Serena Bridge lo perdió todo: su rostro, su libertad, diez años de su vida.
Su prima le robó la cara con magia prohibida. Su esposo la encerró en una celda sin luz. Y cuando por fin murió, nadie lloró por ella.
Pero la muerte no fue el final.
Serena despierta en su cuerpo de dieciocho años, el día antes de su boda con el marqués Víctor Flores —el mismo hombre que la traicionará—. Esta vez no será la esposa obediente que agacha la cabeza. Esta vez tiene los recuerdos de una vida entera de sufrimiento… y un plan.
Recuperar su dote. Destruir a Isabella. Escapar del matrimonio que la condenó.
Lo que no esperaba era cruzarse con Alejandro Durán, el Duque de Hielo —un hombre al que toda la corte teme y nadie se atreve a mirar a los ojos—. Frío, letal, implacable. Dicen que no tiene corazón.
Pero cada vez que Serena está en peligro, él aparece.
Y cada vez que ella lo rechaza, él se acerca un paso más.
En una corte donde las alianzas cambian con el viento y la magia oscura acecha en las sombras, Serena descubrirá que la venganza tiene un precio… y que el corazón del Duque de Hielo esconde secretos más peligrosos que cualquier hechizo.
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Capítulo 22
Capítulo 22: El atentado contra el príncipe heredero
El sol de otoño era una mentira hermosa.
Dorado, tibio en apariencia, pero con un filo de frío que calaba hasta los huesos en cuanto el viento cambiaba de dirección. El tipo de sol que engañaba a los viajeros incautos, que los hacía aflojarse las capas y descubrirse el cuello justo antes de que la primera helada los golpeara como una bofetada.
El convoy del príncipe heredero Federico avanzaba por el Camino Real como una serpiente de acero y seda. Doce carruajes en formación perfecta, el más grande en el centro: un coloso de madera de ébano con molduras doradas que reflejaban la luz otoñal como ascuas. A cada flanco, treinta jinetes de la Guardia Imperial cabalgaban con las lanzas erguidas, los estandartes de la casa real ondeando perezosamente en la brisa. Sesenta soldados de élite. Armaduras bruñidas. Caballos de guerra entrenados para no retroceder ante el fuego.
Una muralla de hierro alrededor de un príncipe.
Dentro del carruaje principal, Federico leía.
No era lo que uno esperaría de un heredero al trono de veintiún años camino a una cacería real. Mientras sus cortesanos más jóvenes habrían estado bebiendo, apostando al juego de dados o comentando los atributos de la última doncella que cruzara su campo visual, Federico revisaba un informe sobre los rendimientos agrícolas de las provincias del norte. Tres legajos. Tinta fresca. Cifras que habrían dormido a cualquier otro noble en medio párrafo.
Sus dedos —largos, pálidos, con la elegancia relajada de quien nunca ha necesitado empuñar una espada para demostrar su poder— pasaban las páginas con un ritmo constante, metódico. Ojos oscuros que absorbían datos como la tierra seca absorbe la lluvia. De vez en cuando, hacía una anotación al margen con una caligrafía impecable: una corrección, una pregunta, un cálculo rápido.
Federico no era el príncipe que el imperio quería.
El imperio quería un guerrero. Un jinete que liderara cargas de caballería, que bebiera con los generales, que conquistara territorios y ampliara fronteras. Lo que el imperio tenía era un erudito. Un joven que leía más de lo que hablaba, que calculaba más de lo que peleaba, y cuyo silencio en los banquetes ponía nerviosos a los nobles más viejos.
«El príncipe piensa demasiado», murmuraban los cortesanos.
Como si pensar fuera un defecto.
Lo que no decían —porque nadie se atrevía a decirlo en voz alta— era que el príncipe pensante los aterraba más que cualquier guerrero. Un príncipe que empuñaba una espada era predecible. Un príncipe que empuñaba una pluma y un libro de cuentas podía descubrir dónde estaban enterrados los cadáveres de cada familia noble del imperio.
