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Mi Señor Prohibido

Mi Señor Prohibido

Status: Terminada
Genre:CEO / Centrado emocionalmente / Diferencia de edad / Romance oscuro / Completas
Popularitas:23.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Muñoz nunca pensó que una llamada equivocada la llevaría a la cama de Santiago Fuentes, el hombre más poderoso y peligroso que había conocido.
Él era mayor, frío, rico y demasiado correcto para meterse con una chica como ella.
Pero también era el único que podía salvarla cuando su vida se estaba cayendo a pedazos.
Lo que empezó como un acuerdo terminó volviéndose deseo.
Santiago quería un heredero. Dulce necesitaba dinero.
Ninguno de los dos esperaba que entre noches ardientes, celos imposibles y secretos del pasado, el corazón también entrara en el trato.
Pero Santiago no es un hombre libre de enemigos.
Su familia quiere separarlos.
Leonardo Lozano, su rival, también parece conocer a Dulce desde antes.
Y mientras todos intentan decidir su destino, Santiago sólo tiene una certeza:
Dulce es suya.
Y esta vez no piensa soltarla.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Capítulo 14

Jimena recordó los reportajes financieros que había leído sobre Leonardo Lozano.

La rabia se le enfrió un poco.

Luego empezó a sonreír.

Ciudad de México estaba llena de hombres ricos.

Los Fuentes no eran los únicos.

Dulce podía quedarse con un viejo de la familia Fuentes si tanto quería. Ella iba a buscar a Leonardo Lozano: joven, poderoso, soltero y lo bastante importante para pisar a cualquier heredero común.

Esa misma noche iba a moverse.

Antes de alejarse por completo, Jimena volteó y me lanzó una mirada venenosa.

Como si me dijera:

Ya veremos quién ríe al final.

Yo crucé los brazos y la vi irse con Fabiola.

Cuando por fin desaparecieron, miré a Andrés.

—Andrés, ¿fuiste tú quien le avisó a tu jefe?

Él no intentó mentir.

—Sí.

Le levanté el pulgar.

—Después le digo que te suba el sueldo.

La encargada y el supervisor me miraron al mismo tiempo.

Sus ojos decían:

¿Y nosotros?

Me dio risa.

—A ustedes también.

La encargada soltó una sonrisa discreta.

Entré al probador con el vestido negro.

Me quedó sorprendentemente bien.

El cuello halter alargaba la línea de los hombros. La tela se ajustaba sin apretar demasiado y hacía que mi cintura se viera más marcada. También escogí una prenda ligera para combinar encima y otros dos vestidos de estilos distintos.

No quería comprar demasiado.

Tres conjuntos eran suficientes.

Renata escogió dos vestidos y un conjunto completo.

Al pagar todo junto, la tienda nos hizo descuento. Aun así fueron más de treinta mil pesos.

Antes, esa cantidad me habría hecho temblar.

Ahora todavía me dolía un poco, pero podía aceptarlo.

Era raro.

El dinero de Santiago se sentía como una manta caliente y peligrosa. Me daba seguridad, pero también me recordaba que no debía acostumbrarme demasiado rápido.

Andrés apareció en el momento exacto para cargar las bolsas.

Renata y yo nos miramos.

El hombre era tan serio para proteger y tan torpe para esperar en tiendas que daba ternura.

Después bajamos al primer piso.

Primero uñas.

Luego cabello.

Cuando la estilista me preguntó qué quería hacerme, miré mi pelo largo y lacio en el espejo.

Toda la vida lo había usado casi igual.

Negro.

Liso.

Barato de mantener.

Esta vez quería verme distinta.

—Ondas grandes —dije al fin—. De esas que se ven femeninas, pero no exageradas.

La estilista sonrió.

—Te van a quedar preciosas.

Tardó horas.

Cinco, para ser exacta.

Cuando terminaron, ya eran más de las siete de la noche.

Pero valió la pena.

