Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo VI Enredos
La luz del sol filtrándose por las persianas terminó por despertar a Valeria, quien dormía plácidamente en aquella enorme cama. Desde la trágica muerte de sus padres, siempre había dormido en un viejo catre en el desván; jamás había experimentado la calidez de semejante lujo.
Se levantó lentamente y buscó el horrible vestido rojo de la noche anterior, pero no lo vio por ningún lado. Al sentir la suave tela de la camisa de seda que llevaba puesta, no pudo evitar sonrojarse al pensar que ese hombre la había visto sin ropa para cambiarla. Espantó de inmediato esos pensamientos y se dispuso a salir de la habitación: ya le había dado suficientes problemas a ese desconocido y no quería seguir siendo una carga.
Al cruzar la puerta se encontró con un penthouse en completo silencio. Sin saber cómo salir de aquel enorme lugar, sintió frustración. Para colmo, su estómago comenzó a rugir; ni siquiera había cenado la noche anterior.
Caminó hacia la cocina con la esperanza de encontrar algo, pero los estantes estaban casi vacíos.
—Para ser un millonario, vive de forma bastante austera —susurró para sí misma al ver la falta de provisiones.
Tomó lo poco que consiguió y comenzó a preparar un desayuno sencillo. Al menos con eso le agradecería la ayuda de la noche anterior.
Después de un rato, cuando ya había terminado de cocinar, escuchó el sonido de una puerta al abrirse. Caminó hacia la sala sintiendo que era el momento de irse y enfrentar su dura realidad, antes de que su madrastra, Esperanza, cortara los recursos médicos que mantenían con vida a su hermano.
Sin embargo, al llegar a la estancia se topó con la mirada atónita de un hombre mayor. Su cabello canoso, sus ojos profundos y un semblante serio le recordaron de inmediato al hombre que la había salvado horas atrás.
—¿Quién es usted? —preguntó Valeria, dando un paso atrás por el susto.
—Creo que esa pregunta debería hacerla yo —respondió el anciano, observándola con una fina sonrisa de complicidad al ver a la joven vistiendo únicamente la camisa de su nieto.
El hombre era Don Franco Salazar, el patriarca de la familia y abuelo de Dante.
—¿Por qué tanto ruido? —preguntó la voz grave de Dante, apareciendo por el pasillo que daba a los dormitorios, vistiendo tan solo un pantalón de pijama.
Don Franco sonrió abiertamente ante la escena. Desde que la exesposa de Dante lo había abandonado, jamás lo había visto acompañado por otra mujer en su hogar. Y no solo estaba con alguien, sino que se trataba de una joven genuinamente hermosa.
—¡Abuelo! —exclamó Dante, sorprendido—. ¿Qué haces aquí?
—Vine a visitarte, ingrato. Tienes dos semanas sin aparecer por la casa familiar… pero ahora que veo la razón, te perdono el olvido —respondió el anciano con tono jocoso—. Por cierto, ¿qué es eso que huele tan delicioso?
Sin esperar respuesta, Don Franco caminó hacia la cocina, dejando a Dante y a Valeria a solas en la sala.
—No digas una sola palabra. Yo me encargo de mi abuelo —ordenó Dante con evidente frustración.
—¿Y qué podría decir, si ni siquiera conozco su nombre? —replicó Valeria, confundida y avergonzada.
—Mi nombre es Dante Salazar. Y el que está en la cocina es mi abuelo, Franco Salazar… Esto es un desastre, él piensa que tú y yo… bueno, que nosotros… —Dante balbuceó la última parte, perdiendo por un segundo su temple habitual.
—Tranquilo, no soy tonta. Sé perfectamente lo que su abuelo está pensando —dijo Valeria tratando de mantener la compostura—. Mi nombre es Valeria Hernández, por si le interesa…
—¡Vengan a desayunar! Esto huele increíble y quiero hablar con ustedes dos —gritó el abuelo desde la cocina, impaciente por descubrir los detalles de la misteriosa joven.
—Vamos a comer lo que preparaste sin mi autorización —rezongó Dante, intentando sonar severo.