Federico pasó otra página. El carruaje se mecía suavemente sobre el camino empedrado. A través de la ventanilla con cortinas de terciopelo granate, el bosque de arces comenzaba a espesarse a ambos lados del camino, las copas encendidas en tonos de fuego: rojo, anaranjado, oro viejo. Hermoso.
No levantó la vista.
Faltaban tres horas para el pabellón de caza.
* * *
A ochenta leguas de distancia, Serena Bridge estaba destrozando el jardín con sus pasos.
No literalmente, aunque poco le faltaba. Llevaba casi una hora caminando de un extremo a otro del patio de lavanda, ida y vuelta, ida y vuelta, con las manos cruzadas sobre el pecho y los nudillos blancos de tanto apretarse los propios brazos. Sus zapatillas de tela habían trazado un sendero visible en la grava fina, como la huella de un animal enjaulado.
Bianca, sentada en el banco de piedra junto a la fuente seca, la observaba con la boca ligeramente abierta y una taza de té intacta olvidada en las manos.
Nunca había visto a su señora así.
Serena Bridge era muchas cosas. Impredecible, a veces. Atrevida, frecuentemente. Silenciosa como un gato cuando maquinaba algo, casi siempre. Pero nerviosa, ansiosa, con el rostro pálido y los labios apretados como si masticara un secreto que le quemaba la lengua... nunca.
—Señora —se atrevió Bianca, con la cautela de quien mete la mano en una jaula sin saber si dentro hay un conejo o un lobo—. ¿Puedo hacer algo por usted?
Serena se detuvo en seco. Miró a Bianca como si acabara de recordar que existía.
—¿Qué hora es?
—Pasado el mediodía, señora.
Serena cerró los ojos. Sus pestañas temblaron.
El mediodía. El sol en su punto más alto, inclinándose ya hacia el oeste. Y en algún lugar del Camino Real del norte, el convoy del príncipe heredero avanzaba tranquilamente hacia el Bosque de los Arces, sin saber que la muerte lo esperaba entre las hojas rojas.
Ella lo sabía.
Lo sabía porque ya lo había vivido.
En su vida anterior, la noticia había llegado a la capital al anochecer como un trueno: el príncipe heredero emboscado en el Bosque de los Arces. Treinta asesinos vestidos de negro. Saetas de ballesta lloviendo desde ambos flancos. El príncipe herido de gravedad —una hoja le había atravesado el hombro izquierdo a centímetros del corazón, y otro corte profundo le cruzaba la espalda desde el omóplato hasta la cadera.
Sobrevivió. Apenas.
Pero el Federico que salió de ese bosque no fue el mismo que entró.
La herida del cuerpo sanó en tres meses. La herida del alma no sanó jamás. El príncipe erudito, el joven que leía informes y hacía anotaciones al margen con caligrafía precisa, se convirtió en un hombre paranoico, desconfiado, rodeado de guardias y espías, que veía conspiraciones en cada sombra y traición en cada sonrisa. La corte se convirtió en un campo de batalla silencioso. Purgas. Arrestos sin juicio. Familias nobles destruidas por acusaciones sin pruebas.
Dos años de investigación y nunca se encontró al responsable. El caso quedó enterrado bajo capas de mentiras, falsos culpables y callejones sin salida. Y el príncipe, cada día más amargo, cada día más cruel, se fue transformando en exactamente el tipo de gobernante que el imperio no necesitaba.
Todo comenzaba hoy.
Todo comenzaba ahora.
Serena abrió los ojos y su mirada tenía la dureza del pedernal.
«Puedo cambiarlo. Tengo que cambiarlo.»
Pero ¿cómo? No podía presentarse ante la Guardia Imperial y decir: «Soy una marquesa repudiada que sabe del futuro porque ya viví esta vida una vez, y les informo que van a emboscar a su príncipe en un bosque a ochenta leguas de aquí, sí, confíen en mí, no estoy loca en absoluto.»
