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¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

¡Auxilio! Mi profesor vive conmigo

Status: Terminada
Genre:Romance / Maestro-estudiante / Amor platónico / Completas
Popularitas:15k
Nilai: 5
nombre de autor: maria

Valentina Torres acaba de graduarse, tiene veintidós años y necesita encontrar dónde vivir antes de que termine el día. La última persona de quien espera recibir ayuda es Martín Herrera, su antiguo profesor de literatura… y el hombre del que lleva enamorada en secreto desde que entró a la universidad.
La solución parece sencilla: compartir temporalmente el departamento 302 y respetar cinco reglas pegadas en el refrigerador.
Nada de invadir el espacio del otro.
Nada de confundir la convivencia con algo más.
Y, sobre todo, nada de enamorarse.
El problema es que Martín recuerda cada uno de sus gustos, cocina para ella cuando está cansada y guarda silencios que dicen mucho más que sus palabras. Mientras Valentina intenta ocultar lo que siente, una caja de madera cerrada con llave demuestra que quizá ella no sea la única que lleva años esperando.
Entre rumores universitarios, cenas improvisadas, secretos familiares y sentimientos imposibles de contener, ambos descubrirán que compartir un hogar es fácil. Lo difícil será fingir que sus corazones no llegaron allí mucho antes que ellos.

NovelToon tiene autorización de maria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

...Valentina...

El lunes, a la hora del almuerzo, Martín me llevó a un lugar que no conocía.

—¿A dónde vamos? —pregunté, mientras caminábamos por una calle estrecha detrás de la Facultad de Humanidades que yo jamás había recorrido en cuatro años de estudiante.

—A mi lugar favorito.

Tres palabras que me detuvieron el corazón un segundo.

El Rincón Tranquilo era exactamente lo que su nombre prometía. Un café pequeño, escondido entre una librería de segunda mano y una tienda de marcos para cuadros. La fachada era de ladrillo viejo con una puerta de madera oscura y un letrero escrito a mano con tinta descolorida.

Adentro olía a café recién molido, a vainilla y a libros. Había siete mesas. Solo siete. Cada una con un mantel de tela distinto y una vela encendida que parecía más decoración que necesidad.

El dueño, un hombre de unos sesenta años con barba canosa y delantal de cuero, levantó la vista cuando entramos.

—Herrera. —Sonrió—. Hace dos semanas que no vienes.

—Estuve ocupado, don Aurelio.

Don Aurelio me miró. Su mirada viajó de mí a Martín, de Martín a mí, y de vuelta.

—Es la primera vez que traes a alguien —dijo, con la voz de un hombre que acaba de presenciar un evento histórico.

Tragué saliva.

—Es una compañera —dijo Martín.

Don Aurelio sirvió dos cafés sin preguntar qué queríamos. Le puso a Martín su taza habitual —negra, sin asa, de cerámica gruesa— y a mí me dio una taza azul con un patrón de flores diminutas.

—Los amigos toman café en la barra —dijo don Aurelio, señalando los taburetes altos—. Las personas importantes se sientan en la mesa del ventanal.

Nos sentó en la mesa del ventanal.

Martín no protestó.

—Vengo aquí desde que llegué a la ciudad —me explicó, mientras el vapor del café le suavizaba los rasgos—. Es el único lugar donde nadie me interrumpe para hablar de la universidad.

—¿Cada cuánto viene?

—Cada semana. A veces dos. Siempre solo.

Siempre solo. Hasta hoy.

Bebí el café. Era el mejor café que había probado en mi vida: fuerte, ligeramente dulce, con un fondo de canela que me recordó a la botica del abuelo.

—Profesor, tengo que decirle algo.

—¿Sí?

—Esto se siente como un lugar secreto.

—Lo es —dijo, sin dudar—. Y ahora es tuyo también.

La frase me cayó encima como una lluvia de flores de jacaranda. Suave, lenta, imposible de ignorar.

Pasamos una hora ahí. Él leyó un capítulo de un ensayo que estaba revisando; yo miré las estanterías llenas de libros que don Aurelio prestaba a los clientes habituales. Era un lugar fuera del tiempo, como una burbuja de silencio en medio de la ciudad.

