Me habría encantado renacer, como les ocurre a las protagonistas de esas novelas románticas que tanto me gusta leer. Despertar años atrás, evitar mis errores y no entregar mi corazón al hombre que terminaría destruyéndolo.
Pero la vida real no concede segundas oportunidades de esa forma.
Yo tuve que abrir los ojos por mí misma, enfrentar la verdad y comprender que marcharme no era perder... era salvarme.
Lucan Rivas creyó que sin él no era nadie, se equivocó. Porque no necesité volver al pasado para cambiar mi destino; solo necesité el valor de dejar atrás a quien nunca supo valorarme. Y mientras él descubría todo lo que había perdido, yo aprendía que la mejor versión de mí jamás había dependido de un esposo, sino de la mujer que siempre fui.
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Capitulo 13
A la mañana siguiente desperté con una sensación extraña. No era felicidad; todavía estaba muy lejos de sentir algo parecido. Sin embargo, tampoco era aquel vacío insoportable que me había acompañado desde la noche en que abandoné el apartamento. Quizá se debía a que, por primera vez en mucho tiempo, había conseguido hablar con alguien, que no fuera Karol, sin sentir la necesidad de fingir que estaba bien. Era una diferencia pequeña, casi imperceptible, pero suficiente para hacerme sentir que, aunque el dolor seguía allí, ya no pesaba exactamente igual.
Me levanté despacio, me puse una sudadera amplia y bajé las escaleras guiándome por el aroma del café recién hecho.
—Buenos días, dormilona.
Sonreí apenas.
Mi padre, estaba frente a la estufa preparando el desayuno. Llevaba puesto un delantal negro con la frase "El mejor chef del mundo". El único inconveniente era que él mismo había mandado a confeccionarlo.
—Ese delantal sigue siendo demasiado presumido.
Él soltó una carcajada.
—No es presumido si dice la verdad.
Negué con la cabeza mientras me acercaba a la barra de la cocina.
—¿Qué estás preparando?
—Panqueques.
Lo miré con evidente desconfianza.
—¿Tú?
Se llevó una mano al pecho fingiendo estar profundamente ofendido.
—¿Qué intentas insinuar?
—Que la última vez casi incendiaste la cocina haciendo huevos.
—Fue culpa de la sartén.
—Claro...
—Y del aceite.
—Ajá...
—Y quizá... un poquito mía.
No pude evitar reír. Era la primera carcajada completamente sincera que escapaba de mis labios en muchos días.
Papá permaneció observándome en silencio durante unos instantes. No dijo nada, pero tuve la impresión de que aquella risa lo tranquilizaba mucho más a él que a mí.
Terminamos desayunando entre bromas absurdas sobre sus inexistentes habilidades culinarias. Era extraño. Durante años había pensado que la felicidad debía manifestarse en grandes momentos, en celebraciones o acontecimientos extraordinarios. Sin embargo, empezaba a descubrir que también podía esconderse en cosas tan simples como discutir si un panqueque estaba demasiado tostado o decidir quién había preparado el café menos malo.
Cuando terminamos de comer, lo ayudé a recoger la mesa. Mi padre lavaba los platos mientras yo secaba los vasos. Siempre habíamos formado un buen equipo.
—¿Piensas volver pronto al trabajo? —preguntó con total naturalidad.
Me quedé pensativa unos segundos.
—No lo sé.
Él asintió.
—No tengas prisa.
—Lo sé.
Guardé silencio antes de continuar.
—Pero tampoco quiero pasar toda la vida escondida aquí.
Mi padre dejó un plato dentro del escurridor antes de mirarme.
—Eso tampoco va contigo.
Negué despacio, tenía razón. Nunca había sido una mujer que huyera de los problemas. Solo necesitaba un poco más de tiempo para reunir las fuerzas necesarias y volver a enfrentar el mundo.
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Los días comenzaron a adquirir una rutina inesperadamente tranquila. Leía durante horas, ayudaba a mi padre con algunos documentos de la empresa, respondía correos que llevaba demasiado tiempo posponiendo y procuraba mantener la mente ocupada. Poco a poco, el dolor dejó de sentirse como una tormenta constante y comenzó a parecerse más a una lluvia fina que aparecía de vez en cuando sin previo aviso.
Y, cuando caía la noche... Siempre volvía al columpio, ya no porque necesitara llorar, sino porque aquel rincón comenzaba a convertirse en mi refugio.
Aquella noche el aire era especialmente fresco. Había llevado conmigo una manta ligera que cubría mis piernas mientras observaba las estrellas. Permanecía completamente absorta en el cielo cuando escuché el sonido de una puerta abriéndose.
Sonreí sin necesidad de girarme.
—Buenas noches.
La voz grave respondió desde atrás.
—Buenas noches.
Levanté la vista. Eiden caminaba hacia mí con las manos dentro de los bolsillos del pantalón, era ya algo habitual en él. Llevaba una chaqueta oscura y el viento había desordenado ligeramente su cabello.
Se detuvo a pocos pasos del columpio.
—¿Interrumpo?
Negué suavemente.
—No.
Hizo una ligera inclinación de cabeza.
—Entonces empiezo a pensar que encontrarte aquí se está convirtiendo en una costumbre.
Miré nuevamente el cielo.
—Creo que sí.
Él observó el espacio libre a mi lado.
—¿Puedo?
Sonreí apenas.
—Claro.