La encerrarían antes de que terminara la primera frase.
No podía ir a la corte. No tenía acceso al príncipe. No tenía contactos en la Guardia Imperial. No tenía un solo aliado con el poder suficiente para movilizar fuerzas militares en una hora.
Excepto uno.
El pensamiento la golpeó como un puñetazo de agua fría. Sus pies se detuvieron. Su corazón dio un vuelco tan violento que casi le dolió.
Alejandro Durán.
El Duque de Hielo tenía guardias de sombra desplegados en medio imperio. Tenía jinetes de élite que podían cubrir la distancia al Bosque de los Arces en tiempo récord si salían ahora, en este instante. Tenía la autoridad militar para intervenir sin necesidad de una orden imperial.
Y confiaba en ella.
Bueno, «confiar» era una palabra generosa. Alejandro Durán no confiaba en nadie. Pero la escuchaba. La observaba. La tomaba en serio de una manera que ningún otro noble del imperio hacía.
Tendría que ser suficiente.
—Bianca —la voz de Serena cambió. Desapareció la ansiedad, desapareció el temblor. Lo que quedó fue acero templado, frío y afilado como la hoja de un bisturí—. Necesito papel, tinta y un sobre sin sello. Ahora.
Bianca no preguntó. Doce meses al servicio de Serena le habían enseñado a reconocer ese tono. Era el tono que precedía a las jugadas maestras, a los movimientos que cambiaban tableros enteros. Se levantó de un salto y desapareció dentro de la casa.
Regresó en menos de tres minutos con los materiales.
Serena se sentó en el banco de piedra, alisó el papel sobre sus rodillas, y tomó la pluma de ganso. Entonces se detuvo. Miró su propia mano derecha: fina, femenina, con la caligrafía elegante y ligeramente inclinada que cualquier experto grafólogo podría identificar como escritura de mujer noble.
No servía.
Cambió la pluma a la mano izquierda. Apretó los dedos con torpeza deliberada, como si la escritura le costara. Y comenzó a trazar letras gruesas, angulosas, con una presión irregular que imitaba la mano de un soldado o un mercader. La clase de letra que cualquier hombre medianamente educado podría haber escrito.
El convoy del príncipe heredero será emboscado en el Bosque de los Arces del Camino Real del Norte. Treinta asesinos, armados con ballestas y hojas cortas. Ataque inminente. Horas, no días. Actúe de inmediato.
Sin firma. Sin sello. Sin marca identificable.
Dobló el papel, lo introdujo en el sobre y lo selló con cera común, sin emblema. Lo sostuvo frente a ella un momento, examinándolo con ojo crítico. Parecía lo que debía parecer: una nota anónima de un informante.
—Bianca. —Le entregó el sobre—. Necesito que esto llegue a la mansión Durán. No a un sirviente, no a un secretario. A las manos del duque personalmente, o como mínimo a las de su capitán Marcus. Es urgente. Más urgente que cualquier cosa que te haya pedido antes. ¿Me entiendes?
—Sí, señora. —Bianca tomó el sobre con ambas manos. Sus ojos grandes estaban llenos de preguntas, pero las tragó todas. Se dio la vuelta y salió corriendo.
Serena la vio desaparecer por la puerta del jardín.
Luego se dejó caer contra el respaldo del banco de piedra, cerró los ojos y soltó un aliento largo, tembloroso, que le nació del fondo del estómago.
«Que llegue a tiempo. Por favor, que llegue a tiempo.»
* * *
Alejandro Durán estaba en medio de una reunión con tres comandantes de guarnición cuando la puerta se abrió.
Eso, por sí solo, era un evento extraordinario. La puerta del salón de guerra de la mansión Durán no se abría sin permiso. Los guardias que la custodiaban tenían órdenes estrictas: nadie interrumpe al duque en consejo militar, salvo amenaza de muerte o invasión inminente. Los tres comandantes se giraron con expresiones que iban de la sorpresa a la indignación.