Y entonces, con la misma calma con la que decía todo lo importante, Martín dijo:

—La semana que viene tengo un viaje de trabajo. Cinco días.

Se me cayó el corazón al piso.

—¿Cinco días?

—Una conferencia en otra ciudad. Organizada por la universidad.

Cinco días. Ciento veinte horas. Sin desayunos en la barra. Sin notas adhesivas. Sin el sonido de sus pasos en el pasillo a las siete y cuarto.

Intenté disimular. De verdad lo intenté.

—Qué bien. Seguro será una conferencia muy interesante.

—Valentina.

—¿Sí?

—Eres mala mintiendo.

Bajé la mirada al café.

—No estoy mintiendo. Solo estoy… procesando la información logística.

Él casi sonrió. Casi.

—Podemos pasar más tiempo juntos estos días —dijo—. Antes de que me vaya.

«Podemos pasar más tiempo juntos.» Dicho así, como si fuera una propuesta de estudio. Pero las palabras me calentaron el pecho como si fueran una declaración.

—Me parece bien —respondí, con una voz que traicionó cada gramo de emoción que intentaba esconder.

De vuelta en la oficina, mi teléfono vibró. Un mensaje de Mariana en nuestro chat privado:

«VALE. EMERGENCIA. Mira esto.»

Un enlace. Lo abrí.

Era una publicación en un grupo cerrado de exalumnos: «El Profesor Herrera fue visto en la biblioteca universitaria con una chica de blusa color crema. ¿Alguien sabe quién es?» Debajo, doce comentarios. Tres teorías. Un diagrama hecho en PowerPoint que intentaba conectar las veces que «la chica misteriosa» había sido vista cerca del profesor.

Doce comentarios.

Un diagrama.

En otra época, me habría dado un ataque de pánico. Me habría encerrado en el baño de la oficina a respirar dentro de una bolsa de papel. Habría borrado mi existencia de todas las redes sociales y considerado mudarme a otro continente.

Pero hoy, sentada en mi escritorio con el sabor del café de don Aurelio todavía en los labios, hice algo que no esperaba de mí misma.

Le reenvié la publicación a Martín.

Su respuesta llegó en un minuto:

«¿Necesitas que lo maneje?»

Miré el mensaje. Miré la publicación. Miré la ventana de la oficina donde la luz de la tarde entraba con la indiferencia de un mundo que seguía girando sin importar quién viera a quién en una biblioteca.

«No. Yo me encargo.»

Le respondí a Mariana:

«Que digan lo que quieran. No es asunto de nadie.»

Mariana envió siete emojis de fuego seguidos.

Guardé el teléfono. Y sentí algo nuevo en el centro del pecho: no valentía, exactamente. Algo más tranquilo. Algo que se parecía a la certeza.

Porque Martín Herrera me había compartido su lugar secreto. Y eso valía más que la opinión de doce comentaristas anónimos con un diagrama de PowerPoint.

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1
Cristina Gomez
Gracias porque muy pocas veces me sorprende darme cuenta que sonrío mientras leo y está vez me pasó.
Vanessa Soto Garcia
que hermosa novela ☺️
Cristina Gomez
que hermosa novela,este el tipo de amor que todas buscamos y muy pocas logramos encontrar.
Vanessa Soto Garcia
😂😂😂😂😂😂
Helizahira Cohen
Es bonita, diferente pero se me hizo muy larga, la voy a terminar porque esta muy bien narrada
Helizahira Cohen
Es bonita pero muy lenta y veo que es larga
Helizahira Cohen
pero ya que avance
Helizahira Cohen
ya pueden hablar, no son profesor y alumna, ambos lo quieren
Alesi Mendiola
Que tierno un hombre que recuerde asta el mas mínimo detalle
Flor Perez: en donde encuentro un profesor así 🤭🤭🤭
total 1 replies
Sofy Solis
🥰🥰🥰 Qué lindo que es él!!!
Tere Jimenez
gracias por compartir tu novela hermosa un poquito larga pero muy hermosa espero sigas escribiendo tan hermoso muchas bendiciones y muchos éxitos más
Tere Jimenez
hermoso final felicidades
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