Me miré en el espejo y casi no me reconocí.

Las ondas caían sobre mis hombros con un movimiento suave. Mi cara parecía más pequeña, mi cuello más largo, mi expresión menos de estudiante cansada y más de mujer que por fin se permite mirarse.

Renata se acercó por detrás.

—Amiga, de niña bonita pasaste a señora joven peligrosa.

La miré mal por el espejo.

—¿Señora?

—Señora de millonario, obvio.

Le di un golpecito en el brazo.

Ella también se había hecho rizos pequeños, más esponjosos, que le daban un aire dulce y travieso.

—Tú pareces muñeca de resortes —me burlé.

Renata se tocó el cabello, preocupada.

—¿Pero me veo bien?

La miré con seriedad.

—Sí. Mucho mejor que antes.

Ella suspiró, aliviada.

—El tuyo también está precioso. Con lo caro que salió, mínimo.

Yo pagué antes de que pudiera sacar la cartera.

Renata protestó.

—Dulce, ya pagaste la ropa.

—Tú me prestaste todos tus ahorros cuando yo estaba hundida —le recordé—. Hoy me toca consentirte.

Su expresión se suavizó.

No dijo más.

Al salir del salón, Renata se detuvo de pronto.

—Oye, aquí cerca está el Bar Bahía Azul. Dicen que es famosísimo. Van actores, cantantes, influencers... Ya que estamos arregladas, deberíamos ir a conocer.

Dudé.

Un bar.

No sabía si a Santiago le molestaría.

Y, para ser sincera, esos lugares me daban un poco de miedo. En mi cabeza eran ruido, borrachos, hombres pegajosos y problemas.

Renata me leyó la cara.

—No vamos a emborracharnos. Entramos, vemos el ambiente, bailamos un rato y ya. Además, Andrés está con nosotras.

Miré la hora.

Tampoco quería volver tan temprano a la villa para extrañar a Santiago acostada en una cama enorme.

—Está bien. Pero no tomamos.

—Trato.

Nos cambiamos en el baño del centro comercial.

Me puse el vestido negro halter.

Faltaban zapatos.

Entramos a una tienda y compré unos de tacón bajo, cómodos, lo suficiente para verme arreglada sin romperme los pies.

Después pasamos por una tienda de maquillaje.

La maquillista me hizo un look suave, con piel luminosa, ojos marcados sin exagerar y labios en un tono rosado más adulto. No era maquillaje pesado. Era justo lo necesario para que mi cara pareciera más pulida.

Cuando terminó, se quedó mirándome.

—Qué bonita te ves.

Yo también me miré.

Ahora entendía esa frase de que la belleza se construye con tres partes de cara y siete de arreglo.

No me había convertido en otra persona.

Pero sí en una versión mía que no sabía que existía.

Renata salió del otro asiento con un vestido azul claro de tirantes y un saquito pequeño. Su maquillaje combinaba con su aire dulce.

—Qué lástima que tu novio rico no esté aquí —dijo—. Si te viera, se le caería la mandíbula.

Me sonrojé.

—Tú también te ves preciosa. Vamos al bar y vemos si encuentras un novio rico.

—No, gracias. Los hombres de bar casi nunca sirven para algo serio.

—Mira quién habla con tanta sabiduría.

Renata se encogió de hombros.

—Una aprende viendo desgracias ajenas.

Volvimos al coche.

Cuando le dije a Andrés que queríamos ir al Bar Bahía Azul, frunció el ceño.

Yo entendí su preocupación.

Con el vestido, las ondas y el maquillaje, sabía que podía llamar más la atención de la que estaba acostumbrada. Si entraba a un bar así, Santiago tal vez se pondría celoso.

—Andrés, si te preocupa, entra con nosotras. De verdad sólo queremos ver cómo es. No vamos a tomar.

Él pensó unos segundos.

—Entro.

No sonaba muy convencido, pero aceptó.

Hacía tiempo que no iba a un bar, y quizá una cerveza no le caería mal.