Marcus entró con paso rápido. Llevaba un sobre en la mano.
—Su Excelencia. Perdone la interrupción. Esto no puede esperar.
Alejandro levantó una mano, silenciando a los comandantes antes de que abrieran la boca. Su mirada se fijó en Marcus. Doce años. Doce años y Marcus jamás había irrumpido en una reunión de guerra. Si lo hacía ahora, había una razón.
—Habla.
—Llegó hace tres minutos. Una doncella de la casa Flores lo entregó en la puerta principal. Insistió en que era para sus manos, señor. Urgente.
La sala se quedó en silencio.
Alejandro tomó el sobre. Sin sello, sin emblema. Papel común. Lo abrió con un movimiento limpio de su daga de cintura y desplegó la nota.
Sus ojos grises azulados recorrieron el texto en dos segundos. Su expresión no cambió. Ni un músculo, ni un parpadeo.
Pero sus pupilas se contrajeron como las de un halcón que acaba de localizar a su presa.
Leyó la nota una segunda vez. La acercó ligeramente a la nariz. Un aroma. Tenue, casi imperceptible bajo la cera y la tinta. Lavanda.
Guardó la nota en el interior de su jubón con un gesto deliberado, como quien guarda un arma cargada.
—Señores —dijo, dirigiéndose a los tres comandantes con una voz que habría congelado un río en pleno verano—. La reunión se pospone. Marcus.
—Señor.
—Guardias de sombra. Quiero tres escuadrones desplegados en el Bosque de los Arces del Camino Real del Norte. Que salgan hace cinco minutos.
Marcus no parpadeó. No cuestionó. No pidió explicación. Giró sobre sus talones y desapareció por la puerta.
Alejandro se levantó de la mesa de guerra. Su silla raspó contra la piedra del suelo con un chirrido que hizo estremecer a los tres comandantes.
—Mi caballo. Veinte jinetes de asalto. Armadura ligera, arcos compuestos, espadas largas. En la puerta en tres minutos.
No esperó respuesta. Cruzó el salón a zancadas largas, su capa negra cortando el aire detrás de él como el ala de un cuervo. En el pasillo, un escudero joven casi se estampó contra la pared para dejarlo pasar.
El Duque de Hielo en movimiento.
Dios ayudara a quien estuviera al final de ese camino.
* * *
El Bosque de los Arces era hermoso y estaba lleno de muerte.
Las copas de los árboles formaban una bóveda de fuego por encima del camino, filtrando la luz del sol en láminas doradas y rojas que caían sobre el suelo como sangre diluida en miel. El aire olía a tierra húmeda, a hojas en descomposición, a la dulzura podrida del otoño avanzado. El silencio era absoluto.
Demasiado absoluto.
El capitán de la escolta del príncipe, un veterano canoso llamado Ortega, frunció el ceño desde su caballo. Sus ojos recorrieron la línea de árboles a ambos lados del camino. Los pájaros habían dejado de cantar. No era normal. En un bosque sano, los pájaros cantaban siempre. Cuando callaban, era porque algo los había asustado.
O porque algo los había reemplazado.
Ortega abrió la boca para dar la orden de alto.
No le dio tiempo.
El primer virote de ballesta le atravesó la garganta.
Lo que siguió fue el infierno.
Desde ambos flancos del camino, desde detrás de los troncos y desde las ramas altas, llovieron saetas como una granizada de acero. El aire se llenó del silbido agudo de los proyectiles cortando el viento, seguido inmediatamente por los impactos: el golpe húmedo de las puntas de hierro penetrando carne, el crujido de las que se incrustaban en madera y cuero, el grito ahogado de los hombres que caían.
Siete guardias cayeron en los primeros tres segundos. Ocho. Uno más que intentó levantar su escudo y recibió dos virotes en el brazo que sostenía las riendas, desplomándose de su caballo con un alarido que se cortó cuando su cráneo golpeó una piedra del camino.
