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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 4

Capítulo 4: La amiga de mi abuela

La tarjeta negra sobrevivió cuatro días dentro de la funda del celular.

Valentina no la usó. Tampoco la tiró otra vez. Cada mañana, al tomar el teléfono, sentía el borde rígido contra los dedos y recordaba la voz de Sebastián Montero diciendo: "Por si necesitas algo". Entonces bloqueaba la pantalla con más fuerza de la necesaria y se iba a la universidad como si una tarjeta no pudiera pesar tanto.

El domingo, Abuela Carmen acabó con su estrategia de hacerse la ocupada.

—Mija, hoy no acepto excusas. Vienes a comer conmigo.

Valentina sostuvo el celular entre el hombro y la oreja mientras revisaba exámenes en la mesa.

—Abue, tengo trabajos por calificar.

—Los trabajos no se enfrían. El mole sí.

—Eso es chantaje culinario.

—Y funciona. Además, va a venir una amiga mía. Hace años que no la veo.

Valentina dejó el bolígrafo.

—¿Una amiga de Villa Esperanza?

—De antes. De cuando yo todavía podía subirme a un camión sin que me dolieran las rodillas. Se llama Lucía. Es un pan de Dios, aunque de joven era tremenda.

—Si tú dices que alguien era tremenda, me preocupa.

Abuela Carmen soltó una risa satisfecha.

—A la una, Vale. Y ponte algo bonito. No como para misa, pero tampoco como para lavar trastes.

La llamada terminó antes de que Valentina pudiera protestar.

A las doce cincuenta y ocho, subió las escaleras del edificio antiguo donde vivía su abuela con una bolsa de pan dulce en una mano y un nudo raro en el estómago. El departamento de Carmen olía a mole, arroz rojo y café de olla. Sobre la mesa había platos buenos, servilletas de tela y un florero con bugambilias que seguramente había cortado de la vecina sin permiso.

—Llegaste tarde —dijo Abuela Carmen desde la cocina.

—Llegué dos minutos antes.

—Eso es tarde si una tiene hambre.

Valentina dejó la bolsa y fue a besarle la mejilla. Carmen estaba más delgada que el mes anterior, pero tenía el mismo brillo terco en los ojos. Ese brillo había sacado a Valentina del internado a los nueve años y la había criado a punta de caldo, regaños y amor sin alardes.

—¿Te ayudo?

—Sí. No estorbes.

—Qué honor.

El timbre sonó.

Abuela Carmen se secó las manos en el mandil con una emoción que Valentina no le veía seguido.

—Abre tú, mija. Debe ser Lucía.

Valentina abrió.

En el pasillo había una mujer mayor, elegante sin esfuerzo, con el cabello blanco recogido en un chongo bajo y un collar de perlas discretas. A su lado, un hombre de traje sostenía una caja de madera con ambas manos.

—Buenas tardes —dijo la mujer—. ¿Tú debes ser Valentina?

La voz era suave, pero los ojos examinaban como si nada se les escapara.

—Sí. Mucho gusto.

—Lucía Vega de Montero.

Valentina sintió que la sonrisa se le quedó atorada.

Montero.

El hombre de traje dio un paso al frente.

—Doña Lucía trajo café de La Hacienda.

—Pásele, por favor —logró decir Valentina.

Abuela Carmen salió de la cocina con una cuchara en la mano.

—¡Lucía!

—¡Carmen, criatura!

Se abrazaron como si no hubieran pasado décadas sino una semana. Valentina se quedó junto a la puerta, tratando de acomodar en su cabeza la idea de que la amiga "tremenda" de su abuela pertenecía a la misma familia cuyo apellido llevaba cuatro días escondido en su celular.

—Mírala nada más —dijo Doña Lucía, tomando la cara de Carmen entre las manos—. Sigues igual de mandona.

—Y tú sigues igual de fina para llegar con chofer.

—No es chofer. Es paciencia pagada.

El hombre bajó la mirada para ocultar una sonrisa.

Valentina casi se relajó.

Casi.

La comida empezó con recuerdos. Carmen y Doña Lucía habían coincidido en un programa de alfabetización en pueblos de la sierra, cuando las dos tenían poco más de veinte años. Una enseñaba a leer a adultos con periódicos viejos; la otra llevaba medicinas, libros y una energía que, según Carmen, podía derribar una puerta.

—Tu abuela le gritó a un presidente municipal —contó Doña Lucía, feliz—. Le dijo que si no mandaba pupitres, ella iba a sentar a los niños en su despacho.

—Y funcionó —dijo Carmen.

Valentina miró a su abuela con orgullo.

—Nunca me contaste eso.

