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Casada con el hijo del alcalde

Casada con el hijo del alcalde

Status: Terminada
Genre:Matrimonio arreglado / Amor eterno / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Aisyah Alfatih

Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.

Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.

El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.

Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.

Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.

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Episodio 23

Clara y Darío llegaron a la habitación donde estaba internado el padre de Clara. En cuanto la puerta se abrió, Darío se acercó directamente a la cama.

—Buenas tardes, Don Ramón —saludó con cortesía. Ramón sonrió débilmente, pero era evidente que reconocía aquel rostro.

—Buenas tardes… Darío, ¿verdad? El dueño de la constructora que hace poco colaboró con mi empresa.

Darío asintió mientras le estrechaba la mano.

—Así es, señor. Me alegra poder verlo de nuevo, aunque sea en estas circunstancias.

Doña Melisa los recibió con amabilidad e invitó a Darío a sentarse. El ambiente en la habitación se sentía cálido, muy distinto de la tensión que oprimía el pecho de Clara desde hacía rato.

—¿Entonces es cierto que Clara va a trabajar en tu empresa? —preguntó Doña Melisa lanzándole una mirada a su hija.

Darío sonrió con soltura.

—Sí, señora. Pero no como empleada fija. Solo necesito algunos diseños de Clara para un proyecto nuevo. Le veo mucho talento.

Clara resopló con suavidad.

—No exageres con los halagos, Darío. Te vas a cansar solo.

Ramón rio despacio; el pecho le subía y bajaba.

—Tiene razón. Mi hija ha sido terca desde siempre.

Rieron juntos. Por un instante, Clara casi olvidó el peso que cargaba en el pecho. Luego, en medio de la conversación, Ramón preguntó de pronto:

—Por cierto… ¿por qué no he visto a Álvar desde anoche? ¿Dónde está?

El aire cambió de golpe. Clara miró a su madre por reflejo. Doña Melisa le devolvió una mirada inquieta. Clara tragó saliva y abrió la boca.

—Álvar…

La puerta de la habitación se abrió de repente y todas las cabezas giraron al mismo tiempo.

En el umbral estaba Álvar.

Tenía el rostro demacrado, la chamarra todavía puesta, el cabello ligeramente revuelto, como si un viaje largo aún no hubiera terminado del todo. Era evidente que acababa de llegar, o quizá llevaba un buen rato de pie afuera.

—Buenas tardes —dijo Álvar en voz baja.

Doña Melisa se sobresaltó y se puso de pie.

—Álvar…

Álvar entró y se acercó a la cama.

—Buenas tardes —respondió Ramón. Álvar inclinó la cabeza con respeto ante él—. ¿Cómo se encuentra, Don Ramón? Acabo de llegar.

Don Ramón observó a su yerno con una mirada escrutadora.

—Gracias a Dios, todavía me dejan respirar. ¿De dónde vienes?

Álvar esbozó una sonrisa tenue.

—De la aldea, señor.

Después de eso, su mirada se desplazó hacia Darío. Los ojos de Álvar se detuvieron un buen rato, fríos y calculadores. Darío lo percibió, pero se limitó a devolver una sonrisa cortés.

—¿Álvar, verdad? —lo saludó Darío con naturalidad—. Soy Darío.

Álvar asintió brevemente.

—Lo sé. Alcancé a escuchar antes de entrar —respondió con educación. Luego, despacio, su mirada se desvió hacia Clara y sus ojos se encontraron.

Darío echó un vistazo a su reloj y se levantó.

—Creo que debo retirarme. Tengo otro compromiso —dijo con cortesía.

Clara también se puso de pie.

—Te acompaño hasta la salida.

Darío se despidió de Ramón y de Doña Melisa, y luego lanzó una mirada breve en dirección a Álvar.

—Con permiso.

Salieron de la habitación y recorrieron el pasillo del hospital, que ya empezaba a vaciarse. El paso de Clara se fue haciendo más lento; la cabeza le daba vueltas.

En la entrada, Darío se detuvo.

—Clara —la llamó en voz baja.

Clara volteó.

—¿De verdad quieres poner a prueba a tu esposo? —preguntó Darío sin rodeos—. Por lo que vi, es buena persona. Es imposible que no te quiera.

Clara se quedó en silencio, los dedos entrelazados.

—Pero no estoy segura.

—Por eso mismo Delia me pidió ayuda —continuó Darío con voz suave—. Está bien, Clara. Te ayudaré en lo que pueda. Considérate mi sobrina. Tú y Delia tienen la misma edad.

