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Fuera De Juego Y Negocios

Fuera De Juego Y Negocios

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Romance / CEO
Popularitas:231
Nilai: 5
nombre de autor: Esme libros

Elena solo quería salvar su carrera con un prototipo de cáñamo, pero Aksel Larsson está acostumbrado a ganar cada partido que juega, y esta vez, su objetivo es ella. Una historia corporativa de cocción lenta, ambición y secretos a voces donde las reglas del juego están a punto de cambiar para siempre.

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Capítulo 9

Cerré la puerta de mi departamento y apoyé la espalda contra la madera, intentando recuperar el aire que sentía atrapado en los pulmones. Había subido los escalones casi corriendo, impulsada por una energía extraña, cálida y vibrante que no recordaba haber tenido en meses. Mis manos, todavía frías por la helada brisa de la madrugada, aún guardaban la textura y la reconfortante sensación térmica de la sudadera de Aksel.

Caminé hacia la ventana y miré el espacio silencioso de mi nuevo estudio. Las cajas de la mudanza seguían apiladas en las esquinas como sombras mudas, pero por primera vez desde que firmé el contrato, el departamento no se sintió hostil ni vacío.

*«Realmente pasó»*, pensé, rozándome los lips por inercia con las yemas de los dedos mientras observaba las calles vacías. *«Realmente estuvo aquí conmigo. Me abrazó»*.

Me cambié de ropa a oscuras y me metí bajo las sábanas, pero el sueño resultó ser un terreno completamente inalcanzable. Cada vez que cerraba los ojos, la secuencia de la noche se repetía en mi mente en un bucle perfecto: sus brazos rodeándome en la banca de madera, la zancada larga de sus piernas adaptándose con delicadeza a mis pasos cortos por la banqueta, y esa última mirada azul, profunda y brillante, bajo el reflector de la entrada de mi edificio. Me dormí casi al amanecer, con el eco de su voz ronca arrullándome, repitiéndome que había hecho lo correcto al frenar un tren que iba directo al descarrilamiento.

El lunes por la mañana, regresar a la tienda fue como volver a ponerse una pesada armadura. El piso de ventas de Mega-Market Prime bullía con el murmullo de los clientes y el ajetreo de siempre. Nadie sospechaba el caos absoluto de mi vida personal, y yo prefería mantenerlo así; mi madre me había dejado un par de mensajes hostiles el domingo por la tarde reclamando el dinero perdido de los arreglos florales cancelados, por lo que silenciar el celular se convirtió en un acto de pura supervivencia.

Afortunadamente, el taller en el sótano se transformó en mi santuario definitivo. Y lo mejor de esos días fue que Aksel no se comportó en absoluto como el socio mayoritario distante e inalcanzable que solía ser. Encontró los pretextos más absurdos y transparentes para bajar al taller a lo largo de toda la semana.

Pasamos horas compartiendo la gran mesa de diseño de madera, analizando de cerca las muestras del proyecto de cáñamo industrial. Al principio, nuestras interacciones se limitaban estrictamente a los bocetos y las texturas de la tela, pero la cotidianidad y la cercanía física fueron tirando las paredes corporativas entre nosotros.

Descubrí detalles de él que jamás saldrían en las noticias de deportes: que es un hombre metódico al extremo, que detesta el café americano de la oficina porque lo considera "agua sucia" y que extraña con nostalgia el sabor del salmón fresco de su tierra natal. Él, por su parte, se sentaba en el borde de la mesa de trabajo, balanceando sus piernas interminables con total relajación mientras me observaba concentrarme en los patrones.

—Tienes una chispa muy rara cuando hablas de ingeniería, Elena —me dijo el miércoles por la tarde, mientras yo alineaba unos patrones con la regla metálica.

—Es solo que me gusta que las cosas tengan un propósito real, Aksel —le respondi, levantando la vista para sostenerle la mirada con una honestidad desarmante—. No me gusta el desperdicio. Ni en los materiales de trabajo... ni en la vida.

Él guardó silencio un segundo, asintiendo lentamente con una seriedad profunda en sus ojos azules. Entendió perfectamente el subtexto de mis palabras. Sabía que no estaba hablando del cáñamo, sino de Carlos y de la decisión de no tirar mis años a la basura.