—¡EMBOSCADA! —rugió el subcomandante, pero la palabra fue tragada por el caos.
Los caballos relinchaban, se encabritaban, giraban en círculos enloquecidos. Los jinetes intentaban formar una línea defensiva, pero los virotes seguían cayendo y el camino era demasiado estrecho para maniobrar. Un caballo de guerra recibió tres saetas en el flanco y se desplomó como un castillo de naipes, aplastando la pierna de su jinete contra el suelo.
Entonces vinieron los hombres.
Treinta figuras vestidas de negro surgieron de la espesura como sombras que cobraban cuerpo. Máscaras oscuras que solo dejaban ver los ojos. Hojas cortas —espadas de un solo filo, diseñadas para matar en espacios cerrados— en cada mano. Se movían en silencio, coordinados, letales, sin gritos de guerra ni bravatas. Profesionales.
Asesinos de élite.
Se lanzaron contra el convoy como una manada de lobos contra un rebaño herido. Dos de ellos derribaron a un guardia imperial con una precisión quirúrgica: uno le cortó la correa del escudo, el otro le hundió la hoja en la axila, donde la armadura no protegía. El guardia cayó sin emitir un sonido.
La batalla se convirtió en una carnicería de cuerpo a cuerpo. Acero contra acero, gruñidos, el sonido líquido de la sangre salpicando hojas secas. Los guardias imperiales eran buenos —soldados de élite, seleccionados entre miles— pero los asesinos eran mejores. Más rápidos. Más precisos. Cada movimiento calibrado para matar con el mínimo esfuerzo.
Y se dirigían todos hacia un solo objetivo.
El carruaje del príncipe.
Cuatro guardias formaron un muro humano frente a la puerta dorada. Dos cayeron en diez segundos. El tercero resistió quince antes de que una hoja le encontrara el hueco entre el yelmo y el gorjal. El cuarto —un gigante con una cicatriz que le cruzaba la cara— mató a dos asesinos antes de que un tercero le cortara el tendón de la rodilla y lo dejara de rodillas en un charco de su propia sangre.
La puerta del carruaje quedó desprotegida.
Un asesino la abrió de una patada. La madera de ébano se astilló. Dentro, Federico estaba de pie, con una daga corta en la mano y los ojos oscuros fijos en su atacante. No temblaba. No suplicaba. El príncipe erudito sostenía el arma con una calma que desconcertó al asesino durante un latido.
Un latido no era suficiente.
El asesino se lanzó hacia adelante. Su hoja apuntó directamente a la garganta del heredero del imperio, un corte limpio, profesional, diseñado para abrir la arteria carótida y terminar con la línea de sucesión en un segundo.
La hoja nunca llegó.
¡CLANG!
El sonido del acero contra acero explotó dentro del carruaje como un trueno. Una espada plateada desvió la hoja asesina con una fuerza brutal que hizo saltar chispas en el aire confinado. El asesino apenas tuvo tiempo de registrar lo que ocurría antes de que una bota lo golpeara en el centro del pecho y lo lanzara fuera del carruaje como un muñeco de trapo.
Alejandro Durán aterrizó dentro del carruaje como un halcón en picada.
Había saltado desde su caballo a galope tendido, pasando por encima de tres asesinos y el techo del carruaje, entrando por la ventana lateral con una acrobacia que habría sido ridícula si no hubiera sido ejecutada con la precisión letal de una flecha. Su capa negra se arremolinó a su alrededor como alas. Sus ojos grises azulados brillaban con algo que no era furia, sino algo peor: concentración absoluta.
El asesino se levantó del suelo, escupió sangre, y cargó de nuevo.
Alejandro lo recibió fuera del carruaje. Tres movimientos. Primero: parada alta que desvió la hoja enemiga hacia la derecha. Segundo: giro de muñeca que enganchó la guardia del asesino y la arrancó de su agarre. Tercero: estocada limpia, precisa, directa al corazón.
