encogida en el sofá, envuelta en una manta de lana gruesa. No había parado de llorar en todo el trayecto desde el hotel. Tenía el cabello revuelto y la piel pálida. Monique se sentaba a su lado, sosteniéndole la mano con fuerza, mientras Brandon permanecía de pie junto a la ventana, observando el jardín con la mandíbula tan apretada que los músculos de su cuello se marcaban como cuerdas.
—No sé qué pasó, papá... —susurró Katerina, con la voz rota y pastosa por los restos del sedante—. Les juro que yo no... yo no conozco a ese hombre. Todo es borroso. Recuerdo a Leo dándome una copa y luego... desperté allí.
—Te drogaron, Kat. Está más que claro —soltó Brandon, girándose bruscamente. Sus ojos inyectados en rabia destellaban bajo la luz de la tarde—. Ese maldito infeliz lo planeó todo. Desde el primer día. Desde que insistió en esa maldita boda exprés.
—¡Brandon, por favor! No alteres más a tu hermana —le suplicó Karen con voz temblorosa—. Lo importante ahora es que Katerina está a salvo en casa. La empresa... las acciones... ya veremos qué hacer con los abogados de la junta directiva.
—No hay nada que hacer con la junta, mamá —intervino Monique con amargura, limpiándose una lágrima—. Leo presentó el acta de divorcio y la cláusula prenupcial esta misma mañana en la sede central. Técnicamente, las acciones votantes ya están a su nombre. Legalmente, él es el nuevo dueño mayoritario de Vanguard Atelier. Ha convocado una junta extraordinaria para el lunes para ratificarse como CEO.
Gerald soltó un suspiro pesado, un sonido que transmitía una derrota absoluta.
—Tres generaciones... —murmuró el anciano, con la voz trémula—. Mi padre levantó ese taller con sus propias manos en un cobertizo. Yo me dejé la juventud en esa fábrica. Y ahora un extraño se la queda por una maldita firma.
Katerina ocultó el rostro entre las manos. Cada palabra de su padre era una puñalada de culpa en su pecho. Su mente matemática, que siempre encontraba soluciones para los algoritmos y las finanzas más complejas, se sentía completamente inútil. Había destruido el legado familiar por confiar en el hombre equivocado.
Brandon caminó hacia el sofá y se arrodilló frente a su hermana. Le quitó las manos de la cara con delicadeza y la obligó a mirarlo a los ojos. Su expresión severa se había transformado en una de absoluta determinación.
—Escúchame bien, Kat. Levanta la cabeza. No has perdido nada porque tú eres el cerebro de esa empresa, no las paredes del edificio —dijo Brandon con voz firme y segura—. Vanguard Atelier es solo un nombre. El talento lo tenemos nosotros. Y no nos vamos a quedar de brazos cruzados.
Katerina lo miró, parpadeando con confusión.
—¿Qué quieres decir, Brandon? No tenemos dinero para competir con ellos, ni acciones, ni...
Brandon esbozó una pequeña sonrisa ladeada, una chispa del hermano mayor protector de siempre.
—Papá y mamá no lo saben, y Monique me ayudó a mantenerlo en secreto para no interferir con Vanguard —comenzó Brandon, sacando una llave magnética negra de su bolsillo y depositándola en la mano de Katerina—. Hace tres años compré un viejo hangar en la zona industrial del puerto. Con mis propios ahorros y los diseños de motores que la junta de Vanguard rechazaba por ser "demasiado arriesgados", fundé una pequeña microempresa de desarrollo automotriz. Se llama Apex Dynamics. Está totalmente a mi nombre. Nadie fuera de esta habitación sabe que existe.
Monique asintió, apretando el hombro de Katerina.
—Es un taller de alto rendimiento, Kat. Brandon diseña y yo le llevo la contabilidad básica en mis noches libres. No es un imperio como Vanguard, pero está equipado con la mejor tecnología. Quiero que te refugies allí. Quiero que seas la mente financiera de Apex Dynamics.
Katerina observó la llave magnética en su mano. Una pequeñísima chispa de dignidad, que creía extinta tras la humillación en el hotel, volvió a encenderse en su interior.
—Pero... ¿y Leo? ¿Y lo que me hicieron en ese hotel? —preguntó Katerina, apretando los dientes—. No puedo dejar que se salgan con la suya.
—No lo harán —sentenció Brandon, poniéndose de pie y sacando su teléfono móvil—. Esta misma tarde he contratado a un detective privado de absoluta confianza. Es un exinspector de policía especialista en fraudes corporativos. Va a revisar cada cámara de seguridad del Hotel Grand Palace, cada lista de invitados y los antecedentes del notario de Leo. Ese tipo cometió un error al meterse con mi hermana, y voy a encontrar la prueba que lo hunda.
Brandon marcó un número en su teléfono y se lo llevó al oído mientras caminaba hacia la salida del salón.
—¿Hola? ¿García? Sí, soy Brandon. Mi hermana ya está en casa. Empieza la investigación de inmediato. Quiero saber quién era el fotógrafo y de dónde salió el hombre de la habitación. No escatimes en gastos.
Katerina cerró el puño sobre la llave magnética. La tristeza y la vergüenza que la habían paralizado durante horas comenzaron a transformarse en algo mucho más frío y calculador: un deseo profundo de justicia. El juego de Leo y Laya apenas acababa de comenzar, pero ahora, ella ya no estaba sola.