**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 16
El sol del desierto se ocultó tras las dunas como una bola de fuego, tiñendo las paredes de estuco de mi habitación de un tono carmín que parecía un augurio. El aire acondicionado zumbaba con suavidad, pero dentro de mi pecho ardía una tormenta que ningún clima artificial podía apaciguar.
La advertencia de Zayd de la noche anterior seguía grabada a fuego en mi mente: *«Espero que actúes como una sumisa futura esposa ante mi corte… Si muestras una sola pizca de esa rebeldía neoyorquina, habrá consecuencias inmediatas»*.
Miré el armario empotrado de madera de sándalo, que permanecía abierto de par en par. Sobre una percha de seda descansaba el vestido tradicional que él había ordenado para mí. Era una túnica de brocado de seda verde esmeralda, pesada, majestuosa, con mangas kilométricas y un cuello tan alto que rozaba la mandíbula. Estaba enjoyado con hilos de oro y pedrería fina en el pecho. Era hermoso, digno de un museo, pero su propósito era claro: ocultarme, enterrar mi identidad, convertirme en un lienzo mudo y obediente que representara el decoro de su corona.
—Quieres una sumisa, ¿verdad, Zayd? —murmuré para mí misma, sintiendo cómo el orgullo Luna despertaba de su letargo—. Pues vas a tener una reina. Pero una que tú no vas a poder controlar.
Me aparté de la túnica verde con un desprecio deliberado. Fui directa a mi maleta rígida de color negro, la que sus guardias habían dejado en la esquina de la estancia tras mi llegada. Al abrirla, busqué en el fondo, debajo de las blusas de seda y los vaqueros, hasta que mis dedos tropezaron con la textura que buscaba. Un diseño propio. Una pieza que había confeccionado en mi taller de Manhattan para una gala benéfica a la que nunca asistí debido a la quiebra de mi padre.
Lo saqué y lo extendí sobre las sábanas de seda azul profundo de la cama de postes.
Era un vestido de crepé de seda en un tono rojo sangre, tan intenso que parecía vibrar bajo la luz. El diseño era una contradicción andante: elegante pero letalmente sensual. Tenía un cuello halter que estilizaba mis hombros, pero la espalda quedaba completamente al descubierto hasta el inicio de la curva de mis glúteos. Lo más peligroso no era eso, sino la abertura lateral de la falda, que subía por mi muslo izquierdo desafiando la gravedad y terminaba justo donde nacía mi cadera. Era una prenda neoyorquina, moderna, libre. Un insulto directo al conservadurismo de la corte del desierto.
Pasé las siguientes dos horas preparándome con una precisión quirúrgica. Me duché de nuevo, dejando que el agua templada relajara mis hombros tensos. Me apliqué una loción corporal con aroma a ámbar y jazmín, asegurándome de que mi piel quedara satinada. Dejé mi cabello oscuro completamente suelto, cayendo en ondas salvajes y brillantes por mi espalda desnuda, y pinté mis labios con un carmín que combinaba exactamente con el crepé de seda roja.
Cuando me deslicé dentro del vestido, la tela se adhirió a mis curvas como una segunda piel. No llevaba ropa interior convencional; el diseño no lo permitía. Solo unos parches de silicona en el pecho y una finísima prenda íntima de hilo de color piel que quedaba oculta bajo la imponente caída de la falda. Cada vez que daba un paso, la abertura se abría, mostrando toda la longitud de mi pierna izquierda y la suavidad de mi piel bronceada por el sol de la tarde.
Me miré al espejo. Estaba espectacular. No parecía una prisionera; parecía una mujer que iba a reclamar un trono por derecho propio. La pequeña marca rojiza que Zayd me había dejado en el cuello seguía ahí, pero el corte del halter la enmarcaba casi con arrogancia, como un recordatorio de que él ya me había marcado, pero que yo aún no me había rendido.
Un golpe seco en la puerta principal de la estancia rompió mi concentración.
—Señorita Luna —la voz del jefe de seguridad de Zayd resonó a través de la madera—. El Jeque la espera en el gran salón de recepciones. La cena está a punto de comenzar.
