Valentina Solís carga una herida que nadie ve.
Huérfana a los doce, maltratada por quienes debían protegerla y rescatada por una familia poderosa, aprendió muy pronto que el mundo no regala segundas oportunidades. Solo un chico —Tomás, un pintor de dieciocho años con los ojos más tristes que había visto— le enseñó que existía algo llamado amor. Pero Tomás murió, y con él murió la única parte de Valentina que sabía sentir.
Hasta que conoció a Adrián Montiel.
Adrián es frío, controlador y obscenamente rico. Dirige un imperio con la misma precisión con la que domina cada centímetro del espacio entre ellos. Valentina se convirtió en su amante secreta —sin nombre, sin promesas, sin futuro. Tres años viviendo en las sombras de un hombre que se parece demasiado al fantasma que ella no puede soltar.
Porque Valentina tiene un secreto: Adrián no es el hombre que ella ama. Es solo la sombra del que perdió.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando la verdad estalla, Adrián descubre que durante tres años fue el sustituto de un muerto. Su orgullo se quiebra. Su mundo se incendia. Y en medio del fuego, sale a la luz otro secreto aún más devastador: Adrián tampoco es quien cree ser. Él también fue comprado, elegido y moldeado para reemplazar a alguien que ya no existe.
Dos sustitutos. Dos máscaras. Y entre los escombros, la pregunta que ninguno de los dos puede responder: ¿queda algo real debajo de todo lo que fingieron ser?
De las calles de San Martín a un pueblo costero donde el mar lava las mentiras, esta es una historia de posesión y libertad, de hombres que destruyen lo que aman y de una mujer que debe decidir si quiere seguir viviendo —y por quién.
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Capítulo 24
Capítulo 24: Nochebuena en la hacienda
Valentina escondió el retrato de Tomás detrás del armario de su departamento y pasó tres noches sin dormir de corrido.
Luego llegó Nochebuena.
Doña Carmen llamó a las diez de la mañana, con esa voz suave que no aceptaba negativas.
—Mija, no quiero oír excusas. Esta noche vienes a cenar.
Valentina miró el armario cerrado.
—No estoy de humor para fiestas.
—Nadie en esta familia está de humor para nada y aun así cenamos juntos cada año. Es tradición.
—Esa no es la defensa que cree.
—Lo sé. Ven igual.
Así que fue.
La Hacienda Carrasco en Nochebuena parecía una postal pensada por alguien que nunca había vivido dentro de ella. Guirnaldas en los barandales, velas blancas, papel picado dorado, un nacimiento discreto bajo el arco principal y una mesa larga cubierta de copas, romeritos, bacalao, pavo, ensalada de manzana y ponche caliente.
Doña Carmen recibió a Valentina con un abrazo demasiado largo.
—Estás helada.
—Hace frío.
—En San Martín nunca hace tanto frío.
Valentina no discutió.
Mateo apareció detrás de su madre con una taza de ponche.
—Si huyes antes del brindis, avísame. Quizá me voy contigo.
Doña Carmen lo golpeó suavemente en el brazo.
—Mateo.
—¿Qué? Estoy ofreciendo apoyo familiar.
Valentina tomó la taza.
—Eso fue casi amable.
—No te acostumbres.
La normalidad pequeña de Mateo le dolió más de lo esperado. Desde el video de la subasta, él había dejado de atacarla por deporte. No era ternura. No todavía. Era una tregua torpe, llena de chistes malos y mensajes que parecían enviados por accidente.
Luciana bajó la escalera con un vestido rojo oscuro.
—Val —cantó—. Pensé que ibas a pasar Navidad con tus artistas.
Doña Carmen tensó la boca.
—Luciana.
—¿Qué? Pregunté por su trabajo.
Valentina sostuvo la taza de ponche con ambas manos.
—Mis artistas también descansan.
—Qué considerados.
Luciana sonrió como si supiera dónde estaba escondido cada cuchillo de la casa.
Sebastián llegó tarde.
Eso no pasaba nunca.
Entró cuando Don Rafael ya estaba sentado en la cabecera y Diego discutía con Mateo sobre qué villancico era menos insoportable. Sebastián saludó a su madre con un beso en la frente, a su padre con una inclinación de cabeza y a Valentina con una mirada que no tocó su boca, pero recordó demasiado.
—Feliz Nochebuena —dijo.
—Feliz Nochebuena —respondió ella.
Fue lo único que se dijeron durante la cena.
La conversación en la mesa se sostuvo con esfuerzo: negocios que nadie explicaba por completo, chismes de familias conocidas, una anécdota de Doña Carmen sobre una posada donde Don Rafael se cayó intentando romper una piñata. Mateo rió. Diego también. Luciana fingió aburrimiento. Sebastián bebió poco y observó demasiado.
Después del plato fuerte, Doña Carmen repartió pequeños regalos envueltos en papel dorado. A Diego le dio una pluma cara. A Mateo, unos gemelos que él prometió perder antes de Año Nuevo. A Luciana, una pulsera de perlas que ella besó con ternura excesiva.
