Bienvenidos a La Prometida del Enemigo. 🖤
Dos familias enfrentadas. Un matrimonio arreglado. Un secreto oculto durante años.
Lo que comienza como una unión por obligación se convertirá en una historia de amor, traición, poder y venganza. Nada es lo que parece, y cada capítulo revelará una nueva verdad.
¿Están listos para descubrir quién es realmente la prometida del enemigo?
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Capítulo 10 – La torre prohibida
Valeria no apartó la vista de la torre.
La luz seguía encendida.
Detrás del viejo ventanal, una silueta acababa de correr la cortina.
—Adrián... decime que vos también lo viste.
Él permaneció inmóvil.
—Lo vi.
Sin perder un segundo, tomó su teléfono.
—Ernesto.
—¿Sí, señor?
—Quiero a todos los guardias en la torre norte. Ahora.
—Enseguida.
Valeria volvió a mirar el edificio.
La torre era la construcción más antigua de toda la propiedad. Sus paredes de piedra estaban cubiertas por enredaderas y el techo terminaba en una gran cúpula de cobre envejecido.
—¿Qué hay ahí arriba? —preguntó.
Adrián tardó unos segundos en responder.
—Hace muchos años era una biblioteca privada.
—¿Y ahora?
—Está cerrada.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que yo naciera.
Aquella respuesta solo aumentó su curiosidad.
En menos de dos minutos, varios guardias rodearon la torre.
Las linternas iluminaban las ventanas mientras otros hombres revisaban la única puerta de entrada.
—¡Está cerrada, señor! —gritó uno de ellos.
—Ábranla.
Los guardias intentaron mover la antigua cerradura.
Nada.
Finalmente utilizaron una barra de hierro.
Con un fuerte golpe, la puerta cedió.
El olor a humedad escapó del interior.
—Voy primero —dijo Adrián.
Valeria dio un paso al frente.
—Yo también.
—No.
—No pienso quedarme esperando.
Él la observó fijamente.
Sabía que discutir sería inútil.
—No te alejes de mí.
Ella asintió.
La escalera de caracol crujía bajo cada paso.
El aire estaba cargado de polvo.
Las paredes conservaban antiguos retratos de miembros de la familia Moretti, casi ocultos por el paso del tiempo.
Valeria iluminaba el camino con una linterna.
Cada escalón parecía conducirlos a un lugar detenido en el tiempo.
Al llegar al último piso, encontraron una enorme puerta de madera entreabierta.
Adrián empujó lentamente.
La habitación estaba completamente vacía.
O eso parecía.
Había estanterías llenas de libros antiguos, muebles cubiertos por sábanas blancas y un viejo piano junto a la ventana.
La luz que habían visto ya no estaba encendida.
—No hay nadie —murmuró uno de los guardias.
Valeria caminó despacio por la habitación.
Algo llamó su atención.
Sobre una mesa redonda había una fina capa de polvo...
Excepto en un pequeño espacio.
Alguien había apoyado allí un objeto hacía muy poco tiempo.
—Adrián...
Él se acercó.
—¿Qué pasa?
Valeria señaló la mesa.
—Mirá.
Adrián pasó un dedo sobre la madera.
El polvo aún estaba tibio por la humedad reciente.
—Alguien estuvo aquí.
Los guardias comenzaron a revisar cada rincón.
Uno abrió un armario.
Otro inspeccionó la chimenea.
Nada.
Entonces Valeria escuchó un leve golpeteo.
Tac...
Tac...
Tac...
Giró lentamente la cabeza.
El sonido provenía del viejo piano.
Se acercó con cautela.
Apoyó la mano sobre una de las teclas.
No funcionaba.
Pero el ruido continuaba.
Tac...
Tac...
Tac...
Como si algo golpeara desde adentro.
—Hay algo aquí.
Adrián levantó la tapa del piano.
No encontraron nada.
Sin embargo, cuando uno de los guardias movió el instrumento unos centímetros, el sonido se detuvo.
—Esperen...
Valeria se agachó.
Debajo del piano sobresalía una pequeña esquina de papel.
Lo tomó con cuidado.
Era un sobre amarillento, oculto entre las tablas del piso.
No tenía nombre.
Solo un sello de cera negra con el mismo símbolo que habían visto en el colgante de plata.
Adrián tomó el sobre.
—No lo abras acá.
—¿Por qué?
—Porque quien lo escondió podría haber querido que lo encontráramos... o que cayéramos en una trampa.
Valeria observó nuevamente la habitación.
Una extraña sensación recorría su cuerpo.
Era como si alguien los hubiera estado esperando.
Justo cuando estaban por salir, uno de los guardias llamó a Adrián.
—¡Señor!
Todos giraron.
El hombre señalaba una pared cubierta por una vieja biblioteca.
—Encontré algo.
Adrián se acercó.
Entre dos estantes había una pequeña inscripción grabada en la piedra.
No era reciente.
Parecía tener décadas.
Valeria iluminó la pared con la linterna.