Tomó asiento dejando, como siempre, una distancia prudente entre los dos. Permanecimos varios minutos contemplando el jardín en absoluto silencio y, curiosamente, aquel silencio nunca resultaba incómodo. Era una tranquilidad compartida, una de esas presencias que no exigen conversación para sentirse agradables.
—¿Sabes? —dije finalmente.
Él volvió apenas el rostro hacia mí.
—Antes odiaba el silencio.
—¿Por qué?
—Porque para mí siempre significaba que algo iba mal.
Una leve sonrisa apareció en sus labios.
—Ahora ya no.
Negué.
—Ahora descubrí que depende de con quién lo compartas.
Él observó el jardín antes de responder.
—Eso es cierto.
Me acomodé un poco mejor sobre el columpio.
—¿Siempre has sido tan callado?
Una pequeña sonrisa volvió a dibujarse en su rostro.
—Desde que tengo memoria.
—Debe de ser agotador para las personas que intentan sacarte conversación.
—Lo es.
Reí.
—Al menos eres consciente.
—Me lo recuerdan con bastante frecuencia.
Lo miré divertida.
—Déjame adivinar... ¿mi padre?
Él dejó escapar una risa baja.
—Tu padre está convencido de que hablo poco porque todavía no ha encontrado el proyecto adecuado para entusiasmarme.
—¿Y tiene razón?
Lo pensó unos segundos.
—A veces.
Negué sonriendo.
—Creo que ustedes dos se parecen mucho más de lo que imaginan.
Él arqueó ligeramente una ceja.
—¿En serio?
—Sí. Los dos aparentan ser muy serios, pero cuando toman confianza...—Hice una breve pausa antes de sonreír. —Hablan demasiado.
Por primera vez vi cómo su sonrisa se hacía un poco más amplia.
—Eso jamás me lo habían dicho.
—Pues será mejor que te acostumbres. Porque pienso repetírtelo muchas veces.
El columpio continuó balanceándose lentamente mientras la conversación fluía con una naturalidad que empezaba a sorprenderme. Era como si nos conociéramos desde hacía mucho más tiempo del que realmente llevábamos compartiendo aquellas noches.
Después de unos minutos fue Eiden quien volvió a hablar.
—¿Cómo estás?
Agradecí que no hiciera aquella pregunta por compromiso. Sabía que, si la formulaba, era porque realmente quería escuchar la respuesta, miré mis manos.
—Un poco mejor.
Él asintió despacio.
—Me alegra escucharlo.
Respiré profundamente.
—Aunque todavía duele.
—Lo sé.
Negué suavemente.
—No... puedes imaginarlo, pero quien tiene que aprender a vivir con esto soy yo.
Él bajó la vista unos segundos antes de responder.
—Tienes razón.
No intentó discutir, no me aseguró que el tiempo lo curaría todo, no pronunció ninguna de esas frases hechas que tantas personas utilizaban cuando no sabían qué decir.
Simplemente aceptó mi respuesta. Y, curiosamente... Eso me hizo sentir comprendida.
Después de unos minutos volvió a hablar.
—¿Puedo decirte algo?
Lo miré.
—Claro.
Su expresión seguía siendo tranquila.
—No creo que ahora necesites consejos. Tampoco personas diciéndote qué deberías hacer, ni alguien intentando convencerte de que todo estará bien.
Asentí despacio, era exactamente lo que sentía. Él continuó.
—Pero sí creo que nadie debería atravesar una etapa como esta completamente solo.
Lo observé sin decir nada y respiró profundamente antes de añadir.
—Así que, como te lo he dicho anteriormente, si necesitas hablar... distraerte... o simplemente sentarte aquí sin decir una sola palabra...—Una leve sonrisa apareció en sus labios. —Puedes buscarme. No tienes por qué hacerlo sola.
Me sorprendió la sinceridad con la que lo dijo, no sonaba como una obligación, tampoco como un gesto de lástima. Solo... Como una oferta honesta.
—Gracias.
Él negó ligeramente con la cabeza.
—Y otra cosa.—Esperó a que volviera a mirarlo. —No tienes que llamarme señor Reyes.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿No?
Una leve sonrisa apareció en su rostro.
—Creo que esa etapa ya quedó atrás, ahora somos amigos.
—Está bien... Eiden...
Él hizo un pequeño gesto de aprobación.
—Mucho mejor.
Lo observé unos segundos antes de hablar.
—Entonces tampoco debes volver a llamarme señora Sanz.
—¿Qué prefieres?
Sentí algo extraño. Como si, al decirlo, estuviera dejando atrás una versión de mí misma.
—Naelia.
Él repitió mi nombre despacio.
—Naelia.
No sabía por qué, pero escuchar nuevamente mi nombre en su voz sonó diferente, más cercano, más cálido, más humano.
Eiden se puso de pie.
—Será mejor que vuelva. Tu padre empezará a pensar que te estoy robando demasiado tiempo.
—Es bastante probable.
Comenzó a caminar hacia la pequeña puerta que comunicaba ambas propiedades. Antes de cruzarla volvió ligeramente el rostro.
—Buenas noches, Naelia.
Sonreí sin darme cuenta.
—Buenas noches, Eiden.
Lo observé desaparecer entre los árboles antes de volver a levantar la vista hacia la luna.
Sentía que quizá la vida no estaba intentando castigarme. Tal vez... Solo estaba enseñándome que, incluso después de perder a alguien, todavía era posible encontrar personas que decidieran quedarse.
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