Todo Por Mi Infancia
Una infancia arrebatada, una verdad oculta y una batalla que dura toda la vida. Isaac cuenta su camino desde la inocencia hasta la madurez, enfrentando pérdidas irreparables, traiciones y peligros que amenazan con acabar con todo lo que ama. Una historia de amor, lealtad y esperanza: porque incluso en la oscuridad más profunda, siempre hay motivos para seguir adelante.
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Capítulo 8: Celos tontos
Llevábamos una semana viviendo con Gael.
Tomás de 13 ya tenía su rutina. Se levantaba, desayunaba pan con palta, y se iba al colegio con zapatillas nuevas. Luna de 11 decoró su pieza celeste con dibujos. Yo ayudaba a Gael en la casa. Limpiaba, ordenaba, cocinaba a veces.
Todo estaba tranquilo. Demasiado tranquilo.
Hasta que ella apareció.
Fue un martes. Yo estaba en la cocina pelando papas. Gael entró con una chica rubia. Alta. Ropa cara. Olía a perfume caro.
"Isaac, ella es Valentina", dijo Gael. Se veía incómodo. "Es... una amiga".
Valentina me miró de arriba a abajo. "¿Y tú eres el niño que se metió en problemas?" Su voz era dulce, pero con veneno. "Qué tierno. Gael siempre rescatando gatos callejeros".
Se me heló la sangre. Miré a Gael. Él no dijo nada. Solo apretó la mandíbula.
"Tomás y Luna están en el colegio", dije seco. "¿Quieren algo?"
"Un café", dijo ella como si esta fuera su casa. Se sentó en la mesa sin que la invitaran.
Pasé toda la tarde callado. Lavé platos que estaban limpios. Barrí el mismo rincón tres veces. Cada vez que Gael se reía con ella, se me apretaba el pecho.
A las 6 Valentina se fue. Me dio un beso en la mejilla a Gael antes de irse. "Nos vemos, amor".
Amor. Esa palabra me cayó como piedra.
Cuando cerró la puerta, Gael suspiró. "Isaac..."
"No digas nada", lo corté. Agarré mi chaqueta. "Voy a buscar a Tomás y Luna al colegio".
Caminé solo. Con rabia. Con 17 años y sintiéndome como un idiota. ¿Quién era yo? Un cabro que Gael rescató de la calle. Con dos hermanos chicos. Sin plata. Sin nada.
Y ella era Valentina. Guapa. Rica. De su mundo.
Cuando volví con Tomás de 13 y Luna de 11, Gael estaba en la cocina. Solo.
"¿Se fue tu amiga?" pregunté sin mirarlo.
"Sí".
"Qué bueno". Dejé las mochilas. "Voy a hacer la cena".
Gael me tomó de la muñeca. Suave, pero firme. "Isaac. Mírame".
No quise. "Suéltame".
"No voy a soltarte hasta que me mirí".
Lo miré. Tenía los ojos cansados. "¿Qué?"
"Valentina no es nada mío. Era de antes. Mucho antes de ti, Tomás y Luna".
Me reí sin ganas. "No me importa".
"Mientes". Me soltó la muñeca y me puso la mano en la cara. "Te importo. Y yo a ti también. No lo neguí".
Me quedé en silencio. Porque era verdad. Me dolía verlo con otra. Aunque no tuviera derecho a sentir eso.
"Yo no soy como ella, Gael", dije bajito. "No tengo nada que ofrecerte".
"Me ofreciste a tus hermanos", dijo él. "Me ofreciste confiar en mí. Con eso me basta".
Luna de 11 gritó desde el living: "Isaac, tengo hambre".
El momento se rompió. Me aparté. "Ya voy, Luna".
Esa noche no dormí. Pensaba en
A la mañana siguiente bajé a la cocina temprano. Gael ya estaba ahí, haciéndole desayuno a Tomás de 13 y a Luna de 11.
Pan tostado. Leche caliente. Fruta picada.
Tomás me saludó con la boca llena. Luna corrió a abrazarme. Y Gael solo me miró. Sin decir nada. Sin Valentina.
Y entendí que esta era mi casa ahora. Con mis hermanos. Con él.