Para el jueves por la tarde, sin embargo, el peso acumulado de la semana me pasó la factura de golpe. El cansancio físico de la mudanza y las pocas horas de sueño se me acumulaban como una losa sobre los hombros. Mi supervisor me mandó al piso principal de ventas a verificar unos códigos de inventario en la sección de ropa corporativa para damas. Caminaba entre los pasillos arrastrando un poco los pies, sintiéndome pequeña, cansada y completamente fuera de lugar con mi uniforme gris opaco entre tantos percheros llenos de color.

Estaba acomodando mecánicamente unas prendas de los estantes cuando una silueta imponente bloqueó de golpe la luz del pasillo a mi lado, envolviéndome en un aroma familiar a madera y menta.

—Ese color te favorecería muchísimo más que el uniforme gris de mi empresa, Elena.

Me sobresalté y giré la cabeza con rapidez. Aksel estaba ahí de pie, impecable con un traje casual sin corbata, luciendo ridículamente relajado.

Miré nerviosa a ambos lados del pasillo, asustada de que algún gerente anduviera cerca.

—Aksel... —susurré en un hilo de voz—. ¿Qué haces aquí? Alguien nos puede ver juntos en el piso de ventas.

—Tranquila. Mandé a los gerentes de zona a revisar una supuesta anomalía en la bodega del fondo —respondió con total naturalidad, apoyando el hombro en la estructura de madera del perchero y cruzándose de brazos—. Además, técnicamente estoy supervisando el área de textiles de mi propia tienda. Y tú te ves como si no hubieras dormido en tres días enteros.

—He tenido mucho trabajo en el sótano —me defendí, sintiendo cómo mis mejillas comenzaban a arder. Me acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja—. Y la mudanza no ha sido precisamente sencilla. El nuevo departamento aún es un caos absoluto de cajas por abrir.

La mirada de Aksel se suavizó de inmediato, perdiendo cualquier rastro de burla. Estiró su mano grande hacia el perchero que yo estaba organizando y, con una precisión que me sorprendió, sacó un conjunto de dos piezas: un top fluido de cuello alto y un pantalón de vestir de tiro alto y corte *wide leg*, todo en un tono verde oliva mate precioso. Lo sostuvo frente a mí, comparando las dimensiones.

—Necesitas un respiro, ingeniera. Y definitivamente necesitas ropa nueva para esta nueva etapa de tu vida —dijo en una voz baja, cargada de una complicidad tan íntima que me erizó la piel—. Anda, ve al probador y pruébatelo. Quiero ver si mi instinto para la moda es tan agudo como en la cancha de fútbol.

—No, Aksel, no puedo hacer eso... estoy en mis horas de trabajo...

—Consideralo una orden directa de control de calidad del socio mayoritario. Ve.

Terminé cediendo ante la divertida firmeza de su mirada. Me deslicé al interior del probador de madera, me quité el uniforme gris de la tienda y me puse el conjunto verde oliva. Al mirarme al espejo de cuerpo entero, me quedé sin palabras. La tela caía con una elegancia increíble, suave y con un movimiento hermoso; el tiro alto estilizaba mi figura y el cuello alto del top me daba un aire sofisticado y seguro. Ya no parecía la asociada abrumada y cansada del sótano; parecía una mujer fuerte, renovada, dueña de sus propias decisiones.

Al descorrer la cortina del probador, Aksel estaba esperándome afuera, apoyado contra la pared del pasillo privado con los brazos cruzados. En cuanto me vio salir, se enderezó por completo, perdiendo la postura relajada.

Sus ojos azules me recorrieron de arriba abajo con una lentitud que me aceleró el pulso de inmediato, deteniéndose en lo bien que se amoldaba el conjunto a mi cuerpo y en el drástico cambio de mi semblante.

—Te lo dije —afirmó con voz baja, dando un paso decidido hacia mí. Mantuvo una distancia perfectamente caballerosa, pero la intensidad de su mirada me quitó todo el aliento—. Te queda jodidamente increíble, Elena. Definitivamente te lo tienes que llevar; te va a favorecer mucho para este nuevo comienzo.

Me miré en el espejo del pasillo común, sintiendo una corriente cálida y reconfortante expandiéndose por mi pecho. Estar ahí con él, casi escondidos entre los percheros de ropa fina mientras el mundo corporativo seguía su curso afuera, creaba una tensión tan fuerte, magnética y real que ambos sabíamos que ya no podíamos disimularla.

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