Las palabras estaban escritas con una caligrafía elegante:
"La verdad nunca estuvo escondida... solo esperó a la persona correcta."
El corazón de Valeria comenzó a latir con fuerza.
Sin saber por qué...
Sintió que aquel mensaje había sido escrito para ella.
El silencio se apoderó de la antigua biblioteca.
Valeria permanecía inmóvil frente a la inscripción grabada en la piedra.
"La verdad nunca estuvo escondida... solo esperó a la persona correcta."
Aquellas palabras parecían dirigidas a ella.
No sabía por qué.
Pero lo sentía.
—¿Quién pudo escribir esto? —preguntó en voz baja.
Nadie respondió.
Adrián pasó la mano sobre la pared.
Las letras estaban profundamente marcadas.
—No son recientes.
—¿Cuántos años tendrán? —preguntó Valeria.
Víctor, que acababa de llegar acompañado por Ernesto, observó la inscripción durante unos segundos.
—Más de veinte años...
Todos giraron hacia él.
—¿La conocía? —preguntó Adrián.
Víctor negó lentamente.
—Sabía que esta pared tenía un grabado, pero jamás había leído el mensaje completo.
Valeria lo miró con atención.
Sintió que ocultaba algo.
Pero, una vez más, decidió guardar silencio.
Todavía no tenía pruebas.
Adrián tomó cuidadosamente el sobre encontrado bajo el piano.
El sello de cera negra permanecía intacto.
—No lo abras aquí —dijo Víctor.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos si alguien espera precisamente eso.
Ernesto intervino.
—Señor, sería mejor llevarlo al despacho.
Víctor asintió.
—De acuerdo.
El grupo abandonó la torre.
Mientras descendían por la vieja escalera de caracol, Valeria sintió una extraña sensación.
Como si alguien los observara.
Giró la cabeza.
No había nadie.
Solo la oscuridad.
Cuando estaba por continuar bajando, algo brillante llamó su atención.
En uno de los escalones había un pequeño dije plateado.
Lo recogió con discreción.
Tenía forma de una estrella de ocho puntas.
No dijo nada.
Simplemente lo guardó en el bolsillo de su vestido.
De regreso en el despacho, todos rodearon el escritorio.
Adrián dejó el sobre en el centro.
—¿Lista? —preguntó mirando a Valeria.
Ella respiró profundamente.
—Sí.
Con mucho cuidado rompió el sello de cera.
Dentro encontraron una hoja doblada y un antiguo plano de la mansión.
Valeria abrió primero el plano.
Era un dibujo muy viejo.
Varias habitaciones aparecían marcadas con tinta roja.
Pero lo que más llamó su atención fue un pequeño círculo alrededor de una sala que no figuraba en los planos actuales.
—¿Qué habitación es esta? —preguntó.
Víctor tomó el mapa.
Su expresión cambió de inmediato.
—Imposible...
—¿Qué ocurre? —preguntó Isabella.
—Esa habitación fue clausurada hace muchos años.
Adrián frunció el ceño.
—Nunca la vi.
—Porque nadie volvió a entrar desde entonces.
Valeria sintió que el misterio crecía cada vez más.
Tomó entonces la hoja doblada.
Solo contenía una frase.
"Cuando el reloj vuelva a marcar las 8:17... la primera puerta se abrirá."
El corazón de Valeria comenzó a latir con fuerza.
Otra vez...
El reloj.
Otra vez...
Las 8:17.
—¿Qué significa? —preguntó Isabella.
Nadie tenía una respuesta.
En ese momento, Ernesto entró apresuradamente.
—Señor...
—¿Qué sucede ahora?
—Revisando las cámaras encontramos algo extraño.
Todos caminaron hasta la sala de monitoreo.
Un técnico reprodujo la grabación de la noche anterior.
En la pantalla apareció el jardín.
La imagen avanzó lentamente.
A las 8:16 de la noche todo parecía normal.
Un segundo después...
La pantalla quedó completamente negra.
Exactamente un minuto más tarde, la imagen regresó.
—Detenela ahí —ordenó Adrián.
El técnico obedeció.
Valeria dio un paso hacia el monitor.
Había algo reflejado en una de las ventanas de la mansión.
Amplió la imagen.
Aunque estaba borrosa, podía distinguirse claramente la silueta de una mujer.
Vestía de blanco.
Y sostenía un farol antiguo entre las manos.
—¿Quién es? —susurró Valeria.
El técnico negó con la cabeza.
—No aparece entrando ni saliendo de la propiedad.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Víctor apagó la pantalla.
—Desde hoy nadie hablará de esto fuera de esta casa.
¿Entendido?
Todos asintieron.
Pero mientras los demás abandonaban la sala, Valeria volvió la vista hacia el monitor apagado.
Tenía la extraña sensación de haber visto antes aquella figura.
Y sin que nadie lo notara...
Una pequeña grieta comenzó a abrirse lentamente detrás del viejo reloj del despacho de Víctor.
Como si un mecanismo oculto hubiera despertado después de permanecer dormido durante años...