En la ciudad de Asque, el Comandante William rige con un puño de hierro que no conoce la misericordia. Tras años de guerra y traiciones, ha olvidado al niño que alguna vez juró proteger a una pequeña de ojos dulces. Evelyn, por su parte, ha crecido bajo la sombra de la tiranía, convirtiéndose en una mujer que arriesga su vida en los barrios bajos para salvar a los inocentes que el régimen de William castiga.
Cuando Evelyn es capturada durante una redada rebelde, William queda cautivado por su mirada desafiante. Sin reconocerla, la convierte en su prisionera personal, desatando una obsesión oscura que lo consume. Ella odia al monstruo en el que él se ha convertido; él desea doblegar la voluntad de la única mujer que no le teme. Pero entre enfrentamientos y castigos, los ecos de una promesa de infancia comienzan a surgir, revelando que el hombre más temido de Asque es el mismo que juró ser su refugio.
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capitulo 12
Los primeros acordes de un vals lento y melancólico resonaron en la abovedada estancia, interpretados por la orquesta de la Unión. Las parejas de nobles comenzaron a ocupar el centro de la pista de baile, moviéndose con una elegancia ensayada y rígida.
William no le pidió permiso a Evelyn. Tomó su mano derecha con firmeza y la condujo hacia el centro del salón de mármol, haciendo que la multitud se apartara de inmediato para abrirles espacio.
—No sé bailar el vals de la corte —susurró Evelyn entre dientes, sintiendo la presión de cientos de ojos clavados en ellos.
—Yo sí —respondió William—. Solo tienes que seguir mi ritmo y no tropezar.
Sin esperar réplica, William colocó su mano derecha en la parte baja de la espalda de ella, justo donde la seda escarlata se ceñía a su cintura. El contacto de su palma, firme y posesiva, envió un chispazo de calor a través de la tela que hizo que Evelyn sofocara un jadeo. Él la atrajo hacia sí con una decisión implacable, eliminando casi cualquier espacio entre sus cuerpos, hasta que la puntera de sus botas pulidas rozó el borde de las zapatillas de satén de ella.
Con la mano izquierda sosteniendo la mano de Evelyn en el aire, William comenzó a moverlos por la pista. Sus pasos eran amplios, fluidos y dominantes. Evelyn, a pesar de su resistencia inicial, se descubrió guiada con una precisión matemática. La fuerza del Comandante la sostenía con tanta solidez que era imposible perder el equilibrio.
Giraron bajo las arañas de cristal, la seda roja del vestido flotando alrededor de las piernas oscuras del uniforme militar de él, creando un contraste visual deslumbrante y trágico.
William se inclinó ligeramente hacia ella durante uno de los giros. Su rostro quedó a milímetros de su oreja, y el olor a sándalo, cuero y el sutil rastro de pólvora que siempre lo acompañaba envolvió los sentidos de Evelyn.
—Mira a tu alrededor —susurró William, su voz un murmullo profundo que vibró contra la piel del cuello de ella—. Observa las máscaras de oro, las sonrisas falsas, las inclinaciones respetuosas de gente que vendería a su propia madre por un título militar o un contrato de impuestos. Todos en este salón son marionetas hechas de codicia e hipocresía.
Él la hizo girar de nuevo, trayéndola de regreso contra su pecho con una firmeza que le cortó el aliento.
—Tú eres la única persona real en esta maldita estancia, Evelyn —continuó él, sus ojos azules fijos en los de ella detrás del encaje negro—. Eres la única que me mira con la verdad en los ojos, aunque esa verdad sea puro odio. Y prefiero mil veces tu desprecio sincero que la adulación podrida de toda esta corte.
Evelyn sintió que el corazón le daba un vuelco. Las palabras de William no eran la provocación de un carcelero; eran la confesión áspera de un hombre profundamente aislado en la cúspide de su propio poder. La cercanía física, el ritmo envolvente de la música y la intensidad de su mirada amenazaban con adormecer las defensas que ella tan cuidadosamente había levantado.