—Voy enseguida —respondí, calzándome unos tacones de aguja negros que elevaban mi postura y tensaban los músculos de mis pantorrillas.
Crucé la habitación, ignorando la puerta de interconexión que Zayd había dejado sutilmente entornada. Al abrir la puerta principal, el guardia de seguridad se cuadró de inmediato, pero en cuanto sus ojos recorrieron mi silueta vestida de rojo, se quedó petrificado. Sus pupilas se dilataron y una evidente expresión de pánico cruzó sus facciones. Sabía perfectamente lo que significaba ese vestido en este palacio: un desafío directo al Emir.
—¿Algún problema? —pregunté, arqueando una ceja con fría elegancia.
—No... ninguno, señorita —tartamudeó el hombre, bajando la mirada de inmediato al suelo, recordando que mirar fijamente a la mujer del Jeque podía costarle el puesto o algo peor—. Sígame, por favor.
Caminamos por los pasillos abovedados del palacio. Mis tacones de aguja golpeaban el mármol pulido con un ritmo firme, marcial, desafiante. Cada sirviente con el que nos cruzábamos se detenía, ahogando exclamaciones de sorpresa en árabe y apartando la vista con rapidez, como si mirar mi espalda desnuda fuera un pecado mortal. El contraste entre la blancura del mármol y el rojo sangre de mi vestido creaba una estela de atención que era exactamente lo que yo buscaba. Quería que Zayd viera que no podía encerrar mi espíritu en un brocado verde.
Llegamos a las inmensas puertas dobles de la sala de banquetes real. Dos guardias de gala, vestidos con túnicas ceremoniales y portando sables de oro en la cintura, me miraron con abierta desaprobación, pero abrieron las puertas de par en par.
El gran salón de recepciones era un despliegue de opulencia que me obligó a parpadear. El techo, una cúpula inmensa tallada en madera de cedro con incrustaciones de nácar y oro, albergaba una mesa rectangular de longitud kilométrica. En el centro, candelabros de plata iluminaban vajillas de porcelana fina y copas de cristal tallado. Sentados a la mesa se encontraban unos doce hombres, los consejeros principales del Emir, ancianos de barbas canas y rostros severos envueltos en túnicas oscuras tradicionales.
Y en la cabecera, sentado en un sillón que parecía un trono, estaba Zayd.
Vestía una túnica ceremonial de color negro profundo con bordados de hilo de oro en el cuello y los puños. Su presencia era masiva, imperial, la encarnación misma del poder absoluto en el desierto. Estaba escuchando a uno de los consejeros con expresión seria, pero en cuanto el sonido de mis tacones resonó en el umbral de la sala, su cabeza se giró con la velocidad de un felino que detecta una anomalía en su territorio.
Sus ojos ámbar se clavaron en mí.
Vi el momento exacto en que sus facciones se congelaron. La conversación en la mesa murió al instante, cayendo en un silencio sepulcral tan denso que se podía escuchar el chisporroteo de las velas de los candelabros. Los doce consejeros se giraron al unísono hacia mí. Las expresiones de los ancianos pasaron de la curiosidad a la indignación absoluta en una fracción de segundo. Algunos ahogaron jadeos, otros apretaron sus barbas y murmuraron palabras en árabe con tonos de profunda ofensa.
Había entrado como una llama roja en un templo de sombras.
Zayd no parpadeó. Sus ojos recorrieron mi cuerpo con una lentitud que me abrasó la piel. Se detuvieron en el cuello halter, bajaron por el torso donde la seda dibujaba mis curvas sin dejar nada a la imaginación, y se fijaron en la abertura lateral que, con cada uno de mis pasos decididos, dejaba al descubierto mi muslo izquierdo casi hasta la cadera. Pero el golpe de gracia fue cuando alcancé la mesa y me giré sutilmente para ocupar el asiento a su derecha: toda mi espalda, desnuda, tersa y brillando bajo la luz de los candelabros, quedó expuesta ante el consejo real y ante él.
