Valentina fue criada como hija de la casa Vargas, hasta que una copa rota, una mentira y el silencio de todos la condenaron a tres años de servidumbre en la manada Oscura.
Allí lavó ropa con las manos abiertas por el hielo, limpió establos, cargó leña, durmió sobre paja y aprendió que nadie iba a ir por ella. Cuando el plazo termina, Rodrigo Vargas, el Alfa que alguna vez significó hogar, aparece para llevarla de regreso.
Pero la Valentina que vuelve no busca abrazos, explicaciones ni perdón.
En la casa que la entregó, Isabela ocupa su lugar, Don Alejandro intenta arreglar su futuro como si fuera un problema familiar, Elena llora demasiado tarde y Rodrigo empieza a entender que la culpa no repara nada.
Solo Abuela Consuelo sigue llamándola "mi niña".
Cuando las cicatrices salen a la luz y las mentiras comienzan a romperse, Valentina decide algo simple: nunca más volverá a vivir como una Omega que otros pueden vender, esconder o nombrar a su antojo.
Y mientras la verdad de Isabela se pudre bajo perfumes falsos, un Beta llamado Diego aparece con una bondad tranquila que Valentina ya no creía posible.
Pero en un mundo de Alfas, manadas y destinos marcados por la luna, sobrevivir no será suficiente.
Valentina tendrá que elegir si quedarse entre las ruinas de la familia que la enterró... o caminar hacia una vida donde nadie vuelva a apagar su nombre.
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Capítulo 4
Capítulo 4
La piedra llegó envuelta en un trapo de cocina.
La trajo un mozo de establo al anochecer. No quiso entrar al pabellón del este. Se quedó en la puerta, con la gorra entre las manos, y miró hacia el corredor antes de hablar.
—Una Omega de la manada Oscura pidió que se lo diera.
Valentina abrió la puerta un poco más.
—¿Lucía?
—No dijo nombre. Solo dijo que usted sabría.
El muchacho le entregó el paquete y se fue rápido, como si temiera que alguien lo acusara de contrabandear una piedra.
Valentina cerró la puerta.
El cuarto estaba casi oscuro. La vela sobre la mesa apenas alumbraba la cama, el bulto de arpillera y la jarra de agua. Todavía no habían arreglado el postigo, así que el viento entraba por una rendija y movía la llama.
Desató el trapo.
La piedra era gris, plana, del tamaño de su palma.
Valentina se sentó en el suelo.
No necesitaba verla de cerca para reconocerla. La había encontrado el primer mes bajo una pila de leña, lisa por un lado, áspera por el otro. Al principio la usó para afilar la aguja. Después para contar.
Cinco líneas por grupo.
Una marca por noche.
El primer invierno, cuando todavía pensaba que Rodrigo aparecería. Cuando cada ruido de caballo en el patio la hacía levantar la cabeza. Cuando preguntaba a los guardias si había llegado carta para ella y ellos se reían.
Contó las marcas con el pulgar.
Una, dos, tres, cuatro, la quinta cruzada.
Otro grupo.
Otro.
La piedra no tenía espacio para todos los días. En algún momento empezó a marcar en los bordes, luego en la parte trasera, luego encima de marcas viejas. Mil noventa y cinco no cabían bien en nada.
Valentina cerró la mano sobre ella.
La piedra guardaba cosas que la casa Vargas no había visto.
El primer invierno, los dedos tan hinchados que no podía sostener la cuchara. La vieja del látigo le dijo que si no podía comer, al menos podía lavar. Valentina lavó.
El segundo verano, la fiebre junto al pozo. Había cargado agua hasta que el suelo se inclinó. Despertó detrás del granero, con Lucía dándole sorbos de agua sucia en la boca.
—No te duermas —le decía Lucía—. Si no vuelves al patio, van a venir por las dos.
Volvió al patio.
También recordaba el día en que dejaron de llamarla Valentina.
Fue un guardia joven. No sabía su nombre y gritó:
—Esa Omega, ven.
Nadie lo corrigió. Al día siguiente otra persona lo repitió. Después fue más fácil. Esa Omega. La coja. La de los Vargas. Tú.
Solo Lucía decía Valentina, y siempre en voz baja.
Tocaron la puerta.
Valentina no se movió.
—Valentina.
Rodrigo.
La voz estaba del otro lado. No sonó como una orden. Tampoco como una disculpa. Parecía alguien parado frente a una puerta sin saber si tenía derecho a tocarla.
Ella dejó la piedra sobre sus rodillas.
Rodrigo volvió a hablar.
—Quería saber si necesitas algo.
Valentina miró el cuarto: la cama dura, la vela corta, el postigo roto, la jarra de agua fría.
La pregunta era ridícula.
También era tarde.
No respondió.
La sombra de sus botas se veía por debajo de la puerta. Permaneció allí un buen rato. Valentina pensó que quizá insistiría. Rodrigo siempre había sabido insistir cuando lo que quería importaba.
No insistió.
Los pasos se alejaron.
Valentina envolvió la piedra otra vez y la guardó en el fondo del bulto, bajo la muda de lana. Luego se acostó sin quitarse el vestido.
La casa estaba en silencio.
En la manada Oscura, a esa hora todavía se oía a alguien toser, una Omega llorar bajo la manta, un caballo golpear la madera. Aquí no había nada. Solo el viento en el postigo.
Valentina cerró los ojos.
Durmió poco.
Pero me fascina la narrativa... Dura, blanco o negro, no hay floritorios en los romances., que casi no hay o no se perciben... cómo ese que "día a día crece" y no descubris si es un romance normal o personas que coinciden en tiempo y espacio.
Es rara y está muy buena