Júlia Fonseca siempre fue la guerrera silenciosa. Abandonada por su padre y criada por una madre que se desvivió para darle lo mínimo necesario, Júlia ahora enfrenta la pesadilla de ver a esa madre en coma, con las facturas del hospital acumulándose.
Para sobrevivir y mantener a su madre con vida, se lanza al mundo nocturno de Nueva York, consiguiendo trabajo como camarera en un club de lujo.
En su primera noche, atiende el área VIP y se cruza con un hombre impresionante: frío, misterioso, con una mirada que promete problemas. Todo se sale de control cuando alguien malintencionado echa una droga en la bebida que Júlia está a punto de servirle.
Llega el caos tras una fuerte discusión; él la obliga a beber la bebida alterada. El resultado es explosivo. Dominados por una atracción incontrolable y los efectos de la droga, Júlia y el extraño viven una noche intensa y sin barreras.
Ninguno de los dos imaginaba que ese encuentro sería el punto de inflexión de sus vidas para siempre.
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Capítulo 4
El cuerpo de Julia se retorció bajo la urgencia del toque de Otávio, cada toque suyo era un relámpago recorriendo su piel. La droga había silenciado la voz de la razón, dejando solo la sinfonía de su cuerpo. Ella ya no era la camarera exhausta, ni la hija preocupada; era solo carne en llamas, una pantalla en blanco para la lujuria desenfrenada de Otávio.
Él la besaba con la ferocidad de un hombre al borde del precipicio, explorando cada curva, cada centímetro expuesto, como si su vida dependiera de ese contacto. Sus manos, antes controladas, ahora agarraban su cintura, levantándola y acomodándola de manera áspera, pero precisa, sobre el sofá.
El aire en la sala VIP, saturado de whisky, charuto y el olor metálico de deseo, se volvió pesado. Julia jadeaba, el sonido bajo y continuo, mientras la boca de Otávio se movía sobre su cuerpo.
—Paga por cada segundo que me has hecho esperar —murmuró, las palabras perdiéndose en el calor de su piel, una amenaza que ahora sonaba como una promesa de indulgencia.
Su mano se deslizó por el muslo, y ella arqueó la espalda, el gemido ahora un sonido puro y desinhibido. La urgencia de la droga era un látigo, exigiendo que el cuerpo de él y el de ella se convirtieran en uno solo. El "no" ya no existía. La única palabra que importaba era más.
Otávio no perdió tiempo con delicadezas. El deseo en sus ojos era el espejo del pánico placentero que se instalaba en los ojos de Julia. Él se posicionó en medio de sus piernas, apartando la ropa interior con rapidez.
—Qué delicia —dijo Otávio lamiéndose los labios—. Arrepiéntete por haberme desafiado —gruñó, penetrándola duramente con el último resquicio de control desvaneciéndose, y, con un movimiento firme y profundo, invadió completamente la intimidad de Julia.
El grito de ella fue ahogado por su propio brazo. El dolor inicial de la penetración fuerte se mezcló con el placer químico del afrodisíaco, transformando el acto en un vértigo de sensaciones opuestas. Incluso Julia no siendo ya virgen, se sintió sofocada en ese momento por el tamaño del miembro de Otávio.
Su cuerpo se adaptó al ritmo de él, sus caderas moviéndose en una danza involuntaria, pero perfecta, con las suyas. Otávio jadeaba, los músculos de su cuello se tensaron a cada embestida profunda, la piel sudada brillando bajo la luz tenue de la sala. Él estaba fuera de sí, dominado por la droga y el placer lo había transformado de magnate furioso en amante despiadado.
Julia sentía el placer recorrer cada nervio, un deleite abrumador que la hacía olvidarse de Lilian, de Alexandre, e incluso de su madre en el hospital. Aquel momento, profano y desesperado, era la única cosa que existía. Sus dedos se clavaron en la espalda desnuda de Otávio, tirando de él para más cerca, exigiendo más de aquel tormento delicioso.
El ritmo de él se intensificó, la respiración de ambos era el único sonido audible. Otávio la besaba en el cuello, en la frente, en los hombros y en la boca, sin palabras, solo con la urgencia de su cuerpo. El clímax se anunciaba para ambos como una tormenta.
Con un último gemido ronco, Otávio se rindió. Sus músculos se contrajeron, y él se desplomó sobre ella, con Julia también llegando al punto máximo del placer, el cuerpo pesado y caliente siendo el único refugio de ella en aquel caos.
Julia sintió el peso de él, la respiración caliente en su oído, y, lentamente, la bruma de la droga comenzó a disiparse, dejando tras de sí un rastro de vergüenza, agotamiento y la aterradora realidad de lo que acababa de suceder.
Ella estaba acostada con un extraño debajo de sí, en el sofá de una sala VIP, con su uniforme de trabajo rasgado, y la certeza helada de que la noche de trabajo de Julia Fonseca había terminado de una manera que ella jamás podría haber imaginado o deseado.
Otávio se sentó en el pequeño espacio vacío del sofá y tomó un charuto que estaba sobre la mesa. Él lo encendió, haciendo el humo esparcirse por el ambiente rápidamente.