—Tenía hambre, pensé que estaba sola y como la puerta tiene cerradura digital no pude salir para irme —explicó ella encogiéndose de hombros.
Los ojos de Dante se oscurecieron al escuchar que su intención era marcharse. Por un impulso irracional de posesividad y autoridad, dio dos pasos al frente y la acorraló contra el respaldo del sofá.
—Nadie entra o sale de mi propiedad sin mi autorización, Valeria.
El abuelo se asomó en ese preciso instante y, desde su ángulo, la cercanía entre ambos parecía un coqueteo apasionado.
—Vengan a desayunar ya, que tuvieron toda la noche para eso —los interrumpió el anciano con una risita.
Dante se separó rápidamente de Valeria, sintiendo un calor repentino recorrerle el pecho.
—Abuelo, estás malinterpretando las cosas. Valeria y yo…
—Déjate de tonterías —lo cortó Don Franco—. Estoy lo suficientemente viejo para reconocer cuándo hay química entre dos personas. Ahora vengan a la mesa antes de que el desayuno se enfríe.
Ambos caminaron hacia la cocina. Valeria iba tras la imponente figura de Dante, sintiéndose profundamente cohibida por no estar vestida de forma adecuada.
Se sentaron a la mesa bajo la mirada inquisidora del patriarca.
—He venido hoy porque la junta directiva de la empresa está muy preocupada —comenzó a explicar Don Franco, cambiando drásticamente a un tono serio—. Ya tienes treinta años, Dante, y aún no te has asentado. Les preocupa a quién le quedará el grupo corporativo si algo te llega a pasar. Por eso están proponiendo que sea tu sobrino quien tome la dirección ejecutiva.
Dante golpeó la mesa con el puño cerrado, haciendo que Valeria diera un brinco en su silla por el impacto.
—¿Quién está proponiendo semejante estupidez? —rugió Dante, con las venas del cuello marcadas por la furia—. Mateo no sabe nada de negocios; es un mocoso inmaduro y vanidoso que solo sabe andar de fiesta en fiesta.
—Al menos él ya tiene una prometida y pronto anunciarán su compromiso con la joven —señaló el anciano con pesar—. En cambio tú solo buscas compañías de una sola noche. En el fondo no eres tan distinto a él… Lo siento, niña, pero así es mi nieto —añadió Don Franco, girando la cabeza hacia Valeria, quien mantenía la mirada fija en la mesa al escuchar el conflicto familiar.
—Esta vez no es así, abuelo —interrumpió Dante sin pensarlo dos veces—. Estoy con Valeria. Y quiero formalizar mi relación con ella.
Valeria abrió los ojos de par en par, ahogando un jadeo.
—Por favor, Dante. Es prácticamente una jovencita, no debe tener más de veinte años —dijo Don Franco con escepticismo—. Sé que cuando se te pase la novedad, la vas a dejar ir como a todas las demás.
El anciano se levantó de la mesa y caminó hacia la entrada para marcharse, dejándolos nuevamente a solas.
—¿Qué estás haciendo? ¡Tú y yo ni siquiera nos conocemos! —susurró Valeria, aterrada por la mentira en la que acababa de meterla.
—Solo sígueme la corriente. Hablaremos de esto en un momento —le ordenó Dante en voz baja pero tajante.
Dante se levantó y acompañó a su abuelo hasta la puerta, mientras este se colocaba su abrigo.
—Señorita —se despidió Don Franco mirando a Valeria desde la distancia—, el desayuno estuvo delicioso. Serás una gran esposa para cualquier hombre… Y porque me caíste bien, te aconsejo que no te ilusiones con este cabeza dura.
—Te demostraré que estás equivocado, abuelo —sentenció Dante con firmeza—. Y desde ya dile a la junta directiva que no permitiré que le entreguen mi empresa a ese inútil.
El anciano se despidió con un gesto y cruzó la puerta, dejando a Dante y a Valeria en un tenso silencio con un enorme problema entre las manos.
se me hizo tan corta y muy buena 👍😍