Le dedicó una sonrisa cálida.

—Pero no te tortures a ti misma demasiado tiempo.

Clara le devolvió una sonrisa apenas perceptible.

—Gracias, Darío.

Darío asintió y se marchó, dejando a Clara sola en el pasillo.

Clara respiró hondo y dio media vuelta para regresar a la habitación de su padre. Sin embargo, sus pasos se detuvieron frente a la puerta: Álvar ya estaba ahí de pie.

Álvar dio un paso hacia ella.

—Clara…

Clara no retrocedió, pero tampoco lo recibió. Su mirada seguía siendo fría; el muro que había levantado se mantenía firme.

Álvar pronunció su nombre una vez más, más bajo.

—Clara…

Clara desvió la mirada al fin e intentó pasar de largo. Pero su muñeca fue detenida antes —no con brusquedad, sino con un temblor.

—No me toques —dijo Clara en voz queda, pero firme.

Álvar le soltó la mano por instinto. Su rostro se tensó; había un arrepentimiento desnudo en su expresión.

—Solo quiero hablar. Cinco minutos nada más.

Clara dejó de caminar. El pecho le subía y bajaba; era claro que contenía algo mucho más grande que simple enojo.

—Si quieres hablar —dijo sin voltear—, aquí no. Mi papá sigue enfermo.

No usó ningún apelativo cariñoso, el que solía emplear antes con Álvar.

Álvar asintió con rapidez.

—Entiendo.

Clara lo miró de reojo.

—Voy a la cafetería del hospital. Si esos cinco minutos se convierten en drama, me voy.

Sin esperar respuesta, Clara echó a andar primero. Álvar la siguió por detrás, guardando la distancia, como alguien que sabe que está parado al borde de un precipicio.

La cafetería del hospital se sentía sofocante. Clara se sentó mirando la mesa, mientras Álvar permanecía de pie frente a ella, a medio camino entre la duda, como si una sola palabra equivocada pudiera derrumbarlo todo.

—Clara… —Álvar tomó un largo respiro—. No vine a obligarte a volver. Tampoco quiero jugar con tus sentimientos.

Clara levantó el rostro despacio. Su mirada era fría, pero los ojos estaban agotados.

—Solo quiero pedirte una cosa —prosiguió Álvar; la voz le temblaba, aunque sonó firme—. Dame una oportunidad… una más. Déjame ser yo quien te busque. A mi manera.

Clara no dijo nada.

—Quiero salvar este matrimonio —declaró Álvar con honestidad—. Quiero conservarte a ti. Pero si después de haberlo dado todo, tú igual decides rendirte y no quieres volver… te lo prometo, Clara. Te dejaré ir en paz.

Esas palabras le apretaron el pecho a Clara.

—En los próximos días —continuó Álvar—, déjame demostrarte que lo que siento por ti es genuino. No voy a perturbar tu vida. Frente a tus papás, me portaré como un buen esposo. Sin drama. Sin presión.

Álvar la miró sin parpadear.

—También voy a rentar un lugar propio mientras esté en la ciudad. No voy a involucrar a mis padres. Todo quedará entre nosotros. Frente a tu papá y tu mamá, parecerá que estamos bien.

Tragó saliva.

—Solo te pido tiempo. No para obligarte a quererme… sino para demostrarte que te quiero.

Clara lo miró a los ojos durante un largo rato. No había justificaciones excesivas. No había frases baratas. Solo una honestidad desnuda, frágil, pero real.

—No te prometo nada —dijo Clara en voz baja.

Álvar asintió al instante.

—No necesito promesas. Solo necesito permiso.

El silencio los envolvió durante unos segundos. Finalmente, Clara hizo un pequeño gesto de asentimiento.

—Unos días —dijo—. Solo eso.

El rostro de Álvar cambió de inmediato; no fue una sonrisa de victoria, sino un alivio que casi lo hizo desplomarse.

—Gracias, Clara —susurró con sinceridad.

Clara se levantó de la silla.

—No me hagas arrepentirme de haber aceptado —le dijo con voz neutra antes de alejarse.

Álvar contempló la espalda de Clara mientras se alejaba y entonces la vio darse la vuelta.

—Quédate esta noche en el hospital. Puede que papá todavía quiera platicar contigo, cariño.

Al escuchar aquello, Álvar sonrió de inmediato y alcanzó a Clara, que ya había salido de la cafetería.

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