Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.
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Capítulo 7
...Val....
La cafetería del aeropuerto a las siete de la mañana olía a café quemado y a pan dulce industrial. No era el peor lugar del mundo para recibir un collar de vuelta de las manos de un hombre con el que no debiste acostarte.
Seb ya estaba ahí cuando llegué. Sentado en una mesa del fondo, con un café negro y el teléfono en la mano. Sin uniforme hoy. Jeans oscuros, camiseta gris que se le pegaba a los hombros, la chamarra de cuero en el respaldo de la silla.
Se veía bien. Odiosamente bien. Y yo parecía un cadáver con maquillaje.
No había dormido después de la llamada de Camila. Me pasé el resto de la noche mirando el techo, contando los latidos de mi corazón hasta que cada uno dolía. A las cinco me levanté, me maquillé las ojeras como pude y me tomé dos pastillas para las náuseas que compré en una farmacia de camino.
—Mendoza. —Me vio acercarme y sus ojos me recorrieron la cara con una atención que no me gustó—. Te ves...
—Di "cansada" y te aviento el café en la cara.
—Iba a decir que te ves diferente.
—Es lo mismo.
Me senté frente a él. Había un café esperándome. Americano con un chorrito de leche.
—¿Cómo sabes cómo tomo el café? —pregunté.
—No lo sé. Le pedí al barista que preparara algo que pareciera "no me hables hasta que me lo termine". Me pareció apropiado para ti.
Le di un trago. Estaba perfecto. Lo odié un poco más.
Sacó algo del bolsillo de la chamarra y lo puso sobre la mesa. Mi collar. La cadena de plata con la V, limpia, brillante, sin un solo daño.
Lo tomé y le di la vuelta. Ahí estaba. "Mi niña valiente — Abuelita." Las letras grabadas que me sabía de memoria con los dedos.
Algo se me apretó en la garganta.
—Gracias —dije, y me sorprendió lo mucho que lo decía en serio.
—De nada. —Me observó ponérmelo. Sus ojos siguieron la cadena desde mis dedos hasta mi cuello—. ¿Quién es Abuelita?
—No es asunto tuyo.
—Siempre dices eso.
—Porque nunca es asunto tuyo.
Se quedó callado un momento. Luego se inclinó hacia adelante, los codos sobre la mesa, y me miró de esa forma que yo ya conocía. Directa. Sin filtro.
—¿Cuándo fue la última vez que comiste?
—¿Perdón?
—Comer. Comida. Meter alimento a tu cuerpo. ¿Cuándo fue la última vez?
—Ayer.
—¿Qué comiste?
—No me acuerdo.
—Eso significa que no comiste.
—Eso significa que no me acuerdo, Del Fuego. No eres mi padre.
—Claramente no. —Su tono se endureció—. Porque si lo fuera, no dejaría que mi hija anduviera por ahí con la cara gris y las manos temblando.
Miré mis manos. Tenía razón. Temblaban. Las escondí debajo de la mesa.
—Estoy bien.
—No estás bien.
—¿Y a ti qué te importa? —Solté, y mi voz salió más cortante de lo que planeaba—. No somos nada, Sebastián. Nos acostamos una vez. Una noche. Eso no te da derecho a interrogarme sobre lo que como o dejo de comer.
Vi cómo le cayeron las palabras. Algo se le movió en la mandíbula. Apretó. Soltó.
—Tienes razón —dijo, y su voz estaba controlada de esa forma que ya sabía que significaba que le había pegado en algo que le dolía—. No somos nada. Fue una noche. Tú lo dejaste muy claro.
—Exacto. Entonces deja de actuar como si te importara.
—No estoy actuando.
Nos miramos. La cafetería zumbaba a nuestro alrededor con gente yendo y viniendo, bandejas, voces, altavoces anunciando vuelos. Pero en esa mesa el silencio era tan denso que podía sentirlo en la piel.
Me levanté. Demasiado rápido.
El mundo se torció. El piso se movió debajo de mis pies como si alguien lo hubiera jalado. Sentí que me vaciaba la cabeza, se me nubló la vista, y mis rodillas dejaron de sostenerme.
Su mano me agarró el brazo antes de que cayera.
Fuerte. Caliente. Me sostuvo por el codo con una mano y me puso la otra en la espalda, y mi cuerpo se apoyó contra el suyo por puro instinto. Sentí su pecho contra mi mejilla, su corazón latiendo rápido, y por un segundo estúpido y patético me sentí segura.
—Suéltame —dije, aunque no me moví.
—¿Para que te caigas?
—Suéltame, Sebastián.
Me soltó. Me aparté. Me agarré del borde de la mesa hasta que las piernas me respondieron.
—Somos compañeros de trabajo —dije, mirándolo a los ojos—. Y una noche. Eso es todo lo que somos. No me preguntes si comí. No me sostengas cuando me tambaleo. No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si te preocupara.
Se quedó de pie frente a mí. Las manos a los costados. La mandíbula dura. Y en sus ojos había algo que no era enojo ni orgullo herido. Era algo peor. Era un hombre tratando de ayudar a alguien que no lo deja.
—Está bien, Mendoza —dijo, y su voz sonó cansada por primera vez desde que lo conocía—. Si eso es lo que quieres. Somos nada.
Di media vuelta y caminé hacia la puerta.
Dos pasos. Tres. Al cuarto, el piso se volvió a mover. Tropecé. No caí, pero tropecé, y supe que él lo vio porque sentí su mirada en mi espalda como algo físico.
No me siguió.
Cuando llegué al baño más cercano, me encerré en un cubículo y me quedé parada ahí, con las manos contra la puerta y la frente contra las manos.
El collar me pesaba en el cuello. Toqué la V con los dedos.
"Mi niña valiente."
No me sentía valiente. Me sentía rota.
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