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¿COMO PUEDO SER YO MISMA?

¿COMO PUEDO SER YO MISMA?

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:983
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Sofía lleva treinta años interpretando un papel: la mujer perfecta, eficiente, inquebrantable. Editora de textos, vive puliendo las palabras de otros mientras las suyas se pudren en un cajón. Cuando una humillación pública en su trabajo la obliga a enfrentar su fragilidad, comienza un viaje hacia el centro de sí misma. Entre la memoria de una niña que dibujaba espirales, el eco de su madre que también supo fingir, y la escritura de su propia historia, Sofía descubre que ser auténtica no es un destino, sino una decisión cotidiana. Una novela sobre máscaras, miedos y el acto rebelde de mostrarse.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16: La última vuelta de la espiral

El invierno llegó a Madrid con un frío seco que se colaba por las rendijas de las ventanas y obligaba a la gente a caminar más rápido por las calles. Sofía lo notó en la forma en que su madre se envolvía en mantas extra, en la forma en que su aliento se hacía visible en el aire frío de las mañanas.

El tratamiento de su madre continuaba. Algunos días eran buenos. Otros, no tanto. Pero había algo diferente en ella ahora. Una paz que Sofía no recordaba haber visto antes. Como si la enfermedad hubiera abierto una puerta que llevaba mucho tiempo cerrada.

—Hoy he estado pensando en tu abuela —dijo su madre una tarde, mientras Sofía preparaba té en la cocina—. En cómo era antes de que el Alzheimer se la llevara.

—¿Cómo era? —preguntó Sofía, sentándose a su lado con las tazas humeantes.

—Era una mujer que reía mucho. Que bailaba en la cocina mientras cocinaba. Que escribía cartas largas a sus hermanas, aunque vivieran al lado. Siempre decía que las palabras eran importantes. Que había que decirlas antes de que fuera demasiado tarde.

Sofía sintió un nudo en la garganta.

—Nunca me habías hablado de ella así.

—Porque no quería recordar lo que había perdido —admitió su madre, y su voz se quebró ligeramente—. Pero ahora... ahora pienso que quizá debería haberla escuchado más. Quizá debería haber escrito más cartas. Dicho más cosas.

—Nunca es tarde —dijo Sofía, y en su voz había una certeza que no sabía de dónde venía—. Siempre se puede empezar.

Su madre la miró con una mezcla de sorpresa y gratitud.

—¿Cómo has llegado a ser tan sabia?

—Aprendiendo de ti —respondió Sofía—. Y de mis errores.

Esa noche, cuando Sofía llegó a casa, se sentó frente a su cuaderno y escribió una carta a su abuela. Aunque ya no estuviera, necesitaba decirle las cosas que nunca había dicho.

"Querida abuela: no sé si esto llegará a ti, pero necesito escribirlo. Necesito decirte que te recuerdo. Que recuerdo tus manos arrugadas y tu risa que llenaba la cocina. Que recuerdo las historias que me contabas antes de dormir. Y que, aunque no te lo dije entonces, siempre fuiste mi ejemplo de cómo vivir. Gracias por enseñarme que las palabras importan. Gracias por enseñarme que el amor se dice. Te quiero."

Cuando terminó de escribir, sintió que algo se aligeraba en su pecho. Como si las palabras no dichas hubieran encontrado por fin su camino.

Los días siguientes fueron una mezcla de trabajo y visitas al hospital. Sofía aprendió a equilibrar su vida entre las historias que editaba y la historia que vivía junto a su madre. No era fácil, pero ya no pesaba como antes. Ahora sabía que cada momento contaba.

—He estado pensando en lo que me dijiste —le dijo su madre una tarde, mientras el suero goteaba lentamente en su brazo—. Que nunca es tarde para empezar. Y he decidido que quiero escribir mis memorias.

Sofía abrió los ojos con sorpresa.

—¿Tus memorias?