Valentina recibió una cajita blanca.
Dentro había un dije pequeño, una isla de oro con una piedra roja en el centro.
—La vi y pensé en tu libro —dijo Doña Carmen.
El tenedor de Luciana se detuvo.
Valentina cerró la caja con cuidado.
—Gracias. Es muy bonito.
—¿Tu libro? —preguntó Don Rafael, distraído.
Doña Carmen sonrió.
—Las cosas que escribe para sí misma. Siempre ha escrito.
Luciana bajó la mirada a su copa para esconder una sonrisa.
Sebastián no sonrió.
Mateo miró a Valentina, como si acabara de descubrir otra habitación en una casa que creía conocer.
El celular de Valentina vibró bajo la servilleta.
Adrián: "Feliz Navidad."
Dos palabras. Sin reproche. Sin pregunta. Sin llave.
Valentina no contestó. No porque no quisiera, sino porque cualquier respuesta habría abierto una conversación que no podía tener sentada entre los Carrasco, con Tomás escondido detrás de su armario y su nombre todavía sin pronunciar en esa mesa.
Luciana inclinó la cabeza.
—¿Un mensaje importante?
—No.
—Qué pena.
Sebastián, desde el otro lado de la mesa, no miró el teléfono. Miró la mano de Valentina cerrándose sobre la servilleta. Eso fue peor. Con Adrián, los celos ardían hacia afuera. Con Sebastián, se archivaban.
—Si necesitas contestar, puedes hacerlo —dijo él.
—No necesito.
—Mejor —murmuró Luciana—. La familia primero, ¿no?
Doña Carmen fingió no oír.
Ese también era un talento antiguo de La Hacienda, perfectamente cultivado siempre.
Valentina intentó comer.
Cada vez que el tenedor tocaba el plato, pensaba en tres fechas.
12 de septiembre.
13 de septiembre.
17 de diciembre.
—¿Te sientes mal? —preguntó Mateo en voz baja.
Valentina parpadeó.
—No.
—Otra vez el escudo familiar.
Ella lo miró.
Mateo bajó la voz aún más.
—En serio. Si quieres salir a respirar, yo distraigo a Luciana.
—¿Y cómo harías eso?
—Le digo que su vestido parece cortina de funeral.
Valentina casi sonrió.
—Te mataría.
—Pero moriría útil.
La risa se le quedó en la garganta, pequeña, oxidada.
Sebastián la vio desde el otro lado de la mesa.
Por supuesto que la vio.
A las once y media, Doña Carmen insistió en que todos pasaran al salón para el brindis familiar antes de la medianoche. Los empleados encendieron velas nuevas. Afuera, el jardín estaba oscuro y quieto. A lo lejos, de alguna iglesia del barrio alto, empezó a sonar un coro.
Don Rafael levantó la copa.
—Por la familia.
—Por la familia —repitieron todos.
Valentina apenas movió los labios.
Luciana se acercó a ella con una copa de sidra.
—Brindar por la familia siempre te sale raro.
—A ti te sale demasiado bien.
Luciana rió bajito.
—Porque yo sí sé fingir con alegría.
Sebastián apareció detrás de ellas.
—Luciana, ve con Diego.
—Siempre arruinas lo divertido.
—Ahora.
Luciana obedeció, pero antes de irse rozó los dedos contra el brazo de Valentina.
—Feliz Navidad, autora.
Valentina no reaccionó.
Sebastián esperó a que Luciana se alejara.
—No la provoques.
Valentina lo miró.
—¿Ese consejo era para ella o para mí?
—Para quien escuche primero.
—Entonces nadie.
Sus ojos bajaron un instante a la mano de ella, donde la copa temblaba apenas.
—Encontraste algo —dijo.
Valentina se quedó quieta.
—No sé de qué hablas.
—Desde la proyección no parecías así. Asustada, sí. Culpable, también. Esto es distinto.
—No me estudies.
—No puedo evitarlo.
—Sí puedes. No quieres.
Antes de que él respondiera, las campanas comenzaron a sonar.
Medianoche.
Doña Carmen juntó las manos, emocionada. Mateo abrazó a Diego con demasiada fuerza para molestarlo. Don Rafael besó la frente de Luciana, quien puso cara de niña buena durante exactamente dos segundos.
Sebastián levantó su copa.
—Quiero proponer otro brindis.
El salón se aquietó.
Valentina sintió que el cuerpo le avisaba antes que la mente.
—Por las becas artísticas del próximo año —dijo Sebastián—. Ya tenemos el primer nombre para el programa de Villa de los Pintores.
Doña Carmen sonrió, confundida.
—¿Ah, sí?
Sebastián no miró a su madre.
Miró a Valentina.
—Tomás Herrera.
La copa se le quedó inmóvil en la mano.
La sangre abandonó el rostro de Valentina tan rápido que Mateo dejó de sonreír.
Luciana abrió los ojos con un brillo delicioso.
Sebastián sostuvo la copa en alto, sereno, impecable.
—Por Tomás Herrera —repitió—. Un artista que, según parece, todavía tiene mucho que decir.