—¡Vístete! —Él dijo con tono frío y serio.
Otávio se levantó vistiéndose sus ropas que estaban caídas en el suelo de la sala VIP. Tomó su billetera y sacó algunos billetes y extendió en frente de Julia que en aquel momento estaba sentada intentando cubrirse.
—Toma este dinero. Es tu pago por la noche de placer. Eres bien sabrosa. Pero mujeres como tú, no quedan una segunda vez con Otávio Davis.
Julia lo encaró seriamente y movida por la rabia empujó la mano de él haciendo los billetes de dólares esparcirse en la sala.
—Su miserable, cretino. No quiero tu dinero.
Ella se levantó rápidamente vistiéndose su uniforme rasgado.
—No finjas en mi frente. Yo conozco el tipo de mujer sinvergüenza que eres. Tú me drogaste.
Otávio escupió las palabras con arrogancia.
Julia terminó de vestirse y anduvo hasta la puerta.
—Espero nunca más encontrarte, su cretino.
Ella destrabó la puerta y salió. Anduvo rápido hasta el baño.
—¿Cómo una cosa de esas puede haber sucedido conmigo? —Julia se derrumbó, comenzando a llorar. Después de minutos, la voz de Carla ecoa en el baño.
—Julia, ¿estás aquí?
Julia fue de encuentro a ella secando las lágrimas.
—Quiero irme… ¿Puedes traer mi bolso para acá? Necesito vestir mi ropa.
—¿Qué sucedió, Julia? ¿Por qué tu blusa está rasgada? ¿Alguien te atacó? Mira, si algún brutamonte hubiera hecho eso va a vérselas conmigo y con el patrón.
—No te preocupes. Nadie me obligó a nada. Apenas quiero irme de este lugar. Llama un taxi para mí, por favor.
Carla, incluso sin entender lo que realmente había sucedido, atendió al pedido de la camarera.
—Listo… El taxi llega de aquí a cinco minutos. Voy a tomar tu bolso.
Carla notó la tensión y nerviosismo de Julia en querer salir de allí.
En la sala privada, Otávio fumaba mientras recordaba la intensidad del placer con Julia. Pero una batida en la puerta, lo hizo despertar.
—.Entre —él dijo pensando por un momento ser Julia para tomar el dinero después de haberse arrepentido de tirar los billetes de dólares por el suelo de la sala.
Samira entró y luego observó el ambiente desordenado. Se percibió luego que Otávio había estado con alguna mujer.
—Otávio, ¿cuál fue la buscona que transó contigo? Puedo sentir el olor del sexo que hicieron en esta sala.
Otávio levemente despreocupado, tomó su blusa que estaba encima de un sillón próximo al sofá.
—Samira, cuántas veces voy a necesitar decirte que no tenemos nada, además de buenas cogidas juntos. No existe ningún sentimiento de mi parte. Deja de entrometerte en mi vida. Yo transo con quien yo quiera y tú siempre supiste de eso. Pero si continúas así, voy a mandarla para otro país aún más lejos, bien distante de mí.
Samira abraza Otávio gimoteando.
—No hables así conmigo. Yo solo estoy preocupada contigo. Muchas mujeres quieren dormir contigo. Temo por tu seguridad.
En ese momento, Saulo y Daniel entran en la sala que estaba con la puerta entre abierta.
—¿Qué sucedió aquí? —Daniel preguntó observando la escena.
—Sácala de aquí, quiero quedar solo.
La voz de Otávio ecoó fría y autoritaria en la sala VIP.
Saulo se aproximó a la hermana alejándola de Otávio. —Vamos para casa, Samira. Deja Otávio descansar. No lo incomodes más.
Saulo se agarró a la hermana sacándola para fuera de la sala.
—Tú también Daniel, sal.
Él amenizó un poco su tono de voz, pero aún así, continuaba autoritaria.
—Está bien, —respondió Daniel tranquilamente. —Pero si necesitas de mí, voy a estar en la sala siete.
Daniel salió cerrando la puerta. Encontró Samira y Saulo en el corredor.
—Samira, tú sabes que Otávio no te quiere. ¿Por qué aún insistes en correr detrás de él. Otávio es un hombre leviano. No piensa en romances, noviazgo y mucho menos en amor.
Samira empuja Daniel irritada.
—Eso no es de tu cuenta, Daniel. Tú eres apenas un pequeño asistente de Otávio.
Ella salió dejando Saulo y Daniel solos.
—Disculpa mi hermana, cara. Sabes cómo es mujer apasionada. Queda totalmente diferente. No quiere escuchar consejos. Ella quiere casarse con él. Hasta me involucró en eso. Si Otávio sabe, estoy jodido.
Daniel miró para él sombríamente. Saulo encaró de vuelta, notando que había hablado de más.
—¿Qué armaste, Saulo? Otávio es nuestro jefe y también nuestro amigo.
Saulo inventó una disculpa, pero no convenció Daniel. El asistente de Otávio imaginaba lo que había sucedido, pero quiso involucrarse, por eso, no insistió.