El asesino cayó.
No se levantó.
Alejandro no se detuvo a mirarlo. Giró sobre sí mismo, su espada dibujando un arco plateado que reflejó las hojas rojas del bosque, y se lanzó contra los asesinos restantes.
Y entonces llegaron los guardias de sombra.
Surgieron del bosque como el bosque mismo cobrando vida. Veinte, treinta figuras en armadura oscura, sin estandartes, sin insignias, silenciosos como la muerte que traían. Los asesinos de negro que habían sido cazadores se convirtieron en presas en el espacio de un parpadeo.
El Bosque de los Arces se convirtió en un matadero.
Un cuarto de hora. Eso fue todo lo que tomó.
Cuando el último asesino cayó —de rodillas, con las manos vacías levantadas en señal de rendición antes de que dos guardias de sombra lo inmovilizaran contra el suelo—, el silencio regresó al bosque. Pero era un silencio diferente. Pesado. Húmedo. El silencio que queda después de que la violencia termina y la sangre aún no se ha secado.
Veintitantos cuerpos de negro esparcidos entre las hojas rojas caídas. Cinco asesinos capturados vivos, con las muñecas atadas y las cabezas forzadas contra la tierra. Diez guardias imperiales muertos, varios más heridos. El aire apestaba a hierro y a miedo.
Marcus apareció al lado de Alejandro, limpiándose una salpicadura de sangre ajena de la mejilla con el dorso de la mano.
—Perímetro asegurado, señor. Cinco prisioneros con vida. El resto está eliminado.
Alejandro no respondió de inmediato. Su mirada recorrió el campo de batalla —los cuerpos, los caballos caídos, las saetas clavadas en los troncos de los arces como dientes de un animal monstruoso— y luego se dirigió al carruaje destrozado.
La puerta colgaba de una bisagra. Dentro, el príncipe Federico se puso de pie.
Tenía un corte superficial en la mejilla izquierda, apenas una línea roja, y el dobladillo de su túnica estaba manchado de un polvo que no era suyo. Pero sus ojos estaban serenos. Oscuros. Calculadores. Los ojos de un hombre que acababa de mirar a la muerte a la cara y había tomado nota de cada detalle para un informe futuro.
Salió del carruaje con paso firme, sin ayuda, sin tambalear. Miró a su alrededor. Los guardias supervivientes se arrodillaron en el acto, con las cabezas bajas, algunos llorando de alivio.
Federico los ignoró. Su mirada encontró a Alejandro.
—Durán. —Una pausa. Un solo latido de silencio que contenía todo lo que un príncipe no puede decir en voz alta: el miedo retrospectivo, la gratitud sin nombre, la deuda impagable—. Gracias.
Alejandro hincó la rodilla derecha en la tierra ensangrentada, con la espada cruzada sobre el pecho.
—Mi deber, Su Alteza.
—No —dijo Federico, y su voz fue suave, casi gentil, pero con un filo debajo que cortaba como una navaja—. Tu deber era estar en tu mansión. Tus guardias de sombra no tenían órdenes de patrullar esta ruta. —Bajó un escalón del carruaje destrozado, y su mirada se clavó en Alejandro con la precisión de un cirujano abriendo un cuerpo—. ¿Cómo lo supiste?
Alejandro se levantó. No mintió. No habría servido de nada; Federico tenía una memoria perfecta y un instinto para la mentira que habría hecho llorar de envidia a cualquier interrogador de la guardia secreta.
—Una carta anónima, Su Alteza. Llegó a mi mansión hace menos de tres horas. Describía con precisión el lugar, el método y el momento del ataque.
El silencio que siguió fue más peligroso que la emboscada.
Federico dio dos pasos hacia adelante. Era más bajo que Alejandro por medio palmo, pero en ese momento parecía más alto que cualquier hombre del claro.
