Lía jamás imaginó que terminaría dentro de su novela. Después de llorar por la trágica muerte del Clan Licano, despierta en el cuerpo de Elara Licano, la hija menor de la familia y una de las primeras víctimas de la historia.
Ahora conoce el futuro: las traiciones, las conspiraciones y la guerra que destruirán al clan hasta borrar su nombre.
Pero esta vez, Elara no piensa seguir el guion.
Con sus recuerdos y conocimiento de cada acontecimiento, decide cambiar el destino de su familia antes de que sea tarde. Lo que nadie sabe es que alterar una historia puede despertar peligros que jamás existieron en el libro… y ponerla frente a enemigos mucho más poderosos de lo que recuerda.
Para salvar a los Licano, Elara tendrá que desafiar al Imperio, descubrir quién los traicionará y luchar por la supervivencia del clan.
Esta vez, la historia terminará de otra manera.
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Las ruinas y la verdad que rompió el mundo
La nieve caía sobre las ruinas de la antigua fortaleza, escondida en lo más alto de la cordillera, donde el viento aullaba como lamentos antiguos. Elara llegó al atardecer del segundo día. No encendió fuego. Se sentó sobre un muro caído y esperó. Sabía que él vendría: su orgullo no permitiría que nadie más tuviera el honor de capturarla. Querría verla con sus propios ojos.
Llegó justo cuando la luna asomaba entre las nubes. Vino solo, montado en un caballo negro, vestido con una túnica oscura sin corona. Era un hombre de rostro hermoso pero gélido, con ojos de un gris tan claro que parecían de hielo. Bajó del caballo con calma y la miró de arriba abajo.
—Eres más pequeña de lo que imaginaba —dijo, su voz suave pero cortante—. La muchacha que destrozó a mi mejor ejército. Todo eso… por una niña.
—No soy una niña —respondió Elara sin apartar la mirada—. Soy la que vio lo que hiciste. Vi cómo llegaste con tus antorchas hace veinte años y mataste a todos los que vivían aquí, porque no quisieron arrodillarse. Esta fortaleza era de mi familia, ¿verdad? Mi abuelo era el último señor de estas tierras. Tú lo mataste, te llevaste a mi madre apenas una niña y la criaste lejos para usarla después como moneda de cambio en un matrimonio con Lord Kael. Yo no soy una extraña. Soy la heredera de lo que robaste. Y este lugar… es mi casa.
El Emperador dejó de sonreír. Su rostro se endureció.
—¿Quién te dijo eso? Quien la cuenta… muere.
—Nadie me lo dijo —dijo ella—. Lo recordé. Poco a poco, desde que llegué a la fortaleza. Los sueños no eran del libro que leí. Eran recuerdos de mi sangre. Por eso sabía tus planes. Por eso sabía dónde golpear. Te conozco mejor que nadie. Conozco tu miedo, tu crueldad, la forma en que piensas antes de actuar. No te leí en un libro. Te llevo en la sangre.
El Emperador desenvainó la espada lentamente.
—Entonces no dejaré que se sepa. Te mataré aquí, en silencio. Tu cuerpo se quedará bajo la nieve. Y la historia seguirá siendo la que yo escriba.
—Puedes intentarlo —dijo ella con una sonrisa fría—. Pero no viniste solo. Yo tampoco.
Alzó la mano, y de entre las sombras salieron Rian y Darien con las espadas desenvainadas, bloqueando la salida. Detrás, en los bordes del desfiladero, se encendieron decenas de antorchas: los guerreros de los tres clanes la habían seguido. No la habían abandonado. La habían protegido.
—¿Creíste que te dejaría ir sola? —dijo Rian—. Nos diste la espalda para salvarnos. Pero nosotros no te dimos la espalda a ti. Somos Licanos. No abandonamos a los nuestros.
El Emperador miró a su alrededor, rodeado y sin retirada, y soltó una risa seca y amarga.
—Muy bien. Has ganado esta vez. Pero si me matáis, el imperio caerá en el caos. Las fronteras se desmoronarán y millones morirán. Si me dejáis ir… os daré paz y reconocimiento. Pensadlo bien.
Elara bajó la mano, pensativa. El peso de la verdad la hacía más responsable que nunca.
—No te dejaremos ir —dijo al fin—. Pero no te mataremos. Te llevaremos prisionero. Mientras tú estés con nosotros, tu ejército no atacará. Y tendremos tiempo… tiempo para construir algo mejor que lo que tú destruiste. Algo que no se sostenga con el miedo, sino con la libertad.
—¿Crees que es posible? —preguntó él con amargura.
—Lo veremos —respondió ella—. Porque ahora, por primera vez, tienen una opción. Y esa opción empezó hoy.
El Emperador guardó su espada sin resistencia.
—Eres más peligrosa que tu abuelo —dijo—. Ojalá hubieras nacido de mi sangre.
—Yo nací de la sangre de los que no se arrodillan —respondió ella—. Y eso es suficiente.
Cuando bajaron de la montaña, el sol empezaba a salir. La noticia corrió antes que ellos: el Emperador estaba prisionero. La heredera había vuelto. Y el destino, escrito con fuego y sangre, ahora se reescribía con esperanza.
Pero Elara sabía que esto no era el final. Era solo el comienzo. Había un imperio entero que no aceptaría su derrota. Había enemigos que aún no se atrevían a mostrarse. Pero por primera vez, no tenía miedo. Ya no caminaba sola. Y ya no era una lectora leyendo el final de otros. Era la autora de la suya propia.