Una pulsación eléctrica, violenta y posesiva, emanó de Zayd de inmediato. Pude ver cómo la mandíbula de tres días se le tensaba tanto que un músculo comenzó a bailar bajo su piel bronceada. Sus manos grandes, decoradas con anillos de sello reales, apretaron los brazos de madera de su sillón con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos. Sus ojos ámbar ya no eran gélidos; eran dos pozos de fuego líquido, una mezcla de una lujuria animal desatada por mi atrevimiento y una furia territorial que amenazaba con destruir la sala.
—Jeque Al-Maktoum... —comenzó uno de los consejeros más ancianos, un hombre de mirada severa y voz temblorosa por la indignación, señalándome sutilmente con un dedo arrugado—. Esto... esto es una afrenta a nuestras tradiciones. La mujer que va a unirse a la casa real no puede presentarse ante el consejo con las vestiduras de una extranjera sin pudor. Es una falta de respeto a la corona y a nuestro pueblo.
El comentario del anciano avivó el murmullo de desaprobación entre los demás comensales. Sus miradas lujuriosas, pero condenatorias, recorrieron mi pierna expuesta y mi espalda desnuda. Sentí la humillación flotar en el aire, pero mantuve la barbilla en alto, sosteniéndole la mirada al anciano con toda la audacia que poseía.
Sin embargo, el peligro real no venía del consejo. Venía del hombre sentado a mi lado.
Zayd se levantó de su sillón con una lentitud amenazante. Su silueta masiva, envuelta en el negro y el oro, pareció duplicar su tamaño bajo la luz de la cúpula. Los consejeros callaron de inmediato, temblando ante la obvia emanación de furia de su soberano. Zayd no miró al anciano que había hablado; me miraba exclusivamente a mí. Su respiración era pesada, el pecho elevándose con fuerza bajo la túnica negra.
—La cena ha terminado para mí —anunció Zayd. Su voz de barítono profundo ya no era diplomática; era un rugido bajo, rudo y dictatorial que hizo vibrar el cristal de las copas sobre la mesa—. Retírense. Mis abogados les enviarán los documentos de la ruta de distribución mañana por la mañana.
Antes de que los consejeros pudieran reaccionar o emitir una sola palabra de disculpa, Zayd dio un paso hacia mí.
Su movimiento fue tan rápido que apenas tuve tiempo de procesarlo. Su mano grande y bronceada se cerró alrededor de mi brazo izquierdo, justo por encima del codo. Su agarre no fue sutil; fue un grillete de hierro que se hundió en mi carne con una firmeza indiscutible, una demostración de fuerza física que me obligó a ponerme de pie de un tirón.
—Zayd... —gimoteé, el dolor y la sorpresa mezclándose en mi garganta mientras mis tacones de aguja tambaleaban sobre el mármol.
—Camina —siseé él contra mi oído, y su aliento caliente quemó mi piel, enviando una oleada de terror y una traicionera descarga erótica directo a mi bajo vientre.
Me tomó del brazo firmemente y me sacó de la sala de banquetes a mitad del evento, arrastrándome literalmente detrás de él. Mis dedos intentaron zafarse de su agarre, pero era como intentar mover una roca. Cruzamos las inmensas puertas dobles, dejando atrás al consejo real sumido en el caos y el murmullo.
Los guardias del pasillo se pegaron a las paredes, bajando la cabeza con pánico absoluto al ver el rostro desencajado por la furia posesiva de su Emir. Zayd no disminuyó el paso; sus zancadas largas me obligaban a casi correr para no caer al suelo, y con cada movimiento, la abertura de mi vestido rojo se abría por completo, mostrando mi pierna ante sus ojos y ante cualquiera que se atreviera a mirar, lo que parecía enfurecerlo aún más.
—¡Suéltame, Zayd! ¡Me estás haciendo daño! —exclamé mientras subíamos la escalinata de caracol hacia las estancias reales, la rabia compitiendo con el latido desbocado de mi corazón.
Él no respondió con palabras. Solo incrementó la presión de sus dedos en mi brazo, recordándome que en este palacio, mi resistencia no era más que un juguete en sus manos. Llegamos al ala real y Zayd empujó las pesadas puertas de mi habitación de sándalo oscuro, metiéndome dentro de un empellón y cerrando el pestillo desde el interior con un sonido seco, definitivo, que nos aisló del resto del mundo, dejándome a solas con el depredador que yo misma había provocado.