En una noche de tormenta, Valentina Reyes da a luz a una niña marcada por una luna creciente en la piel. Pero al despertar de un sueño premonitorio, descubre lo imposible: la bebé en sus brazos no es su hija.
Débil, sangrando y rodeada de enemigas, Valentina no grita. Observa, espera y recupera a su verdadera hija antes de que nadie pueda detenerla.
Años después, mientras protege a Sofía y construye desde cero su marca Flor de Luna, las mujeres que intentaron arrebatarle a su hija regresan con mentiras, envidia y una verdad capaz de destruirlo todo. Pero Valentina ya no es la joven indefensa de aquella noche.
Porque una madre puede callar durante años.
Pero cuando llega la hora de la justicia, ni la sangre, ni el poder, ni la luna mienten.
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Capítulo 16
Capítulo 16
Taller Estrella
Santiago pisó el carrete de hilo a las dos de la mañana.
El carrete rodó bajo su pie, Santiago se fue de lado, se estrelló contra la mesa del comedor —que ya no era mesa del comedor sino estación de corte— y se pegó en la espinilla con la pata de la máquina de coser.
—¡Me lleva...! —gritó, agarrándose la pierna.
Sofía se despertó llorando. Emiliano preguntó medio dormido si se había metido un ladrón. Doña Carmen encendió la lámpara de la sala en un segundo.
—¡Válgame Dios! ¿Estás bien, mijo?
Santiago estaba de pie en medio de la sala, en calzones y camiseta, rodeado de rollos de tela, carretes desperdigados y bolsas de cierres. La espinilla le palpitaba. La dignidad le dolía más.
—Estoy bien, mamá.
No estaba bien.
Valentina apareció con Sofía en brazos.
—Santiago, perdón, iba a recoger antes de dormir pero se me fue el tiempo con el vestido de la señora Méndez y...
—Mi vida —Santiago la interrumpió—, es la tercera vez esta semana. Anteayer fue una tijera. Ayer un metro de costurera. Hoy un carrete. A este paso, mañana voy a amanecer enrollado en tul.
Mateo se asomó desde su cuarto con el cabello parado.
—¡Papá envuelto en tul! ¡Como un regalo gigante!
—Vete a dormir, Mateo —dijeron los dos al mismo tiempo.
. . .
Esa noche, mientras recogía los carretes del piso, Valentina dejó de ignorar lo que ya sabía.
*Esto ya no funciona aquí.*
La sala era un campo minado de telas. La mesa del comedor había desaparecido bajo patrones de papel. El ruido de la máquina hacía que Sofía llorara y que Doña Carmen subiera la radio hasta que los vecinos golpeaban el techo con la escoba.
Santiago cenaba de pie en la cocina porque ya no había dónde sentarse.
*Necesito un espacio aparte.*
. . .
Lupita llegó una mañana con dos cafés de olla y una sonrisa que significaba noticias.
—Comadre, ¿te acuerdas del taller mecánico de Calle Girasoles? ¿El de Don Tacho, el que se fue a Querétaro?
—Más o menos.
—Lleva vacío cuatro meses. El dueño es Don Lázaro, el de la tiendita. Nadie quiere un taller mecánico usado que huele a grasa. —Lupita sorbió su café—. Lo está dando en mil doscientos pesos al mes.
Valentina casi se atragantó.
—¿Mil doscientos?
—Mil doscientos. Es chiquito, pero le caben cuatro máquinas y una mesa de corte. Tiene un bañito y una ventanita que da a la calle. Y está a seis cuadras de aquí.
Valentina se quedó callada. Mil doscientos pesos. Era poco para un local. Pero era un gasto fijo. Cada mes, sin falta, ese dinero tenía que salir de algún lado.
—Ya te pusiste a calcular —dijo Lupita—. Vamos a verlo. A lo mejor está horrible y se te quita la tentación.
. . .
No estaba horrible.
Estaba sucio. Manchas de aceite en el cemento, telarañas, un calendario viejo con una mujer en bikini que Lupita arrancó con gesto de asco.
Pero las paredes eran sólidas. El techo no goteaba. El espacio era rectangular, sin columnas, con buena luz.
Valentina giró lentamente.
*Cuatro máquinas aquí. Mesa grande allá. Un rincón para los rollos. Otro para los vestidos terminados.*
El corazón le latía fuerte.
. . .
Esa noche se lo contó a Santiago. Él la escuchó sin interrumpir, sentado en la orilla de la cama.
Cuando terminó, Santiago se quedó callado un momento.
—La renta son mil doscientos —dijo—. Más luz, ponle trescientos. Más agua, cien. Estamos hablando de unos dos mil al mes, mínimo.
—Lo sé.
—Y si un mes no vendes lo suficiente, ese dinero sale de los ahorros.
—Lo sé.
Santiago se frotó la cara con las manos.
—Hazlo —dijo—. Ya dejó de ser un hobby, Valentina. Es un negocio de verdad.
Valentina se sentó junto a él y le apretó la mano.