Pero la realidad de su gente regresó a su mente como una bofetada helada. Recordó la cicatriz de su antebrazo, recordó a los inocentes encerrados en las mazmorras del sector norte y se forzó a recordar que el hombre que la sostenía con tanta delicadeza era el mismo que firmaba las órdenes de ejecución.
"Usa el momento", se dijo a sí misma. "No te dejes engañar por la música".
Evelyn inclinó la cabeza hacia él, fingiendo entregarse al ritmo del baile, y colocó su mano libre sobre el hombro galardonado de William, rozando las charreteras de oro.
—Si de verdad valoras mi sinceridad, William... dame una prueba de que aún queda algo humano en ti —susurró ella con voz suave, dejando que un matiz de vulnerabilidad calculada tiñera sus palabras—. Dime qué vas a hacer con los prisioneros políticos del sector cuatro. Sé que los trasladaste esta mañana. Sé que Martha y los muchachos de la imprenta están entre ellos.
William no detuvo el paso del vals, pero la inclinación de su cabeza cambió. Sus ojos azules se estrecharon sutilmenteDetrás de la frialdad de su mirada, una sombra de decepción cruzó su rostro con la rapidez de un relámpago.
—¿Estás usando el baile para hacer espionaje, Evelyn? —pregunto él, su tono bajando una octava, volviéndose peligroso.
—Estoy intentando salvar vidas —replicó ella, sosteniendo su mirada sin pestañear—. Dijiste que soy lo único real aquí. Si es verdad, dime dónde están. Prometo que no intentaré escapar si los liberas.
William soltó una risa seca, un sonido amargo que se perdió entre las notas de los violines. La calidez sutil que había comenzado a florecer entre ambos se congeló de inmediato.
—Qué ingenua eres al creer que puedes manipularme con una sonrisa y un par de palabras dulces —dijo él.
En un movimiento brusco que rompió la fluidez del baile, William la apretó contra su cuerpo con una fuerza dominadora, su mano en la cintura de ella hundiéndose en los pliegues de la seda hasta sentir la estructura de sus costillas. La pegó a su torso con tanta firmeza que Evelyn sintió el latido pesado y rápido del corazón del Comandante contra su propio pecho.
Le sujetó la mano derecha con un agarre de hierro, obligándola a mirarlo desde una distancia tan corta que sus alientos se mezclaron.
—Olvidas dónde estás y quién soy —susurró William en su oído, su voz convirtiéndose en un filo de acero que le recorrió la columna—. Pensaste que defenderte de ese conde o traerte a esta pista significaba que habías ganado terreno. Pero te equivocas. Sigues siendo mi prisionera, Evelyn. Tus amigos del sector cuatro enfrentarán el juicio que la ley de la Unión determine, y tú no tienes ningún poder para cambiarlo.
Él la hizo dar un último giro, seco y definitivo, justo cuando la orquesta tocaba la última nota del vals. La música cesó, y el salón estalló en aplausos educados por parte de los nobles que los observaban.
William no rompió el contacto de inmediato. Se quedó de pie en medio de la pista, sosteniéndola pegada a él frente a toda la corte de Asque, demostrando públicamente que ella estaba bajo su absoluto dominio. Su mano en su espalda era una marca territorial tan clara como la seda escarlata que la vestía.
—Nunca vuelvas a intentar usarme —le advirtió él en un susurro final antes de soltarla suavemente—. Porque la próxima vez, me aseguraré de que entiendas exactamente qué precio se paga por desafiar al Comandante.
Le ofreció su brazo de nuevo con una elegancia impecable, la máscara del tirano perfectamente ajustada sobre su rostro. Evelyn, respirando con dificultad y con el pulso acelerado por la mezcla de rabia y la humillante electricidad que ese contacto aún dejaba en su piel, colocó sus dedos sobre la manga negra de su uniforme.
El vals de los enemigos había terminado, pero la batalla entre el odio y la atracción acababa de alcanzar su punto más peligroso.