—Una carta anónima —repitió, saboreando cada palabra como si fueran piezas de un rompecabezas que ya estaba armando en su mente—. Alguien que conocía el lugar exacto, el número de atacantes, la hora precisa. —Sus ojos se estrecharon—. Eso solo lo sabe alguien que estuvo involucrado en la planificación... o alguien que posee una capacidad de obtener información que debería ser imposible.
—Estoy investigando el origen, Su Alteza.
—Investiga rápido, Durán. —Federico se giró hacia los prisioneros, que yacían boca abajo en la tierra—. Porque quien escribió esa carta me salvó la vida, y eso significa que le debo un favor imperial. Pero también significa que sabe cosas que nadie debería saber. Y eso me preocupa casi tanto como las saetas que llovieron hace un cuarto de hora.
Alejandro inclinó la cabeza.
No dijo nada.
Pero en el interior de su jubón, contra su pecho, el papel doblado con aroma a lavanda le quemaba como una brasa.
* * *
La luna de otoño era una moneda de plata partida por la mitad.
Colgaba sobre el jardín de rosas de la mansión Flores derramando una luz fría y azulada que convertía los pétalos marchitos en fantasmas de sí mismos. El perfume nocturno era denso: lavanda, romero silvestre, el último aliento de las rosas antes de que el invierno las matara.
Serena estaba sentada en el banco de piedra, envuelta en un chal de lana oscuro, con las manos cruzadas sobre el regazo. Esperando. Porque sabía que vendría.
No supo cómo lo supo. Quizás porque en su vida anterior había aprendido que Alejandro Durán nunca dejaba un cabo suelto. Quizás porque el olor a lavanda era un error que solo alguien con la nariz de un sabueso entrenado detectaría, y ese hombre tenía sentidos que no eran enteramente humanos.
Lo oyó antes de verlo. El crujido casi inaudible de una bota sobre grava. Un sonido que habría pasado desapercibido para cualquiera que no estuviera escuchando con cada fibra de su ser.
Alejandro Durán apareció entre las sombras del jardín como si las sombras lo hubieran parido. Vestía de negro, sin armadura, solo el jubón oscuro y la capa que se fundía con la noche. La espada a la cadera. La luz de la luna le plateaba el perfil, convirtiendo sus facciones severas en algo que parecía tallado en mármol frío.
Se detuvo a tres pasos de ella. La miró.
—Esa carta anónima —dijo. No fue una pregunta. Fue una sentencia—. Fuiste tú.
El corazón de Serena dio un salto tan violento que creyó que él lo escucharía. Pero su rostro permaneció inmóvil. Tranquilo. Una máscara de porcelana bañada en luz de luna.
—¿Qué te hace pensar eso?
—El papel tenía un aroma a lavanda. —Dio un paso más hacia ella. Dos pasos de distancia. La luz le iluminó los ojos: grises, azulados, con la intensidad concentrada de una llama que arde hacia adentro—. Tu patio está lleno de lavanda. El aroma se impregna en todo: la ropa, el papel, la piel.
Serena maldijo internamente con una elocuencia que habría escandalizado a toda la nobleza de la capital. La lavanda. Había disfrazado la letra, había usado papel sin marca, había sellado con cera común. Y olvidó la maldita lavanda.
Un error de principiante. Un error imperdonable.
—Muchas casas nobles cultivan lavanda —respondió, con una voz que sonó razonablemente tranquila considerando que por dentro estaba gritando.
—Sí. —Alejandro no se movió, pero de alguna manera pareció acercarse. Era algo en sus ojos, en la manera en que se estrechaban, como si pudiera ver a través de ella—. Pero no muchas casas nobles reciben visitas de una doncella que entrega sobres urgentes en la puerta de mi mansión el mismo día que el príncipe heredero es emboscado en el lugar exacto que esa carta describía.
Silencio.
El viento nocturno agitó las rosas secas del jardín. Un pétalo cayó al suelo como una gota de sangre oscura.