—Sí. No quiero que se pierdan las cosas que he vivido. Quiero que queden escritas. Para ti. Para Valeria. Para que sepáis quién fui.

Sofía sintió que las lágrimas le subían a los ojos.

—Eso es maravilloso, mamá. Y te voy a ayudar.

—¿De verdad?

—Claro. Podemos hacerlo juntas. Como cuando escribimos aquella noche.

Su madre sonrió, y en sus ojos brillaba una luz que Sofía no había visto en mucho tiempo.

—Entonces empecemos.

Y así, durante las semanas siguientes, Sofía y su madre escribieron juntas. Sentadas en la habitación del hospital o en el sofá de casa, fueron hilando recuerdos, anécdotas, momentos de alegría y de dolor. Sofía tomaba notas mientras su madre hablaba, y poco a poco, la historia de su vida fue tomando forma.

—Nunca imaginé que llegaría a hacer esto —dijo su madre un día, mientras leía lo que habían escrito hasta entonces—. Contar mi historia.

—¿Y cómo te sientes?

—Como si estuviera poniendo orden en todo lo que he vivido. Como si, por fin, entendiera quién soy.

Sofía le cogió la mano y la apretó con suavidad.

—Eso es lo que hacen las historias. Nos ayudan a entendernos.

El invierno avanzaba, y con él, la enfermedad de su madre. Algunos días era difícil verla tan frágil, tan cansada. Pero Sofía aprendió a estar presente, a no huir, a aceptar que la vida tenía sus propios ritmos.

Una noche, mientras escribían juntas, su madre se detuvo y la miró con una expresión que Sofía no supo descifrar.

—¿Sabes lo que más me alegra de estos meses?

Sofía negó con la cabeza.

—Verte a ti. Cómo has cambiado. Cómo has encontrado tu camino. Antes te veía y veía a una mujer que estaba escondida. Ahora te veo y veo a alguien que brilla.

Sofía sintió que las lágrimas rodaban por sus mejillas.

—Gracias, mamá.

—No me des las gracias —respondió su madre—. Solo sigue brillando. Por ti. Por mí. Por todas las que vinieron antes.

Y en ese momento, Sofía supo que la espiral se estaba cerrando. Que había recorrido un camino largo y difícil, pero que, al final, había llegado a donde siempre había querido estar.

Esa noche, cuando volvió a casa, Sofía cogió el dibujo de la niña con alas y lo observó durante un largo rato. La niña seguía riendo, con sus alas de colores y su fondo de espirales.

—Gracias —le dijo en voz baja—. Por recordarme quién soy.

La niña no respondió, pero Sofía sabía que, si pudiera, le diría que siempre lo supo.

Se sentó en la cama, abrió su cuaderno y escribió las últimas líneas de la historia que había estado contando.

"La niña con alas descubrió que volar no era cuestión de altura, sino de valentía. De atreverse a ser quien una es, aunque el viento sople en contra. De saber que, al final del viaje, siempre hay un lugar al que volver. Y ese lugar no es un sitio. Es una sensación. Es la certeza de que, pase lo que pase, una nunca deja de ser quien siempre ha sido."

Cerró el cuaderno y se quedó mirando por la ventana. La noche de Madrid se extendía más allá del cristal, iluminada y vibrante. Sofía sintió que, por fin, la historia estaba completa.

No era el final. Era el principio de algo nuevo.

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Cliente anónimo
Excelente historia 🥰🥰
Cliente anónimo
Realmente ése libro debe publicarlo ya qué ayudaría a muchas personas gracias a Dios por a ver encontrado está historia, No que soy una mujer como Sofía y no he tenido la oportunidad de quitar la máscara de mi personalidad 👏👏
Eli: Que bueno que te gustó, y muchas gracias por leer mi historia
total 2 replies
Cliente anónimo
Realmente la historia es una gran enseñanza 🥰🥰🥰
Cliente anónimo
Así se hace Sofía 👏👏👏
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