Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 8. DESEOS BAJO LA LUZ DE LA LUNA.
Al regresar a la cabaña después de la intensa sesión en el Spa, el ambiente entre nosotros se sentía completamente distinto. La formalidad de la oficina había desaparecido por completo, reemplazada por una electricidad latente que aceleraba mis latidos con solo mirarlo. Nos turnamos para ducharnos y quitarnos el rastro del aceite de jazmín y la sal marina, preparándonos para ir a cenar al restaurante principal del complejo.
Me vestí con un traje de lino blanco, de tirantes finos y una caída suave que se ceñía sutilmente a mi cintura. Dejé mi cabello castaño suelto, cayendo en ondas naturales sobre mis hombros, y solo apliqué un poco de brillo en mis labios. Cuando salí al salón, Sebastián ya me esperaba. Llevaba una camisa de lino azul claro con las mangas remangadas y un pantalón oscuro. El contraste del azul con su piel bronceada lo hacía lucir ridículamente atractivo.
—Estás preciosa, Sofía —dijo con esa voz grave que ya empezaba a causar estragos en mi sistema nervioso.
—Gracias. Tú tampoco te quedas atrás —le sonreí, intentando disimular el temblor de mis manos al tomar mi pequeño bolso.
La cena en el restaurante frente al mar fue maravillosa. Compartimos una botella de vino blanco, mariscos frescos y, sobre todo, muchas risas. Hablamos de nuestras infancias, de las locuras que hacíamos en la universidad y de lo mucho que amábamos el diseño creativo. Por primera vez, descubrí al Sebastián real: un hombre protector, inteligente y con un sentido del humor sencillo y cercano que me cautivó por completo. No había rastro del CEO distante; solo era un hombre disfrutando de la compañía de una mujer.
Al terminar de cenar, ninguno de los dos quería regresar aún al encierro de la cabaña. El cielo se había despejado por completo, mostrando un manto imponente de estrellas y una luna llena que iluminaba la arena blanca como si fuera plata.
—¿Te apetece caminar un rato por la orilla? —propuso Sebastián, señalando la línea del océano donde las olas rompían con suavidad.
—Me encantaría —respondí sin dudarlo.
Nos descalzamos y dejamos los zapatos cerca de la terraza del restaurante. Caminamos con los pies hundidos en la arena fresca, dejando que el agua templada del mar nos salpicara los tobillos de vez en cuando. La brisa marina era perfecta, aliviando el calor de la noche. Caminamos en un cómodo silencio durante unos minutos, alejándonos de las luces del hotel hasta quedar en una zona de la playa completamente desierta, rodeados solo por la inmensidad del océano y la selva.
De pronto, tropecé ligeramente con una pequeña roca oculta en la arena. Antes de que pudiera perder el equilibrio, el brazo de Sebastián rodeó mi cintura con firmeza, atrayéndome hacia su cuerpo. Mi pecho chocó contra el suyo y el aire se me escapó de los pulmones, no por el tropiezo, sino por la cercanía.
—Te tengo —susurró, pero esta vez no me soltó.
Sus manos permanecieron firmes en mi cintura, y yo, por puro instinto, apoyé mis manos en sus hombros firmes. Sentí el calor de su piel a través de la fina tela de su camisa. Nuestras miradas se cruzaron bajo la luz de la luna. Sus ojos brillaban con una intensidad devoradora, fijos en mis labios.
—Sebastián... —pronuncié su nombre en un hilo de voz, sintiendo que el universo entero se reducía a ese pedazo de playa.
—Ya no puedo seguir fingiendo, Sofía —confesó, acortando los últimos centímetros que nos separaban. Su aliento cálido rozó mis labios—. Llevo días volviéndome loco por ti. Desde que te vi defender tu trabajo en esa sala de juntas, desde que te escuché hablar... No he dejado de pensar en esto.
No le di tiempo a decir nada más. Rompí la distancia y lo besé.
Fue un beso hambriento, cargado de toda la tensión, el deseo y los desvelos que habíamos acumulado durante las últimas dos semanas en la oficina. Sebastián soltó un gemido ahogado y profundizó el beso de inmediato, atrapando mis labios con una pasión desbordante. Su lengua se enredó con la mía con una urgencia que me hizo temblar las piernas. Me pegué más a él, enredando mis dedos en su cabello negro y suave, entregándome por completo a la sensación de calor que estallaba en mi vientre.
Sus manos bajaron por mi espalda, delineando mis curvas con desesperación, hasta acariciar mis muslos a través de la abertura del vestido. Cada roce de sus palmas grandes y cálidas encendía un fuego incontrolable en mi piel. Sebastián interrumpió el beso por un segundo para descender por mi mandíbula, dejando un rastro de besos ardientes y húmedos en mi cuello que me hicieron arquear la espalda y soltar un leve gemido.
—Eres perfecta, Sofía —jadeó contra mi oído, mientras sus manos volvían a subir para acunar mi rostro y obligarme a mirarlo—. Te deseo tanto que me asusta.
—Yo también te deseo, Sebastián. Llévame a la cabaña, por favor —le rogué con la respiración entrecortada, mirándolo con total honestidad.
Él no lo pensó dos veces. Me tomó en sus brazos, levantándome de la arena con una facilidad pasmosa que me hizo aferrarme a su cuello. Caminó a paso rápido de regreso por el sendero oscuro, guiado únicamente por la luz de la luna, sin apartar sus ojos de los míos ni un solo segundo.
Cuando cruzamos la puerta de nuestra cabaña privada, la urgencia nos dominó por completo. Sebastián me dejó caer suavemente sobre la inmensa cama King size, pero antes de que pudiera acomodarme, su cuerpo se posicionó sobre el mío, atrapándome entre sus brazos musculosos. Sus labios volvieron a devorar los míos con una pasión salvaje, mientras sus dedos hábiles comenzaban a deshacer los tirantes de mi vestido blanco, dejando mi piel expuesta al calor de la noche tropical.
En esa habitación, rodeados por el murmullo eterno del mar y bajo el amparo de las estrellas, las jerarquías y los miedos del pasado quedaron enterrados en la arena. Ya no existía el peligro de la quiebra, ni las amenazas de Alan, ni las bodas arregladas. Solo éramos un hombre y una mujer entregándose a un deseo puro, ardiente y real que estaba a punto de cambiar nuestras vidas para siempre.