—Pero vamos a necesitar un plan —dijo Santiago—. Un presupuesto. Nada de aventarnos a lo loco.
—Ya tengo el presupuesto —dijo Valentina, sacando un cuaderno de debajo de la almohada. Llevaba tres días anotando números.
Santiago se rio y la abrazó.
—Pos claro que ya lo tienes.
Marco, cuando se enteró, no lo pensó dos veces.
—Te pago la mitad de la renta los primeros tres meses —dijo por teléfono—. Ni se te ocurra decir que no. Los negocios necesitan oxígeno al principio. Después me pagas con éxito.
. . .
Una mañana de junio de 2009, Valentina firmó el contrato con Don Lázaro —un señor bajito de bigote ralo que olía a jabón Zote— y se convirtió en arrendataria de un local comercial.
La renovación fue asunto de familia.
Santiago pintó las paredes de blanco los fines de semana. Cuando terminó tenía más pintura en el pelo que en la pared, pero las paredes se veían como nuevas.
Doña Carmen llegó con cubeta, cepillo y dos litros de cloro.
—¡Válgame, cómo dejó esto Don Tacho! —exclamó al ver las manchas—. Pos esto no lo limpio ni la Virgen del Carmen con agua bendita. Pero yo no soy la Virgen, soy la Carmen, y esta Carmen tiene cloro.
Se arrodilló y talló cada mancha. Para las tres de la tarde, el cemento había pasado de negro aceite a gris limpio.
Lupita hizo unas cortinas de algodón con flores amarillas. Tela de La Lagunilla a precio de oferta.
Emiliano organizó las telas con la seriedad de un archivista. Valentina le explicó el sistema una sola vez —por tipo, luego por color, cada rollo con etiqueta— y lo ejecutó perfecto.
—Mamá, esta tela dice "popelina" pero se siente como "manta" —dijo, frunciendo el ceño.
—Tienes razón, mi amor. El proveedor se equivocó.
Emiliano corrigió la etiqueta con plumón negro. Sofía, sentada en su sillita en un rincón, observaba todo con esos ojos enormes.
Y Mateo.
Mateo intentó ayudar a pintar y dejó una huella de mano en la pared. Intentó barrer y levantó una nube de polvo que hizo estornudar a Doña Carmen siete veces. Intentó organizar botones y los mezcló todos en una sola bolsa.
Entonces se escapó al fondo del taller mientras los demás trabajaban.
Agarró un pedazo de gis azul del piso. Se paró frente a la pared del fondo. Y dibujó una estrella de cinco puntas.
No era perfecta. Tenía un pico más largo que los otros y una punta se curvaba hacia la izquierda. Pero era una estrella.
*Si una estrella puede hacer que un vestido sea más bonito*, pensó Mateo, *una estrella puede hacer que un taller sea más bonito también.*
. . .
Valentina la descubrió el domingo por la tarde. Se quedó parada mirándola.
—¿Quién dibujó esto?
Mateo levantó la mano.
—Fui yo, mamá. ¿Te acuerdas de la estrella del vestido de la quinceañera? Pos ahora el taller tiene su propia estrella. Para que le dé suerte.
Valentina miró a su hijo. Miró la estrella.
—Taller Estrella —dijo, en voz baja.
—¿Qué? —preguntó Santiago.
—Así se va a llamar. Taller Estrella.
Mateo dio un salto.
—¡Yo lo nombré! ¡Yo lo nombré! —gritó, corriendo en círculos con los brazos abiertos—. ¡Emiliano, el taller se llama como mi estrella! ¡YO LO NOMBRÉ!
Emiliano levantó la vista.
—Qué bueno, Mateo. Ahora deja de correr que vas a tirar las telas que acabo de acomodar.
. . .
Santiago mandó hacer el letrero en la imprenta de la esquina. Letras azul cobalto sobre fondo blanco, con una estrella al lado. Abajo, en letras más pequeñas: "Confección y diseño".
Valentina lo colgó junto al portón un martes por la mañana. Cuando bajó de la silla y dio un paso atrás, se le nublaron los ojos.
*Taller Estrella. Confección y diseño.*
*Es real. Es mío. Es nuestro.*
. . .
Las dos nuevas empleadas llegaron la misma semana.
Doña Marta Villanueva tenía cincuenta y cuatro años y veintitrés de costurera en una fábrica de Iztapalapa. La fábrica cerró. No pudo competir con la ropa importada. Vivía tres casas abajo del taller.
—Mire, señora Valentina —le dijo con voz firme—, yo sé que usted busca gente joven. Pero lo que sé hacer, lo hago bien. Deme una oportunidad.
Valentina le puso enfrente un patrón complejo. Blusa con pinzas francesas y cuello mandarín. Doña Marta lo cortó en cuatro minutos. Líneas limpias. Medidas exactas.
—Empieza el lunes —dijo Valentina.
Yolanda Paredes tenía veinticinco años, una niña de tres y ojeras permanentes. Su costura era básica pero tenía ganas. Muchas ganas.
