En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.
NovelToon tiene autorización de Black_Dragon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4: El mejor de los sobrevivientes
Cinco años.
Cinco largos años habían pasado.
Cinco años de nieve.
Cinco años de entrenamiento.
Cinco años de dolor.
La mansión seguía siendo la misma.
Los muros seguían siendo fríos.
Los pasillos seguían siendo silenciosos.
Y el invierno seguía gobernando aquellas tierras malditas.
Pero yo ya no era el mismo.
Tenía siete años.
Mi cuerpo había cambiado.
Mi mente también.
Y quizás aquello era lo que más me preocupaba.
Porque ya casi no recordaba cómo era sentir miedo.
El amanecer llegó acompañado por una tormenta.
Como siempre.
Abrí los ojos antes de que sonara la campana.
Era una costumbre.
Una más de las muchas que había desarrollado con el tiempo.
Me levanté de la cama.
Observé la habitación.
Vacía.
Silenciosa.
Pequeña.
Durante años había compartido dormitorios con otros niños.
Ahora ya no.
Los instructores me habían trasladado a una habitación individual.
No porque me apreciaran.
No porque me respetaran.
Sino porque me consideraban diferente.
Superior.
Una herramienta más valiosa.
Nada más.
Me acerqué al espejo.
Ya no era el pequeño niño que observaba su reflejo buscando respuestas.
Ahora observaba algo distinto.
Cabello blanco.
Ojos grises.
Rostro serio.
Mi cuerpo estaba más desarrollado que el de otros niños de mi edad.
Los entrenamientos diarios habían endurecido mis músculos.
Mis brazos estaban marcados por antiguas cicatrices.
Mis manos mostraban callos permanentes.
Parecía mayor.
Mucho mayor.
Demasiado mayor para tener solo siete años.
Me observé durante varios segundos.
Sin expresión.
Sin emoción.
Y entonces pensé lo mismo que llevaba pensando desde hacía años.
"¿Quién eres realmente?"
Nuevamente no encontré respuesta.
De los quince niños originales ya solo quedábamos cuatro.
Cuatro.
A veces me parecía imposible.
Recordaba algunos rostros.
Algunas voces.
Algunos nombres que había escuchado accidentalmente.
Pero la mayoría se habían convertido en recuerdos borrosos.
Sombras.
Fantasmas.
Nada más.
Los otros tres supervivientes entrenaban conmigo todos los días.
Uno era más fuerte físicamente.
Otro era más rápido.
El último era extremadamente inteligente.
Pero ninguno podía igualarme cuando todas esas cualidades debían combinarse.
Por eso era el mejor.
El primero.
El favorito de los instructores.
El ejemplo que utilizaban constantemente.
—Aprendan de él.
—Observen su disciplina.
—Observen su obediencia.
—Observen su resistencia.
Escuchaba aquellas palabras todos los días.
Y no sentía absolutamente nada.
Ni orgullo.
Ni felicidad.
Ni satisfacción.
Porque ellos estaban equivocados.
Completamente equivocados.
No entrenaba para impresionarlos.
No obedecía por respeto.
No me esforzaba por disciplina.
Lo hacía por una sola razón.
El jefe.
Aquella obsesión había crecido con los años.
Al principio era curiosidad.
Después se convirtió en necesidad.
Y finalmente terminó transformándose en algo más peligroso.
Una meta.
La única meta que tenía.
Porque si me convertía en el mejor...
Si demostraba ser superior...
Si sobrevivía donde todos los demás fracasaban...
Entonces él tendría que verme.
Tendría que hablar conmigo.
Tendría que responder mis preguntas.
Era imposible que siguiera ignorándome.
¿Verdad?
Aquella mañana nos llevaron al campo de entrenamiento principal.
La nieve cubría todo el terreno.
El viento rugía violentamente.
Los árboles parecían esqueletos congelados.
Nada había cambiado.
Y sin embargo, algo se sentía diferente.
Los instructores estaban nerviosos.
Lo noté inmediatamente.
Sus movimientos eran más rígidos.
Sus órdenes más agresivas.
Sus miradas más frecuentes hacia la mansión.
Algo estaba ocurriendo.
La prueba comenzó poco después.
Una carrera de resistencia.
Veinte kilómetros a través del bosque nevado.
Sin descanso.
Sin comida.
Sin agua.
Los cuatro participantes partimos al mismo tiempo.
Los primeros kilómetros fueron sencillos.
Después llegó el verdadero desafío.
El frío.
El cansancio.
El dolor.
Los otros comenzaron a quedarse atrás.
Yo seguí avanzando.
Un paso.
Otro paso.
Otro más.
Mi respiración era estable.
Mi cuerpo se movía automáticamente.
Como una máquina.
Como una herramienta perfectamente diseñada.
A veces me preguntaba cuándo había ocurrido.
¿Cuándo había dejado de ser un niño?
