Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 4
La puerta del edificio se cerró detrás de Ana con un golpe suave.
Nieve. Frío. Moscú a la 1:20 AM.
Dmitri se quedó parado en la vereda. Las manos en los bolsillos. Mirando el edificio hasta que se apagó la luz de su departamento en el tercer piso.
El chofer bajó la ventanilla. —¿Señor?
—Vámonos —dijo, sin despegar la vista.
En el auto no habló. Apoyó la frente contra el vidrio frío. Cerró los ojos.
En su cabeza todavía estaba ella. Sin lentes. Sin saco. Con ese vestido negro pegado al cuerpo y los pies descalzos cuando se puso las balerinas.
Idiota.
Porque se las había dejado en la guantera "por si acaso". ¿Por si acaso qué? ¿Por si acaso su asistente gris terminaba descalza en su auto a la madrugada?
Golpeó el techo con la palma. Una vez.
—Más rápido —ordenó.
*Lunes. 7:58 AM. Volkov Industries, piso 48.*
Ana entró primero. Siempre.
Sacó gris. Rodete tirante. Lentes "culo de botella" enormes. La misma de hace tres días. Como si el sábado nunca hubiera pasado.
Dejó el informe en su escritorio. Alineado. Perfecto.
Dmitri apareció a las 8:14. Traje negro impecable. Cara de no haber dormido.
Pasó a su lado sin mirarla. Directo a su oficina.
Cerró la puerta. Fuerte.
Ana se sentó. Respiró. Y se puso a trabajar.
*9:32 AM. Intercom.*
—Asistente B. Adentro. Ya.
Ella entró. Él estaba de espaldas, mirando Moscú.
—El discurso para la junta —dijo sin girarse—. Está mal.
—Lo revisé tres veces, señor.
—Entonces revísalo cuatro.
Ana no se movió.
—Hay algo más que quiera decirme, señor Volkov?
Él se giró lento. Ojos grises. Cansados. Furiosos.
—Sí. Que vuelvas a ser invisible. Como antes.
La frase le cayó como un balde de agua helada.
Ana asintió. Una vez. —Entendido.
Se dio vuelta para irse.
—Espera.
Se detuvo. Sin girarse.
Dmitri apretó la mandíbula. Quería decir: _El sábado no te quites más los lentes frente a nadie que no sea yo._ Quería decir: _No vuelvas a ponerte ese vestido para otro hombre._
Lo que dijo fue:
—El informe. Para las diez.
—Sí, señor.
Y salió.
*1:17 PM. Comedor de empleados.*
Irina se le sentó enfrente con un plato. —No dijiste nada.
Ana masticó lento. —No hay nada que decir.
—Mentirosa —susurró Irina—. Te vi. Volkov te miraba como si fueras la última botella de vodka en Moscú.
Ana dejó el tenedor. —Entonces que deje de mirar.
Se levantó.
*4:43 PM. Oficina de Dmitri.*
No podía concentrarse.
Cada ruido lo sacaba. El tecleo de ella. Cuando tosió. Cuando Irina le pasó un café y Ana dijo "gracias" muy bajito.
Agarró el teléfono. Marcó recepción.
—Consíganme la lista de invitados del sábado. Completa.
—Señor, ya se la enviamos.
—Otra vez.
Colgó.
Abrió su mail. Buscó: `Beltrán`
Cien mails. Todos de trabajo. Fríos. Perfectos.
Cerró la laptop de golpe.
*8:20 PM. Piso 48 vacío.*
Ana seguía ahí. Sin saco. Con una bluza vieja. El pelo cayéndose. Lentes puestos.
Él apareció en la puerta sin hacer ruido.
Ella levantó la vista. Sin sorpresa.
—Se supone que a las seis se va —dijo él.
—Tenía trabajo atrasado.
Él entró. Cerró la puerta. El silencio se hizo pesado.
—Vete —dijo. Voz ronca.
Ana guardó todo. Lento. Se puso el saco. Los lentes.
Pasó a su lado.
A centímetros.
Él olió su shampoo. Nada caro. Nada de la Gala. Solo ella.
Su mano se levantó sola. Quería tocarle el brazo. Detenerla.
Lo bajó antes de que ella se diera cuenta.
—El jueves —dijo, sin mirarla—. Hay una cena.
Ana se quedó quieta. —¿Debo preparar algo?
—No —dijo muy rápido—. Voy solo.
—Entendido.
Caminó hacia la salida.
Cuando la puerta se cerró, Dmitri se apoyó en su escritorio con las dos manos. Cabeza gacha.
Porque lo que quería decir era: _Ve conmigo. Porque si no vas, voy a estar toda la noche buscándote entre la gente._
Y no lo dijo.
Se enderezó. Miró el lugar vacío donde ella estaba sentada.
Y por primera vez en su vida, Dmitri Kozlov no supo qué hacer después de dar una orden.