Valentina Serrano creció creyendo que su familia era la de los Córdova — un hogar lleno de amor, risas y abrazos. A los veintidós años descubre que fue abandonada al nacer por los Serrano, una de las familias más poderosas de Puerto Almería, que la enviaron lejos para criar a otra niña en su lugar.
Obligada a regresar a la ciudad que la rechazó, Valentina se encuentra con una madre que no la reconoce, un padre que solo ve peones, y una "hermana" que la odia con cada fibra de su ser. Lo único que le pertenece es un cuarto diminuto, húmedo y oscuro al final de un pasillo.
Pero Valentina no es una víctima. Es una genio de la tecnología, una mente brillante que no necesita el apellido de nadie para brillar. Lo que no esperaba era cruzarse con Sebastián Montero.
Sebastián es el CEO del Grupo Cenit, el hombre más poderoso — y más frío — de Puerto Almería. Nadie se atreve a mirarlo a los ojos. Nadie, excepto ella.
Lo que Valentina no sabe es que Sebastián lleva cuatro años obsesionado con ella. La vio una vez, sola, con un pastelito en la mano mientras todos celebraban a otra persona, y desde entonces no ha podido sacarla de su cabeza.
Ahora que el destino los volvió a unir, Sebastián hará lo que sea para protegerla: reservar todos los locales de la ciudad para arruinar a sus enemigos, orquestar la caída de dinastías enteras, cocinarle la cena cada noche con un delantal rosa — y pelear con su propio perro por un lugar en la cama.
Porque Sebastián Montero, el hombre que hace temblar imperios con una mirada, se convierte en un desastre celoso y adorable cuando se trata de ella.
Pero los enemigos de Valentina no se rendirán fácilmente. Entre conspiraciones familiares, traiciones mortales y secretos que podrían destruirlo todo, Valentina y Sebastián tendrán que luchar juntos — no solo por su amor, sino por sus vidas.
Una historia de amor, venganza y redención donde el CEO más temido del país descubre que la única persona capaz de derretir su corazón de hielo es la mujer que no necesita que nadie la salve.
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Capítulo 17
Capítulo 17: El archivo envenenado
Aquello apenas empezaba a arder.
A las siete dieciocho de la mañana siguiente, el fuego ya tenía forma de correo electrónico.
Valentina lo vio en la pantalla de su laptop, sentada en la mesa pequeña de su habitación, con el cabello recogido a medias y una taza de café instantáneo que se había enfriado sin que ella la probara. El mensaje venía de la oficina de cumplimiento del Grupo Cenit.
`Señorita Serrano, antes de avanzar con la documentación del piloto, necesitamos aclarar una observación recibida de manera externa sobre la titularidad de Aura.`
Debajo, adjuntaban un archivo.
`Aura_presentacion_SerranoCapital.pdf`
Valentina no lo abrió de inmediato. Primero miró la puerta cerrada de su cuarto.
Anoche, después de la discusión, había subido con su carpeta, había revisado sus respaldos y había dejado la laptop apagada dentro de la mochila. También había puesto una silla contra la puerta. No por miedo. Por costumbre aprendida en esa casa.
La silla seguía ahí.
Pero sobre el escritorio faltaba una cosa: la memoria negra donde guardaba versiones antiguas de Aura, no por uso, sino por archivo.
Valentina respiró despacio.
El correo no era una acusación directa. Eso lo hacía más peligroso. Era la clase de duda que no gritaba, pero obligaba a detener un contrato.
Abrió el PDF. La primera página tenía su diseño, su esquema, sus gráficos. Pero arriba, en una esquina, alguien había colocado el logotipo de Serrano Capital y una línea falsa:
`Proyecto preparado bajo dirección estratégica de Camila Serrano.`
Valentina sintió un golpe seco en el estómago.
No lloró. No tembló. Solo cerró el archivo, levantó el teléfono y llamó a Mateo.
Él contestó al tercer tono, con voz ronca.
—¿Pasó algo?
—Necesito saber si alguien entró a mi cuarto anoche.
Hubo un silencio.
—Valentina...
—Mateo.
Esa forma de decir su nombre bastó.
Él exhaló.
—Vi a Camila subir después de que te metiste al baño. Dijo que iba a dejarte un té porque estabas alterada. Yo... no pensé que fuera a tocar tus cosas.
Valentina cerró los ojos un segundo. Cuando los abrió, la pantalla seguía ahí, insultante.
—¿La viste salir con algo?
—No. Pero traía una bolsa de tela. Valentina, si hizo algo, yo puedo hablar con papá.
—No.
—Déjame ayudar.
La palabra ayudar le raspó por dentro. Ayer se la había dicho a Sebastián de otra manera. Hoy se la decía Mateo como quien quería compensar años en una sola llamada.
—Si quieres ayudar, no hables por mí. Escribe lo que viste. Hora aproximada, lugar, qué dijo Camila. Mándamelo por mensaje.
Mateo tardó un segundo.
—Está bien.
—Y no la confrontes todavía.
—¿Por qué?
Valentina descargó la versión adjunta y abrió el historial de metadatos.
—Porque si muerde, quiero ver los dientes.
La reunión virtual con cumplimiento fue convocada para las diez. Valentina se conectó desde una sala de trabajo rentada por hora, a tres calles de la residencia Serrano. No pensaba defender su proyecto desde esa habitación húmeda ni permitir que el apellido Serrano saliera en el fondo de pantalla.