—Hay cosas que una hace y luego olvida.

—Tú no olvidas nada —replicó Doña Lucía—. Solo lo guardas para cuando te conviene.

El ambiente era cálido. Familiar. Peligrosamente cómodo.

Hasta que Doña Lucía miró su reloj.

—Mi nieto viene por mí. Le dije que comiera algo antes de llevarme a casa.

La cuchara de Valentina chocó contra el plato.

Carmen la miró.

—¿Qué tienes?

—Nada. Me quemé.

—Pero si el mole ya está tibio.

El timbre sonó.

Valentina no se movió.

Doña Lucía sonrió, ajena al desastre interno que acababa de provocar.

—Debe ser Sebastián.

El nombre cayó sobre la mesa como un vaso rompiéndose.

Abuela Carmen se levantó con lentitud, pero Valentina reaccionó antes.

—Yo abro.

Cada paso hacia la puerta le pareció ridículo. Tal vez había cientos de Sebastianes en San Valero. Tal vez la familia Montero era enorme. Tal vez el universo no podía ser tan maleducado.

Abrió.

Sebastián Montero estaba en el pasillo con una caja de flores blancas y una expresión perfectamente tranquila.

Por supuesto que el universo podía.

—Profesora Solís —dijo él.

Valentina apretó la manija.

—Señor Montero.

La mirada de él bajó un instante a su mano, luego volvió a su rostro.

—Mi abuela me pidió pasar por ella.

—Está comiendo.

—Eso veo.

Ninguno se movió.

Desde la mesa, Doña Lucía alzó la voz.

—¡Sebastián, no te quedes en la puerta como cobrador! Entra.

Valentina dio un paso atrás porque no tenía otra opción digna. Sebastián entró sin rozarla, pero el espacio del departamento cambió de tamaño con él adentro. Carmen lo recibió con una sonrisa curiosa.

—Tú debes ser el nieto del que Lucía presume sin admitir que presume.

Sebastián inclinó la cabeza.

—Sebastián Montero, señora Carmen. Es un gusto conocerla.

—Nada de señora. Si eres nieto de Lucía, puedes decirme Doña Carmen.

—Doña Carmen —corrigió él, sin perder el ritmo.

Doña Lucía le señaló una silla.

—Siéntate. Valentina hizo el arroz.

—Abuela, yo solo lo apagué.

—Entonces lo salvaste. Cuenta.

Sebastián se sentó frente a Valentina.

No la miró demasiado. Ese fue el problema. La miraba lo justo, con una cortesía impecable que cualquiera habría leído como educación. Solo Valentina veía el filo privado debajo.

—¿Ya se conocían? —preguntó Carmen, sirviéndole mole.

Valentina abrió la boca.

Sebastián respondió antes, sereno:

—La profesora Solís participó en un evento de la universidad. Su interpretación fue excelente.

Doña Lucía se iluminó.

—¿Ves, Carmen? Te dije que tu nieta tenía cara de lista.

—No tiene cara, tiene cerebro —dijo Carmen—. Y carácter, aunque a veces se me achica.

—Abue.

Sebastián bajó la vista al plato, pero Valentina alcanzó a ver el mínimo movimiento en su boca.

¿Se estaba riendo?

Qué descaro.

La comida siguió. Sebastián habló poco, respondió lo necesario y escuchó más de lo que cualquier hombre con su cargo tendría paciencia para escuchar. Le sirvió agua a Doña Lucía antes de que ella la pidiera. Le acercó la sal a Carmen. Cuando el teléfono de Valentina vibró sobre la mesa, no miró la pantalla.

Eso la molestó.

También la tranquilizó.

Al final, Doña Lucía dejó la servilleta junto al plato y tomó la mano de Carmen.

—Ahora que ya te encontré, no pienso soltarte. El próximo domingo vienen a La Hacienda.

Valentina levantó la cabeza.

—Doña Lucía, no queremos incomodar.

—No incomodan. La casa es grande y la familia hace demasiado ruido; dos mujeres inteligentes nos vendrían bien para equilibrar.

—Mi abuela se cansa.

—Tu abuela acaba de repetir mole.

Carmen carraspeó.

—La señora tiene un punto.

—Abue.

Doña Lucía apretó la mano de Valentina con una autoridad dulce.

—El próximo domingo, mija. Sebastián puede pasar por ustedes.

Valentina miró a Sebastián.

Él, impecable, sostuvo su mirada como si no hubiera una tarjeta negra escondida en la funda de su celular.

—Será un placer —dijo.

Y Valentina entendió que, por más que intentara salir de la vida de ese hombre, las abuelas acababan de abrirle la puerta principal.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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