—¿Cómo lo supiste? —Su voz bajó medio tono. No era amenazante. Era peor que eso. Era genuinamente curiosa. Alejandro Durán, el hombre que nunca preguntaba porque siempre ya sabía, estaba haciendo una pregunta real—. No fue una suposición. El lugar, la cantidad de atacantes, la hora. Era información precisa, detallada, con certeza absoluta. Eso no se adivina. Eso se sabe.
Serena tragó saliva. Su mente trabajaba a una velocidad febril, descartando explicaciones, construyendo y demoliendo coartadas en fracciones de segundo.
No podía decirle la verdad. La verdad era un abismo del que no había retorno. «Viví esta vida antes. Morí y regresé. Vi cómo este atentado destrozaba al príncipe y al imperio, y decidí cambiarlo.» Las palabras eran tan absurdas que ni siquiera ella las creería si las escuchara de otra boca.
El silencio se extendió. Cinco latidos. Diez. El jardín contenía la respiración.
—...Llegó a mis oídos cierta información —dijo finalmente. Su voz fue cuidadosa, medida, como una persona cruzando un río congelado pisando solo donde sabe que el hielo aguantará—. No puedo revelar la fuente. No me es posible decir más.
Alejandro la estudió.
Fue un escrutinio largo, silencioso, implacable. Sus ojos recorrieron su rostro como quien lee un mapa buscando rutas ocultas. Serena sostuvo la mirada. No parpadeó. No se movió. Por dentro, su corazón latía tan fuerte que sentía el pulso en las yemas de los dedos, en las sienes, en la base de la garganta.
Él sabía que mentía. Ella sabía que él sabía. Y ambos sabían que el otro lo sabía.
Pero Alejandro Durán no presionó.
Algo cambió en su mirada. No se suavizó —ese hombre no se suavizaba, como el hierro no se suaviza— sino que se desplazó, como la luz del sol moviéndose sobre la superficie de un lago. El escrutinio se transformó en algo más complejo. Algo que Serena no supo nombrar, pero que le erizó el vello de los brazos bajo el chal.
—Sea cual sea la razón —dijo, y su voz fue baja, casi íntima en la oscuridad del jardín—, hoy salvaste la vida del príncipe heredero. El imperio tiene una deuda contigo que no conoce, y yo tengo una deuda contigo que no olvidaré.
Serena no respondió. No confiaba en su propia voz.
Alejandro dio un paso atrás. La sombra reclamó la mitad de su rostro. Comenzó a girarse, y su capa se movió con un susurro que sonaba a despedida.
Se detuvo.
Sin volverse del todo, giró la cabeza lo suficiente para que ella viera el perfil afilado recortado contra la luna.
—Si alguna vez llega a tus oídos información como esta de nuevo... —Una pausa. Un silencio que pesaba como plomo—. Dímelo a mí.
No esperó respuesta. Se fundió con las sombras del jardín y desapareció, tan silencioso como había llegado, como si la noche se lo hubiera tragado.
Serena se quedó inmóvil en el banco de piedra.
El jardín estaba vacío. La luna seguía colgando en el cielo, indiferente. Las rosas secas se mecían en la brisa como esqueletos diminutos danzando un vals lento.
Bajó la mirada hacia sus propias manos, apoyadas sobre sus rodillas.
Estaban empapadas de sudor frío.
Las cerró en puños, apretando hasta que le dolieron los nudillos, hasta que las uñas le marcaron las palmas, hasta que el temblor que la recorría desde la base de la columna se condensó en un solo pensamiento claro y aterrador:
«Él va a seguir buscando. No va a dejar de buscar hasta que descubra la verdad.»
Y cuando la descubriera...
El viento nocturno aulló entre los arces del jardín, arrastrando consigo un remolino de hojas rojas que cayeron a los pies de Serena como gotas de sangre seca.
Levantó la vista hacia la luna partida.
Y la luna, fría y rota, le devolvió la mirada sin respuestas.
gracias
quien es Leopoldo