En la llamada estaban una directora legal, un analista de seguridad, Diego Herrera y Sebastián Montero.
Sebastián no habló al entrar. Su recuadro mostraba una oficina de luz fría, una camisa impecable y una expresión capaz de congelar un pasillo completo. Diego, en cambio, levantó una mano.
—Buenos días. Hoy el café viene sin veneno, espero.
La directora legal lo miró con paciencia cansada.
—Señor Herrera.
—Perdón. Tensión corporativa. Continúe.
Valentina agradeció en silencio esa tontería. Le aflojó un poco los dedos.
La directora legal abrió la carpeta.
—Señorita Serrano, recibimos un documento que sugiere que Aura podría haber sido desarrollado con recursos de Serrano Capital o bajo dirección de un tercero. Antes de avanzar, necesitamos su aclaración formal.
Sebastián seguía callado.
Valentina lo notó. También notó que no interrumpía para salvarla. Solo miraba, fijo, como si el espacio completo estuviera blindado para que nadie la atropellara.
—Claro —dijo ella—. Primero, ese PDF no salió de mi equipo en esa forma. Segundo, Aura no pertenece a Serrano Capital ni fue dirigido por Camila Serrano. Tercero, puedo probarlo.
Compartió pantalla.
No empezó con indignación. Empezó con fechas.
Mostró el repositorio privado de versiones, las marcas de tiempo, las notas de desarrollo hechas desde San Martín meses antes de volver a Puerto Almería. Mostró correos enviados a Emiliano con prototipos iniciales. Mostró el registro de cambios donde el logotipo falso aparecía únicamente en el PDF adjunto, no en las fuentes originales.
El analista se inclinó hacia la cámara.
—¿Puede abrir las propiedades del archivo recibido?
Valentina ya las tenía listas.
—Fue exportado anoche a las 23:46. Software de edición externo. Autor del documento: equipo-sala-serrano.
Diego silbó bajito.
—Qué nombre tan discreto. Casi poético.
La directora legal no sonrió, pero anotó algo.
—¿Tiene constancia de acceso indebido a sus archivos?
Valentina abrió el mensaje de Mateo. Le había enviado un texto escueto, sin adornos, con hora, lugar y la frase exacta de Camila sobre el té.
—Tengo un testigo de ingreso no autorizado a mi habitación. Además, falta una memoria física con versiones antiguas. Presentaré denuncia si el archivo aparece usado de nuevo.
La palabra denuncia hizo que el analista levantara la vista. En esa casa, Camila podía convertir cualquier cosa en drama familiar. Fuera de esa casa, el robo de información ya no era teatro.
Sebastián habló por primera vez.
—Licenciada Rivas, active el protocolo de trazabilidad externa. Ninguna observación anónima detendrá el piloto si la autora acredita titularidad.
La directora legal asintió.
—Así será.
Valentina miró a Sebastián por la cámara.
—Gracias por esperar.
Él entendió lo que ella decía de verdad.
—Usted tenía las pruebas.
—No siempre alcanza.
La frase salió antes de que pudiera pulirla. Por un segundo, la sala virtual perdió su forma de reunión y se volvió demasiado personal.
Valentina bajó la mirada al teclado.
—Estoy cansada de probar que no robé algo antes de que me dejen trabajar.
Diego dejó de hacer gestos. La directora legal miró a otro lado con una discreción inesperada.
Sebastián no suavizó la voz para los demás. La bajó apenas, como si cada palabra tuviera que llegar limpia.
—Entonces que esta sea la última vez dentro de Grupo Cenit. Aura parte de una premisa simple: quien firma el trabajo responde por él. Y quien intente adjudicárselo responderá también.
Valentina tragó saliva.
—Eso suena a amenaza.
—Es cumplimiento normativo —dijo Sebastián.
Diego se tapó la boca para no reír.
La directora legal carraspeó.
—Con las pruebas presentadas, recomiendo continuar el proceso. Dejaremos constancia de la denuncia interna por interferencia externa y solicitaremos que toda comunicación sobre Aura se realice únicamente con la señorita Serrano.
—Aprobado —dijo Sebastián.
La reunión terminó quince minutos después con una nueva lista de documentos y una fecha para revisión técnica.
Valentina cerró la laptop y se quedó sola en la sala rentada. Afuera, alguien vendía tamales en la esquina y el vapor subía contra la ventana. La normalidad de la calle le apretó el pecho más que la acusación.
El celular vibró.
`Sebastián Montero: No eres ladrona.`
Valentina sostuvo el teléfono con ambas manos.
Otro mensaje llegó.
`Sebastián Montero: Eres la dueña.`
El borde de sus ojos ardió, pero no lloró. Se limpió la comisura de la boca con el pulgar, como si ahí pudiera esconder el temblor.
Respondió:
`Lo sé.`
Tardó un poco y agregó:
`Pero gracias por decirlo.`
En la residencia Serrano, a esa misma hora, Camila recibió una llamada breve. Escuchó, apretó la memoria negra entre los dedos y miró la pantalla donde el nombre de Sebastián Montero aparecía en una nota de prensa vieja.
—Si no puedo llegar a él por la puerta —murmuró—, entonces haré que ella salga por vergüenza.