El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 14
La mañana del jueves amaneció gris sobre la pista privada de pruebas en las afueras de Turín. Un viento helado recorría el circuito, agitando las banderas corporativas de Galván Motores. El prototipo del *Galván-V12* descansaba dentro del box principal, con el capó abierto mientras dos mecánicos ajustaban los últimos sensores de telemetría.
En los garajes, el ambiente se podía cortar con un cuchillo.
Dominic permanecía junto a los monitores de tiempos, vestido con una chaqueta táctica oscura y unos auriculares encriptados. Aunque aparentaba revisar los gráficos de rendimiento del motor, sus ojos seguían fijamente a Alejandro, quien conversaba en susurros con el jefe de ingenieros a pocos metros de distancia.
Koala se acercó a Dominic a paso lento, sosteniendo una carpeta de plástico mugrienta.
—El camión con la carga robada ya cruzó la frontera hacia Austria —murmuró Koala, pretendiendo entregarle una hoja de tiempos a Dominic—. Cuatro millones limpios en la cuenta de Viena. Alejandro ni se ha enterado.
Dominic apretó los dientes, manteniendo la vista fija en la pantalla sin girar la cabeza.
—Mantén la boca cerrada —respondió Dominic en un susurro áspero—. Alejandro está concentrado en la telemetría del auto y en la heredera. Mientras siga ciego por esa mujer, tenemos la cobertura perfecta para mover el segundo lote esta noche.
—Es increíble —chistó Koala con una burla helada—. El gran Alejandro Santamaría, el hombre que hizo temblar a la mafia del norte, perdiendo el control del negocio por los ojos de una Galván.
—No volverá a tener el control —sentenció Dominic con frialdad—. Cuando el fraude de las patentes salte por los aires en Ginebra, nosotros ya habremos vaciado la mitad de sus depósitos. Alejandro se quedará con la ruina y nosotros con el dinero.
Lo que ni Dominic ni Koala notaron fue que, desde la esquina del garaje, Giancarlo —el director financiero de Galván Motores— los observaba con el ceño fruncido. Giancarlo no había escuchado las palabras exactas sobre las cuentas de Viena o los cargamentos, pero la actitud clandestina de la mano derecha de Alejandro encendió todas sus alarmas.
En la oficina del circuito, con vista panorámica a la línea de meta, Fabiola terminaba de abrocharse la cremallera de su traje de piloto de cuero negro. El cabello rojo, recogido en una trenza ajustada, resaltaba la palidez de sus facciones y la frialdad implacable de sus ojos oscuros.
La puerta de madera se abrió sin previo aviso. Alejandro entró en la estancia.
—La pista está húmeda por la niebla, Fabiola —dijo Alejandro, apoyando una mano en el marco de la puerta—. Los ingenieros recomiendan posponer la prueba de velocidad máxima dos horas.
Fabiola ni siquiera se giró. Ajustó los guantes de piel en sus manos con parsimonia antes de encararlo con esa sonrisa desafiante que a Alejandro le erizaba la piel.
—Los ingenieros sugieren; yo tomo las decisiones —respondió ella, dando dos pasos hacia él—. Un verdadero cliente no va a esperar a que el cielo esté despejado para conducir un *V12*. Si el auto no responde en asfalto mojado, no sirve.
Alejandro dio un paso al frente, acortando la distancia hasta quedar a escasos centímetros de ella. La miró desde su imponente altura, fascinado una vez más por la ausencia absoluta de duda o miedo en su rostro.
—No dejas espacio para el error, ¿verdad? —murmuró él, bajando la voz a un tono denso y privado—. Siempre tienes que demostrar que eres inquebrantable.
—No lo demuestro, Alejandro. Lo soy —sentenció ella, inclinándose un milímetro hacia él, sosteniéndole la mirada con una tensión magnética que quemaba el aire entre los dos—. Y si pensaste que tu presencia en este circuito me iba a poner nerviosa, te equivocaste de mujer.
Antes de que Alejandro pudiera responder, Giancarlo entró precipitadamente a la oficina, pálido y con un expediente bajo el brazo.
—Fabiola, tenemos un problema —interrumpió el financiero, deteniéndose en seco al notar la extrema cercanía entre Alejandro y su jefa—. Tienes que ver esto.
Fabiola dio un paso atrás, recuperando la postura ejecutiva sin perder la compostura.
—¿Qué ocurre, Giancarlo?
—Es sobre las piezas de aleación del chasis que llegaron esta mañana —dijo Giancarlo, mirando de reojo a Alejandro con profunda desconfianza—. Faltan tres contenedores del registro oficial. Y el hombre de confianza del señor Santamaría... Dominic... lo vi sospechoso hace un rato, con otro hombre.
La estancia quedó sumida en un silencio sepulcral.
Fabiola giró despacio la cabeza hacia Alejandro. Su sonrisa desapareció por completo, reemplazada por una mirada afilada como una guillotina.
Alejandro, por su parte, sintió una descarga de hielo en las venas. Miró a Giancarlo y luego a Fabiola, procesando la información al instante: la distracción, las reuniones, la fe ciega en su equipo... Dominic lo estaba traicionando a sus espaldas, utilizando el nombre de *Santamaría Holdings* para robar a la propia empresa que Alejandro pretendía dominar.
—¿Qué significa esto, Santamaría? —preguntó Fabiola con una voz dulce pero cargada de una amenaza mortal.
—Preocúpate por esa prueba —dijo Alejandro, mostrando una calma tan gélida que en realidad demostraba algo mucho más peligroso: una furia contenida a punto de estallar—. Yo resuelvo las cosas a mi manera con mis hombres.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió de la oficina a paso firme, envuelto en un aura de amenaza absoluta.
Fabiola se quedó en absoluto silencio, con los ojos clavados en la puerta por la que Alejandro acababa de desaparecer. Su mente trabajaba a mil por hora. Las discrepancias en los manifiestos, la extraña actitud de su mano derecha, la frialdad implacable con la que manejaba las cosas y esa sombra de peligro que siempre lo rodeaba... Por primera vez, Fabiola sentía que no podía dejar que la curiosidad la consumiera sin actuar. Tenía que saber la verdad.
—Posterga la prueba. Hay mucha humedad hoy —dijo Fabiola de pronto, sin apartar la mirada de la salida.
Giancarlo la miró asombrado, casi sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—¿Qué? Pero... Fabiola, tú misma dijiste hace un minuto que un cliente no espera a que el cielo se despeje...
—Dije que la postergues, Giancarlo —interrumpió ella con una voz cortante que no admitía la menor réplica—. Dile al equipo que revisen los sensores y esperen mis órdenes.
Sin dar más explicaciones, Fabiola se quitó los guantes de piel, los lanzó sobre la mesa y salió tras los pasos de Alejandro. Estaba dispuesta a seguirlo hasta las últimas consecuencias y descubrir, de una vez por todas, qué era lo que ese hombre en realidad escondía.