Sabina Montenegro, una joven viuda que guarda muchos secretos y todos hablan mal a sus espaldas. Ernesto Montenegro, el sobrino de su difunto esposo llega, a diferencia de los otros, no viene a quitarle la herencia, viene por la verdad y se topa con secretos muy duros sobre Sabina y no puede evitar que algo más florezca entre ellos.
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Capítulo 11 La noche de los gritos
La noche estaba cálida, con un cielo estrellado que se reflejaba en los charcos del patio.
Ernesto se sentó en un banco de madera frente a la puerta del establo, con una linterna de queroseno a sus pies y un cigarro apagado entre los dedos.
La yegua llevaba horas respirando con dificultad, pero aún no había señales del potro.
Fue entonces cuando los escuchó.
—¡Sabina Montenegro! —gritó una voz ronca, atravesando el silencio como un cuchillo—. ¡Sal de ahí, viudita linda!
Ernesto se puso de pie de un salto. La voz venía de la entrada principal de la casona, a unos cincuenta metros de donde él estaba.
Agarró la linterna y caminó en silencio hacia el frente de la casa, pegándose a las paredes de adobe para no ser visto.
—¡Sabina, yo te cuido! —seguía la voz, cada vez más cerca—. ¡Cásate conmigo, mujer! ¡No te va a faltar nada! ¡Tengo dinero para mantenerte a ti y a tu hermano, a toda tu familia!
Ernesto asomó la cabeza por la esquina. Vio a tres hombres frente a la puerta principal de la casona.
El que hablaba era un tipo barrigón, de unos cincuenta años, con la camisa desabrochada y una botella de licor en la mano.
Lo reconoció: era Hipólito Mendoza, un comerciante de ganado que vivía en las afueras del pueblo.
Había oído hablar de él en la posada. Los lugareños decían que era un hombre rico, pero grosero, y que llevaba meses intentando cortejar a la viuda Montenegro.
A su lado, dos hombres más jóvenes, también borrachos, reían y empujaban la puerta con los hombros.
—¡Ven, viudita! —gritó uno de ellos—. ¡Ven que los tres te vamos a quitar la soledad!
Ernesto sintió la sangre hervirle en las venas.
No era su casa. No era su mujer. Pero la idea de que esos tres energúmenos irrumpieran en la casona donde dormía un niño de siete años le pareció repugnante.
Dio un paso al frente para intervenir, para plantarse entre ellos y la puerta, para hacer lo que cualquier hombre haría en esas circunstancias.
Pero no le dio tiempo.
La puerta de la casona se abrió de golpe, y Sabina Montenegro apareció en el umbral.
No llevaba bata de dormir. No llevaba el cabello suelto ni los pies descalzos.
Estaba vestida con su ropa de faena, las botas puestas y el cabello recogido en una trenza apretada.
En sus manos, un rifle de caza que Ernesto reconoció como uno de los que colgaban en la biblioteca de Felipe.
Apuntaba directamente al pecho de Hipólito.
—Don Hipólito —dijo Sabina, con una voz tan fría que parecía venir de otro mundo—. Le sugiero que se vaya con su esposa, o vamos a ser dos viudas en este pueblo. Y con una basta.
Los dos hombres jóvenes dieron un paso atrás. El valor se les escurrió por los pantalones.
Uno de ellos, el más joven, soltó la botella que llevaba y esta se rompió contra el suelo.
Hipólito, en cambio, se quedó firme. El alcohol le nublaba el juicio, y la rabia de sentirse humillado delante de sus compinches lo cegó.
—¡Tu perra! —gritó, dando un paso adelante y levantando la botella como si fuera a arrojársela—. ¡Te voy a…
No terminó la frase.
El disparo resonó en la noche como un latigazo.
La bala levantó tierra a los pies de Hipólito, tan cerca que le salpicó las botas de barro y piedras pequeñas.
El hombre se quedó helado, la botella suspendida en el aire, los ojos abiertos como platos.
Los dos acompañantes soltaron un grito agudo. Uno de ellos, el más nervioso, se orinó encima. El olor a orina y a alcohol se mezcló con el de la pólvora.
—La próxima —dijo Sabina, sin inmutarse, sin bajar el rifle— no va a sus pies.
Hipólito abrió la boca para decir algo, pero solo salió un hilillo de saliva.
Sus piernas temblaban. La borrachera se le había esfumado en un segundo, reemplazada por un miedo animal que le encogió el estómago.
En ese momento, una mujer salió corriendo de la oscuridad. Venía descalza, con una bata de dormir floreada y el cabello suelto y enredado.
Era la esposa de Hipólito, una mujer menuda y de cara angustiada que debía haberse despertado al no encontrar a su marido en la cama.
—¡Hipólito, maldito idiota! —gritó ella, corriendo hacia su esposo y golpeándole el pecho con los puños—. ¡Te dije que no vinieras! ¡Te dije que esa mujer está loca!
Luego se volvió hacia Sabina, con las manos juntas en actitud suplicante.
—Doña Sabina —dijo, temblando—, está borracho, no se lo tome en cuenta. Por favor, perdónelo. Es un estúpido, pero no es malo. Solo es… Solo es…
—Borracho y necio —completó Sabina, sin mover el rifle—. Como muchos en este pueblo. Ahora, lléveselo antes de que cambie de opinión.
La mujer asintió con vehemencia, agarró a Hipólito del brazo y lo arrastró calle abajo.
Los dos acompañantes tropezaron al seguirlos, todavía pálidos y sin atreverse a mirar atrás.
El silencio regresó a la noche.
*_*
Ernesto seguía pegado a la pared, sin atreverse a moverse. Había visto muchas cosas en su vida: riñas de cantina, pleitos de herencia, hombres desangrándose en la calle por una deuda de juego.
Pero nunca había visto a una mujer de veinte años, sola, enfrentarse a tres borrachos armada únicamente con un rifle y una mirada que helaba la sangre.
Sabina aún estaba en el umbral, con el humo del disparo disipándose a su alrededor.
El rifle seguía en sus manos, pero lo había bajado ligeramente. Su respiración era pausada. Sus manos no temblaban.
—¿Va a quedarse ahí escondido toda la noche? —dijo, sin volverse hacia él.
Ernesto dio un respingo. ¿Cómo sabía que él estaba allí? Había sido cuidadoso, había caminado en silencio. Pero ella lo había percibido igual.
Salió de las sombras, levantando las manos en un gesto de paz.
—No quise entrometerme —dijo—. Iba a salir antes, pero usted fue más rápida.
—Siempre lo soy.
continúa por favor