Valentina le mostró cómo hacer una costura francesa. Yolanda la repitió al tercer intento con las manos temblando de concentración.
—No soy la mejor, señora Valentina. Pero aprendo rápido y no le tengo miedo al trabajo.
—Aquí nadie nació sabiendo. Bienvenida.
. . .
El primer día de operación fue un jueves de julio.
Valentina llegó a las siete. Abrió el portón. Revisó las cuatro máquinas: dos Singer suyas, una Juki usada, y una Brother que Marco le regaló de inauguración. Puso agua para el café.
Doña Marta llegó a las siete y media con un tupperware de galletas de nuez. Yolanda llegó cinco minutos después. Lupita llegó a las ocho con pan dulce y el cuaderno de pedidos.
A las ocho y cuarto, las cuatro máquinas estaban encendidas.
Valentina se quedó parada en la puerta. Doña Marta cortaba organza. Yolanda seguía una costura recta con la lengua asomada entre los labios. Lupita hablaba por teléfono con una clienta.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
*Hace un año estaba temblando de frío en el tianguis vendiendo blusas a ciento veinte pesos.*
Se limpió los ojos y entró al taller.
—Bueno, esas quinceañeras no se van a coser solas. Doña Marta, ¿cómo va el corte del vestido rosa?
—Listo en veinte minutos. Nada más me falta el forro de la falda.
—Perfecto. Yolanda, cuando termines esa costura, te voy a enseñar el dobladillo invisible.
—Sí, señora Valentina.
—Lupita, ¿la señora de las blusas ya confirmó los colores?
—Quiere los mismos de la última vez: rosa viejo, azul pavo y verde nopal.
—Perfecto. Manos a la obra.
. . .
El primer lote salió tres semanas después. Diez vestidos de quinceañera en tonos pastel con bordados de flores y estrellas. Veinte blusas originales. Una serie de blusas tradicionales con corte moderno.
Doña Rosario fue la primera en recoger su pedido.
—Ay, Valentina, cada vez te superas más. Esto no lo encuentras ni en Liverpool.
Regresó tres días después con dos vecinas. Las vecinas regresaron con sus comadres. Las comadres con sus hermanas.
. . .
La noche de la celebración, Doña Carmen llegó al taller con dos ollas enormes: arroz rojo y mole de olla. Lupita trajo coca cola familiar. Doña Marta trajo galletas y un pastel de tres leches comprado con su primer quincena completa. Yolanda trajo a su hija de tres años, que se puso a jugar con Sofía en el rincón de las telas.
Cubrieron la mesa de corte con un mantel de plástico. Alrededor se sentaron todos: Valentina y Santiago, Doña Carmen presidiendo la cabecera, Lupita y Doña Marta, Yolanda con su hija en las piernas, los gemelos en sillas prestadas y Sofía en su sillita alta, batiendo el arroz con las manos.
Santiago se puso de pie con su vaso de coca cola.
—Quiero hacer un brindis. Por Valentina, que hace un año no tenía más que una máquina de coser y un montón de ganas. Por Taller Estrella, que va a llegar lejos.
—¡Salud! —gritó Lupita.
—¡Salud! —repitió Doña Carmen, persignándose de paso.
—¡Salud! —dijeron Doña Marta y Yolanda.
Mateo se paró en su silla. Santiago le lanzó una mirada. Mateo lo ignoró. Levantó su vaso de jugo de mango con las dos manos.
—¡Y por mi estrella! —gritó—. ¡La estrella del taller la dibujé yo! ¡Se llama así por mí! ¡POR MI ESTRELLA!
Todos se rieron. Emiliano lo jaló de la camiseta para que se bajara. Doña Carmen dijo "¡Válgame, este niño!" y se persignó otra vez.
Santiago miró a Valentina por encima de las cabezas de sus hijos. En esa mirada había orgullo. Sin adornos, sin reservas.
Valentina levantó su vaso y bebió.
. . .
La celebración terminó pasadas las nueve. Santiago cargó las ollas vacías. Lupita se despidió con un abrazo: "Mañana tempranito aquí estoy, comadre." Doña Marta se fue con su tupperware vacío y una sonrisa. Yolanda cargó a su hija dormida y le dijo a Valentina "gracias, señora" con la voz quebrada.
Emiliano se llevó a Mateo de la mano. Se había quedado dormido sobre un rollo de manta. Santiago volvió por Sofía, que dormía con la cara manchada de arroz.
El taller se quedó en silencio.
Valentina recogió los últimos vasos. Dobló el mantel. Barrió las migajas.
Se paró en medio del taller, sola.
El portón estaba entreabierto. Por la rendija entraba una franja de luz de luna que cruzaba el piso de cemento. Valentina caminó hasta el apagador y miró hacia atrás.
Ahí estaba. La estrella de Mateo. Gis azul sobre pared blanca, con su pico chueco y su línea curva. Apenas visible en la penumbra. Pero ahí.
Valentina sonrió.
Apagó la luz, salió al fresco de la noche y cerró la puerta de Taller Estrella con llave.
La cerradura hizo clic.
* * *