Catalina es la primogénita de la familia Bloemen, un ducado de gran importancia en el imperio de Blodau, pero a pesar de eso su vida siempre estuvo lejos de ser la de una dama noble, por lo que desde que recuerda su mayor deseo es huir de su disque familia, algo que logra de la mano de un desconocido que llego a su puerta sin avisar y del que se enamoró perdidamente.
La pareja enamorada hizo su vida lejos de los lujos de la nobleza, felices simplemente con estar el uno al lado del otro, pero algo empañaba esa felicidad y eso eran las preguntas que existían alrededor de Jared, Jared no recuerda nada de su pasado, solo su nombre y descubrir quién es él y encontrar a sus padres es algo que desea hacer, pero Jared no es quien él cree que es, y su verdadera identidad sumergirá a la pareja en un mundo lleno de peligros del que creían que eran ajenos.
¿Podrán Catalina y Jared superar los obstáculos que los esperan y ser felices?
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Capítulo 4
—Se acabaron las papas, zanahorias y algunas hierbas que necesitamos, ¿quién va por ellas? —pregunta la encargada de la cocina y Catalina, sin dudarlo, se ofrece; a Ren le haría muy bien el paseo.
Ya habían pasado tres días desde la visita de Aeson a su hogar, ese día antes de irse Aeson les había entregado unas páginas más para el libro de Ren, páginas que Jared le había cocido al día siguiente, y desde ese momento el niño no había dejado de leerlas en un intento por memorizarlas y comprenderlas lo más pronto posible, estaba tan metido en su lectura que incluso había evitado jugar con su madre o con otros niños con tal de seguir avanzando, y si bien era lindo ver que a tan corta edad Ren era un niño muy aplicado, el pequeño necesitaba de aire fresco, lo quisiera o no.
- Perfecto, te haré una lista y te daré el dinero para que vayas por lo que necesitamos.
Mientras su jefa hacía la lista, Catalina tuvo que hacer la titánica tarea de convencer a su hijo para que saliera con ella, pero tras un poco de persuasión de madre, Catalina convenció a su hijo para que la acompañara, y en poco tiempo ambos ya estaban en la calle con camino al mercado y, si bien al inicio el niño no estaba muy convencido de ir, al ver todo el bullicio de la calle, el pequeño se emocionó y comenzó a andar con alegría.
Ren y Catalina hicieron todo el trayecto tomados de la mano, y cuando Catalina necesitaba de ambas manos para hacer algo, siempre le indicaba a Ren que debía tomarla fuertemente de su falda y que por nada del mundo podía separarse de ella, indicaciones que el niño siempre seguía a la perfección.
—Avísame si te cansas, que mamá te llevará en brazos si así es —le dice Catalina a su hijo, mientras siguen avanzando. Ya casi han concluido las compras, por lo que Ren ha estado caminando por mucho tiempo, y siendo un niño tan pequeño, Catalina no quería que se sobreesforzara.
—Estoy bien, mamá, Ren es fuerte como papá —le dice el niño.
—Sí, mi pequeño es muy fuerte —le dice Catalina, pero antes de que pueda escuchar la respuesta de su hijo, todo se vuelve un caos.
Un caballo perteneciente a uno de los mercaderes se asustó por culpa de un roedor que corrió frente a él. Esto provocó que el caballo se soltara de sus amarras y saliera corriendo. Ante esto, Ren se soltó de su madre y salió corriendo asustado, y Catalina de inmediato fue tras él, pero al haber tanto caos, la pelimorada perdió de vista a su hijo rápidamente, entrando en pánico.
—Ren, Ren —comenzó a gritar la mujer mientras buscaba a su hijo por todos lados.
Justo en el momento de la confusión, un grupo de sirvientas llegó al mercado y, si bien era común que las sirvientas de las casas nobles salieran a comprar al mercado, lo que llamaba la atención de estas mujeres era el hecho de que trabajaban para el palacio imperial; sus uniformes las delataban, pero quien más llamaba la atención era la mujer que las encabezaba, quien por su uniforme podía deducirse que no era una sirvienta cualquiera.
Con su cabello de color rosa claro atado en un moño y sus ojos marrones que tenían un pequeño brillo de tristeza en ellos, Rosalina era una mujer hermosa e importante, y es que ella era la dama principal de la emperatriz y también había sido la niñera del príncipe heredero, teniendo así un estatus muy alto a pesar de no tener ningún título nobiliario.
Ese día en particular Rosalina había decidió dar un paseo por el pueblo, con la esperanza de que eso le levantara un poco los ánimos, y de encontrar algo que alegrara a su señora y es que a pesar de haber pasado casi siente años ya, a Rosalina aun le dolía la desaparición y posible muerte de su pequeño, y es que para ella el príncipe había sido más que un deber, para ella ese niño había sido como un hijo y si ella aun sufría por lo ocurrido, ni hablar de la emperatriz, quien no había día en que no añorara a su hijo.
Al ver la conmoción ocasionada por el caballo asustado Rosalina mando a uno de los guardias que la acompañaban para que ayudara, estaba tan distraída viendo lo que pasaba que no noto al niño que corría hasta ella, hasta que el pequeño choco contra sus piernas, ella instintivamente lo tomo de los hombros para que el pequeño se cayera, y al bajar la mirada, sintió que su mundo se detenía, y es que frente a ella estaba nuevamente el niño que por muchos años cuido y que actualmente debería de ser un adulto.
—Ren, Ren —el pequeño oyó la voz de su madre y se soltó de la mujer que lo sostenía para correr hacia Catalina, quien ya lo había divisado y se acercaba a él rápidamente —No vuelvas a correr así —le dice Catalina a su hijo, mientras con agilidad lo toma en brazos y lo aprieta contra su pecho, feliz de haberlo encontrado —Muchas gracias por encontrar a mi hijo —le agradece Catalina a Rosalina, para después alejarse.
Justo cuando Catalina se estaba alejando, Rosalina sale del trance en que la había puesto ver a ese niño y rápidamente le ordena a una de las sirvientas que la acompañan que siga a Catalina, mientras ella vuelve de inmediato al palacio; debe hablar con su emperatriz.
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En el palacio imperial, los emperadores se encontraban reunidos con el consejo para tomar las decisiones más importantes con respecto al imperio, y justo cuando la reunión estaba llegando a su fin, el hermano del emperador habló de un tema que no era del agrado de los emperadores.
—Ya han pasado casi siete años desde la desaparición del príncipe; es momento de que se nombre a un nuevo heredero —habla el duque Brezon Lulet, quien era el hermano menor del emperador.
—Mi hijo volverá pronto, no hay necesidad de nombrar otro heredero —dice la emperatriz, quien no pierde la esperanza de que su hijo volverá.
—Si ese es el caso, debería volver de inmediato; el imperio no puede estar sin heredero por tanto tiempo. Mi hijo es un candidato perfecto para ocupar ese puesto en caso de que, ojalá no suceda, el príncipe no vuelva —insiste el duque Lulet.
—Ya ha oído a mi esposa, mi hijo regresará pronto, y en caso de que mi hijo no regrese, será el hijo del archiduque quien herede el trono; al fin de cuentas, es él quien lleva sangre imperial en sus venas —sentencia el emperador dando por terminada la reunión, dejando al duque Lulet lleno de ira, y es que el hombre ansiaba el trono para sí y su familia y hasta ahora sus intentos por conseguirlo no habían tenido los resultados que él esperaba.