Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
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Capítulo 4: Cuando la voz deja de callar
El día empezó normal.
Demasiado normal para lo que iba a pasar después.
Aylany llegó al colegio con la misma calma de siempre, pero ya había aprendido algo importante: en ese lugar, la calma nunca duraba mucho.
—Ahí viene —se escuchó al entrar.
Tomás.
No necesitaba buscarlo.
Ya sabía dónde estaba.
—La perfecta del curso —dijo él en voz alta—.
Hoy seguro viene preparada para salvar otra prueba.
Algunos rieron.
Pero esta vez, no fue solo una burla.
Había algo distinto en el ambiente.
Como si la historia ya estuviera preparada para explotar.
Ese día había trabajo de historia corregido en clase.
La profesora entró con una carpeta en la mano.
—Voy a devolver las evaluaciones —dijo.
Uno por uno.
Silencio.
Cuando llegó a Aylany, la miró un segundo más de lo normal.
—Aylany… necesito hablar contigo después de la clase.
El salón entero la miró.
Tomás levantó la vista.
Interesado.
No preocupado.
Interesado.
—Qué raro —murmuró él—.
La perfecta en problemas.
Aylany no respondió.
Pero sintió el estómago apretado.
Cuando la profesora terminó la entrega, abrió la carpeta de nuevo.
—Hay un problema —dijo—.
En tu prueba aparece una respuesta que no corresponde con tu estilo ni con lo visto en clases.
Silencio total.
Aylany frunció el ceño.
—Yo no cambié nada —dijo firme.
Tomás levantó la mano sin esperar turno.
—Profe… a lo mejor alguien revisó su prueba antes.
Siempre es tan ordenada… raro que tenga un error.
Risas.
Más fuertes esta vez.
Aylany lo miró.
Esta vez no bajó la vista.
—No es un error —dijo ella—.
Y nadie tocó mi prueba.
La profesora intentó calmar la sala.
—Vamos a revisar con calma.
Pero el daño ya estaba hecho.
Porque algunos ya estaban mirando a Aylany como si hubiera hecho algo mal.
Como si fuera posible.
La profesora se llevó la prueba.
—Lo revisaremos después.
Pero Tomás no se detuvo ahí.
En plena clase, volvió a hablar.
—Igual es raro que siempre sea la mejor… y justo ahora aparezca algo así.
El ambiente cambió.
Algunos ya no reían tanto.
Pero tampoco defendían.
Aylany sintió algo nuevo.
No rabia.
Presión.
Pero esta vez… no bajó la cabeza.
Cuando la clase terminó, la profesora salió unos minutos.
Y fue ahí cuando todo explotó.
Tomás se levantó.
—Oye —dijo caminando hacia ella—.
No es tan grave, pero no tienes que hacerte la víctima tampoco.
El curso se quedó en silencio.
Aylany lo miró.
Largo.
Firme.
Y por primera vez, no se quedó callada.
—No me estoy haciendo la víctima —dijo con voz clara—.
Estoy diciendo la verdad.
Tomás soltó una risa corta.
—Siempre dices la verdad.
—Porque es la verdad —respondió ella.
Silencio.
Algunos compañeros se miraron entre sí.
Ya no era tan divertido como antes.
Aylany dio un paso adelante.
—Y si tienes un problema conmigo, dímelo de frente, no delante de todos.
El curso quedó completamente en silencio.
Tomás no respondió de inmediato.
Por primera vez, no tenía una burla lista.
Solo la miró.
Un segundo.
Dos.
—Tranquila —dijo al fin, encogiéndose de hombros—.
No es para tanto.
Pero ya no sonó igual.
Porque el curso ya había escuchado otra cosa.
Había escuchado a Aylany.
Sin miedo.
Sin bajar la mirada.
La profesora volvió.
El ambiente seguía extraño.
Cuando la revisión terminó, se confirmó que había sido un error administrativo, no de ella.
—Aylany no tiene ningún problema en su evaluación —dijo la profesora.
Silencio.
Tomás se recostó en su silla.
Pero ya no dijo nada.
Porque algo había cambiado.
El recreo fue distinto.
Valeria y Camila la encontraron rápido.
—Te defendiste —dijo Valeria sorprendida.
—Y todos se quedaron callados —agregó Camila.
Aylany miró hacia el patio.
Tomás estaba con su grupo.
Pero esta vez…
algunos ya no reían igual cuando él hablaba.
—No hice nada especial —dijo Aylany.
Valeria negó.
—Sí lo hiciste.
Por primera vez lo enfrentaste.
Aylany no respondió.
Pero lo sabía.
Y Tomás también.
Porque aunque él seguía actuando como siempre…
ya no tenía la misma atención del curso.
Ya no todos se reían igual.
Ya no todos la miraban igual.
Algo había cambiado.
Y en el fondo del patio, Tomás la miró un segundo más de lo normal.
Sin sonrisa.
Sin burla.
Solo mirando.
Como si acabara de notar algo que antes no existía.