¿Cuándo había aprendido a ignorar el dolor?
¿Cuándo había aprendido a vivir así?
No lo sabía.
Tal vez nunca lo sabría.
Regresé primero.
Como siempre.
Los instructores asintieron satisfechos.
Los otros llegaron varios minutos después.
Algunos apenas podían mantenerse en pie.
Yo permanecía inmóvil.
Respirando lentamente.
Esperando nuevas órdenes.
—Excelente trabajo.
Escuchar aquellas palabras resultaba extraño.
Antes me castigaban constantemente.
Ahora casi nunca ocurría.
Había aprendido todas las reglas.
Todos los movimientos.
Todas las expectativas.
Sabía exactamente qué querían.
Y se los daba.
Como una máquina perfectamente programada.
Pero por dentro...
Por dentro seguía siendo diferente.
Porque ellos pensaban que me habían convertido en su mejor soldado.
Y no podían estar más equivocados.
Aquella noche subí al tejado de la mansión.
Era algo que hacía ocasionalmente.
No estaba permitido.
Pero nadie lograba atraparme.
Desde allí podía observar el bosque.
La nieve.
Las montañas.
El mundo.
O al menos la pequeña parte del mundo que conocía.
Me senté sobre una de las cornisas.
El viento agitaba mi cabello blanco.
La luna iluminaba el paisaje.
Y por un momento todo parecía tranquilo.
Entonces escuché pasos.
Me oculté inmediatamente.
La puerta del tejado se abrió.
Dos hombres aparecieron.
Vestían trajes elegantes.
No eran guardias.
No eran instructores.
Eran diferentes.
—El señor está satisfecho con el progreso.
—Especialmente con el muchacho.
Mi corazón se aceleró.
No me moví.
No respiré.
No hice ningún ruido.
—¿El de cabello blanco?
—Sí.
—Parece que heredó más de lo esperado.
Sentí que el mundo se detenía.
¿Heredó?
¿Qué significaba eso?
Los hombres continuaron hablando.
Pero ya no pude concentrarme.
Aquella palabra resonaba dentro de mi cabeza.
Una y otra vez.
"Heredó."
"Heredó."
"Heredó."
Cuando finalmente se marcharon permanecí inmóvil durante varios minutos.
Intentando comprender.
Intentando encontrar sentido a aquello.
Pero solo conseguí formular una conclusión.
La misma conclusión que llevaba años evitando.
El jefe estaba relacionado conmigo.
Tenía que estarlo.
Aquella noche no dormí.
Nuevamente.
Miré el techo de mi habitación.
Escuchando el viento.
Pensando.
Siempre pensando.
Si realmente era mi padre...
¿Por qué nunca había hablado conmigo?
¿Por qué nunca me había llamado?
¿Por qué me había obligado a vivir así?
¿Por qué permitía que sufriera?
Las preguntas eran infinitas.
Y las respuestas inexistentes.
Sentí rabia.
Una rabia silenciosa.
Fría.
Parecida al invierno.
Porque comenzaba a comprender algo.
Algo que me aterraba.
Quizás no era que él no supiera quién era yo.
Quizás sí lo sabía.
Quizás siempre lo había sabido.
Y simplemente no le importaba.
Los días continuaron pasando.
Y mi rendimiento siguió siendo perfecto.
Cada prueba.
Cada entrenamiento.
Cada evaluación.
Siempre terminaba primero.
Siempre.
Los instructores parecían orgullosos.
Los otros niños comenzaban a verme como algo inalcanzable.
Pero ellos no entendían.
Nadie entendía.
Yo no quería ser el mejor.
Nunca había querido serlo.
No soñaba con poder.
No soñaba con reconocimiento.
No soñaba con convertirme en líder.
Solo quería respuestas.
Solo quería conocer al hombre que había destruido mi vida antes incluso de que comenzara.
Un mes después ocurrió algo inesperado.
Cuando terminamos el entrenamiento principal, uno de los instructores se acercó.
Era un hombre que llevaba años observándome.
Nunca sonreía.
Nunca elogiaba a nadie.
Jamás.
Por eso sus siguientes palabras me sorprendieron.
—Prepárate.
Lo observé.
—¿Para qué?
El hombre permaneció en silencio unos segundos.
Luego respondió.
—Pronto conocerás al jefe.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Mi corazón golpeó con fuerza contra mi pecho.
Durante años había esperado escuchar esas palabras.
Durante años.
Y ahora finalmente habían llegado.
Sin embargo...
En lugar de alegría...
Sentí miedo.
Un miedo profundo.
Desconocido.
Porque una parte de mí comprendía algo que mi mente todavía se negaba a aceptar.
A veces pasamos años persiguiendo respuestas.
Pero cuando finalmente estamos a punto de encontrarlas...
Descubrimos que nunca estuvimos preparados para escucharlas.