Sinopsis:
A los trece años, Bianca D’Amico conoció el verdadero significado de la crueldad. El chico que era su protector y su norte, Andrew Ballesteros, la rechazó públicamente con palabras letales que destrozaron su autoestima, llamándola gorda e inmadura, antes de huir al extranjero. Andrew no solo la dejó atrás; la fragmentó en varios pedazos.
Seis años después, el heredero del imperio Ballesteros regresa a Nueva York. Convertido en un implacable y frío tiburón de los negocios, Andrew carga con las culpas de un oscuro secreto familiar y una obsesión fija en la mente: recuperar a su dulce y sumisa Bianca. Él asume, con la arrogancia corporativa de su apellido, que encontrará a la misma niña inocente que dejó en el pasillo de la mansión, lista para ser moldeada y reclamar su lugar en su vida.
Qué maldito error. La realidad lo golpea con una fuerza devastadora.
La niña indefensa murió la noche en que él la rompió.
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Capítulo 4: Fuego contra concreto
La noche en los muelles de Brooklyn no perdonaba a los novatos. El viento arrastraba el olor a salitre y a caucho quemado, mientras los dos hombres de seguridad que Andrew había enviado, vigilaban desde el interior de una camioneta negra con los vidrios ahumados. Tenían cámaras de alta resolución y órdenes estrictas: reportar cada movimiento de la pelinegra de ojos azules.
Lo que no sabían ellos, era que en el bajo mundo, las sombras jugaban a favor de los locales.
De la nada, un golpe seco agrietó el parabrisas delantero. Antes de que el conductor pudiera reaccionar, la puerta del copiloto fue arrancada de un tirón. La figura imponente de Jonathan Mills se recortó contra las luces de neón del taller. Con el cabello rapado, sus ojos cafés inyectados en furia, metió medio cuerpo en el vehículo y tomó al copiloto por la corbata, arrastrándolo hacia el asfalto húmedo.
—¿Quién los manda, cabrones? —rugió Jonathan, plantando una bota pesada sobre el pecho del hombre caído, mientras el conductor salía con las manos en alto, temblando al ver que tres motociclistas armados rodeaban la camioneta.
—¡Es... es el señor Ballesteros! ¡Solo cumplimos órdenes! —chilló el de seguridad, sintiendo el peso del concreto en las costillas.
Jonathan soltó una carcajada gélida y peligrosa. Sacó un soplete de mecánico del bolsillo de su chaqueta y lo encendió, dejando que la llama azul pasara a escasos centímetros del rostro del hombre.
—Díganle a su jefe, que en Brooklyn las cámaras se pagan con sangre. Si vuelvo a ver una sola de sus corbatas por aquí, los voy a mandar de regreso a Manhattan en bolsas de basura. Muévanse.
Los hombres no esperaron una segunda advertencia. Subieron a la camioneta y aceleraron a fondo, dejando una estela de neumáticos quemados. Jonathan apagó el soplete, se pasó una mano por el cabello rapado y regresó al taller con una sonrisa ladina.
Dentro del taller, Bianca terminaba de ajustar la cadena de su motocicleta. Su cuerpo definido se movía con una destreza que contrastaba con la delicadeza que se esperaba de una estudiante de alta cocina. Al ver entrar a Jonathan, levantó la mirada. Esos ojos azules que antes desbordaban ternura, ahora eran un mar de hielo.
—¿Se fueron? —preguntó Bianca con voz seria.
—Corriendo como gallinas —respondió Jonathan, apoyándose en la mesa de herramientas—. Ese primo tuyo es sordo, enana. Cree que porque tiene el apellido Ballesteros puede adueñarse de las calles. Está jugando al estratega con las personas equivocadas.
Bianca limpió sus manos manchadas de grasa con un trapo. El recuerdo de Andrew la quemaba por dentro, pero ya no con dolor, sino con una sed insaciable de justicia.
—Andrew siempre fue un maldito soberbio —susurró ella, caminando hacia Jonathan—. Él piensa que sigo siendo la niña gorda e indefensa que dejó llorando. Piensa que me tiene tomada por el cuello porque estudié cocina y cumplo con el papel de la hija buena de Sara y Dominic durante el día. No tiene idea de que esta es mi verdadera vida.
Jonathan dio un paso al frente, recortando la distancia. Había una tensión palpable entre ellos, esa mezcla indescifrable de amigos con beneficios y una hermandad infinita nacida del día en que Bianca le salvó la vida en Queens. Él la tomó suavemente de la barbilla, obligándola a mirarlo a sus ojos cafés.
—No importa lo que ese infeliz intente, Bianca. Nosotros nos salvamos mutuamente. Mi lealtad es tuya hasta el maldito infierno, y si ese tipo de traje impecable quiere guerra, le vamos a dar una que sus millones no puedan detener.
Bianca asintió, sintiendo el calor de la complicidad absoluta. Con Jonathan no había secretos oscuros; él conocía cada cicatriz de su alma.
A la mañana siguiente. Oficinas de la Corporación Ballesteros.
El informe de Harrison fue un balde de agua fría para Andrew. Al ver las fotografías de sus hombres golpeados y la advertencia de Jonathan, los celos explosivos dinamitaron cualquier rastro de paciencia corporativa.
Se levantó del sillón de cuero, con los ojos verdes encendidos de rabia, tirando al suelo los papeles de la licitación del puerto. Su cabello castaño estaba desordenado y la mandíbula se le tensaba al punto de doler.
—¿Un mecánico de Queens me está amenazando en mi propia ciudad? —Andrew golpeó el escritorio con el puño—. ¡¿Quién se cree que es?! ¡Bianca es mía! ¡Ella me pertenece, su lugar es a mi lado!
—Señor, el tal Jonathan Mills es peligroso. El bajo mundo lo respeta y la señorita Bianca parece tener una devoción absoluta hacia él. Si usted interviene a la fuerza, ella lo va a odiar más —advirtió Harrison con cautela.
Andrew se acomodó el saco del traje de sastre con manos temblorosas por la furia. Su mente estaba desquiciada. No soportaba la duda: ¿eran amantes? ¿Jonathan la tocaba por las noches mientras él se moría de culpa en Europa por los pecados de Tiffany Olsen? ¿O Bianca solo se entregaba a ese mundo delictivo para desafiar su autoridad?
—No me importa su maldita devoción —siseó Andrew, con una sonrisa gélida llena de una obsesión peligrosa—. Si Bianca quiere jugar en el bajo mundo con ese delincuente rapado, yo mismo voy a bajar a buscarla. Prepárame el auto para esta noche, Harrison. Voy a ir personalmente a Brooklyn. Es hora de romper la perfecta estructura que mi primita cree haber construido.
Andrew estaba dispuesto a todo por recuperar su lugar en el corazón de Bianca, sin saber que al cruzar el puente hacia Brooklyn, se estrellaría de frente.