Ester Villaseñor es una joven soñadora, llena de ilusiones y protegida por el poder de su familia. Pero su mundo perfecto se desmorona cuando se cruza en el camino de Vincent Vane, un hombre enigmático consumido por el dolor y la sed de venganza. Diez años atrás, un trágico accidente le arrebató al amor de su vida... y el culpable lleva el mismo apellido que Ester. Decidido a hacer pagar a la familia del responsable, Vincent utilizará a Ester como la pieza clave de su cobro. Lo que ninguno anticipó es que, en medio del odio y el engaño, nacerá una atracción prohibida que amenazará con destruirlos a ambos.
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Capítulo II Beso robado
Ester se adueñó del centro de la pista de baile, desplazándose con una gracia y magnetismo que capturaban la atención de todos a su alrededor. Lo que no imaginaba era que, desde la penumbra del palco en la sala VIP, un par de ojos oscuros e intensos la observaban fijamente, envueltos en una involuntaria curiosidad.
—Esa joven es impresionante... —comentó Linares, sosteniendo su copa y con la vista clavada en Ester.
—Solo es una mocosa malcriada —sentenció Vincent con frialdad. Sin embargo, por más que intentaba apartar la mirada o concentrarse en los negocios, la elegancia fluida de los movimientos de la chica lo mantenía extrañamente cautivado.
El reloj marcaba pasada la medianoche cuando Ester decidió que era momento de marcharse. Exhausta pero complacida tras haber ganado el reto de baile, se despidió de sus amigas argumentando que esperaría a su chofer en la entrada trasera del club, donde el bullicio era menor.
El aire frío de la noche la recibió al cruzar la puerta de salida que daba a un callejón semioscuro. Ester sacó su teléfono del bolso para verificar la ubicación del vehículo, sin percatarse de que tres sombras se desprendían de la penumbra.
—Pero mira lo que tenemos aquí... La estrellita de la pista anda sola —dijo uno de los hombres, cortándole el paso con una sonrisa descarada.
Ester dio un paso atrás, sintiendo un latigazo de alarma en la espina dorsal.
—Conocemos a tipas como tú —intervino otro, bloqueándole la salida hacia el club—. Creen que por tener dinero pueden mirar a todos por encima del hombro.
—Apártense de mi camino si no quieren meterse en graves problemas —exigió Ester, alzando el mentón. Intentó mantener la altivez y el aplomo que su apellido le infundía, pero el pulso descontrolado en su cuello la traicionaba.
Uno de ellos soltó una carcajada burlona y la tomó con brusquedad del antebrazo, acorralándola contra la pared de ladrillos. Ester intentó zafarse, apretando los dientes para no demostrar pánico, cuando una voz profunda y glacial cortó el aire de la calle:
—Suéltenla. Ahora.
De la oscuridad emergió la imponente silueta de Vincet. Caminaba con una tranquilidad amenazante, las manos dentro de los bolsillos del abrigo y la mirada fija en el sujeto que sujetaba a la joven.
—¿Y tú quién te crees que eres, anciano? No te metas en lo que no te importa —escupió el agresor, soltando a Ester para hacerle frente.
Vincet ni siquiera pestañeó. Cuando el primer hombre se abalanzó sobre él con un golpe torpe, Vincet esquivó el puñetazo sin hacer mucho esfuerzo, lo tomó del brazo y lo estampó violentamente contra el suelo. Los otros dos intentaron atacarlo en grupo, pero la ferocidad y la fuerza implacable de Vincet no les dejaron espacio para reaccionar. En cuestión de segundos, la pelea había terminado: dos de ellos yacían doloridos en el pavimento y el tercero huía cobardemente por el callejón.
El silencio volvió de golpe. Vincet se ajustó el puño de la camisa, respirando con fuerza mientras se giraba hacia Ester.
Ella permanecía apoyada contra la pared, con el pecho agitado y los ojos fijos en él, impactada por la frialdad e intensidad con la que había controlado la situación.
—Este no es lugar para niñas malcriadas —murmuró él, acercándose lentamente. Aunque su voz sonaba dura, sus ojos recorrieron rápidamente el rostro de Ester para asegurarse de que no estuviera herida.
—Yo... no necesitaba que me defendiera —susurro Ester, intentando recuperar el aliento y la dignidad, aunque la temblorosa firmeza de sus palabras la delataba.
Vincet dejó escapar una risa amarga y se detuvo a pocos centímetros de ella. Por primera vez, estando tan cerca, el aroma de la joven y la vulnerabilidad en sus ojos color miel provocaron un extraño cortocircuito en la mente del hombre con la coraza de hierro.
—No te estaba defendiendo a ti —contestó él, con la voz bajita y grave—. Simplemente no me gusta la suciedad en mi camino. Camina, te llevaré a tu auto antes de que termines arruinando algo más que mi traje.
Ester apretó los labios, debatiéndose entre su orgullo y el estremecimiento impredecible que ese hombre imponente provocaba en su interior. Sin decir una palabra más, caminó a su lado, dando el primer paso dentro de la red que Vincet, sin saberlo aún del todo, estaba empezando a tejer.
Mientras caminaban hacia una zona más iluminada, Ester aprovechó la oportunidad para romper el hielo.
—Sé que no me defendió por amabilidad, pero aun así quiero agradecerle por librarme de esos tres idiotas.
Vincet se detuvo en seco sin avisar, haciendo que la joven, que caminaba justo detrás de él, terminara estampándose directamente contra su firme espalda.
—Llama a tu chofer —ordenó él sin girarse del todo—. Tengo cosas más importantes que hacer que andar de niñero.
Ester sintió cómo la sangre le hervía al instante. «Niña». La palabra resonó en sus oídos como una provocación insoportable. Había pasado años luchando contra esa etiqueta en su propia casa, donde su familia siempre la trataba como a alguien frágil e incapaz de opinar sobre asuntos importantes.
—¡No soy ninguna niña! Deje de tratarme como si lo fuera —protestó apretando los puños, con la voz cargada de indignación.
Vincet se giró despacio y la miró intrigado. Con una sonrisa socarrona y con la única intención de acorralarla y hacerla rabiar, se inclinó hacia ella hasta quedar a escasos centímetros de su rostro. Sus miradas se cruzaron a quemarropa.
—Eres una niña confiada —murmuró él con voz grave y pausada—. Te fuiste conmigo sin tener la menor idea de cuáles eran mis intenciones. No estás lista para el mundo real. Sigues siendo solo una niña malcri...
Antes de que pudiera terminar la palabra, Ester acortó la distancia que los separaba y le estampó un beso directo e impulsivo en los labios.
Al final supieron renacer como pareja
Dale con todo por idiota