El Bar Bahía Azul estaba en una calle conocida por sus restaurantes, terrazas y vida nocturna.

Andrés sabía algo que yo no:

El lugar era de Leonardo Lozano.

Grupo Lozano y Grupo Fuentes eran rivales. Leonardo y Santiago no se odiaban abiertamente, pero tampoco podían ser amigos. Demasiados negocios, demasiada competencia, demasiada gente comparándolos.

Aun así, Santiago no era mezquino.

Andrés había ido al Bahía Azul antes y su jefe nunca le dijo nada.

Al llegar, todavía era temprano, así que había lugares de estacionamiento.

Andrés bajó primero.

Nos llevó hacia la entrada.

Yo miré alrededor con curiosidad.

No era como imaginaba.

Más que antro descontrolado, parecía un bar elegante con pista amplia. Las luces eran bajas, azules y doradas, sin lastimar los ojos. Había seguridad en las esquinas, hombres con uniforme negro observando sin invadir. La música era alegre, bailable, pero no ensordecedora.

En la pista ya había varias personas moviéndose.

En las mesas y la barra se veía más gente joven, sobre todo mujeres arregladas. Algunas llevaban vestidos muy cortos, escotes profundos, maquillaje intenso, tacones imposibles. Era evidente que muchas no habían ido sólo a bailar.

Yo intenté buscar caras conocidas.

Tal vez algún actor.

Alguna cantante.

No vi a nadie.

Pero al mirar hacia la entrada, sí vi a Jimena.

Por supuesto.

Entró con un vestido rojo ajustado al cuerpo, sin abrigo, tacones de aguja altísimos y aretes grandes. Su cabello llevaba ondas más marcadas que el mío y caminaba con una energía agresiva, como si necesitara que toda la habitación notara su llegada.

Venía con otra mujer.

Cecilia Rivas.

Una antigua compañera de la preparatoria.

Cecilia era más alta que Jimena, al menos un metro setenta y dos, y con tacones parecía todavía más. Llevaba un vestido de corte parecido, pero en ella se veía menos vulgar y más de modelo de pasarela: alta, delgada, maquillaje calculado, una belleza fría que sabía venderse como elegancia.

Yo no tenía buenos recuerdos de ella.

Jimena era mala de forma directa.

Cecilia era peor.

Ella sabía sonreír.

Sabía quedar bien.

Sabía hacerte pensar que estaba de tu lado mientras te dejaba caer.

Después de graduarnos, me agregó por WhatsApp. En fiestas y Año Nuevo me mandaba saludos, frases bonitas, stickers de buena suerte. Yo pensé que tal vez quería ser mi amiga.

Cuando necesité dinero para mi mamá, se me ocurrió preguntarle.

Cecilia no dijo que no.

Dijo que iba a preguntar con algunos amigos.

Yo le creí.

Cada vez que le escribía, me decía que esperara un poco más.

Pasó un mes.

El día en que mi pago estaba a punto de vencerse y yo ya no sabía a quién rogarle, la llamé.

Entonces me dijo, con esa voz suave:

Lo siento, Dulce, he estado ocupadísima y se me olvidó.

Se me olvidó.

Como si mi desesperación fuera una nota perdida en una agenda.

Todavía me ardía recordarlo.

Jimena y Cecilia también me vieron.

Jimena se quedó mirándome de arriba abajo.

Por un segundo, casi no me reconoció.

En su cabeza, Dulce Muñoz siempre había sido pobre, simple, sin arreglo, una mujer que no podía competir con ella. Verme así, con el vestido negro, las ondas y el maquillaje fino, le torció el gesto.

Ella se había arreglado durante horas para ser el centro de la noche.

Y, de pronto, yo estaba ahí.

No más exagerada.

Pero sí más fresca.

Más limpia.

Más peligrosa de lo que esperaba.

Jimena había ido con Cecilia después de salir humillada de MUSA.

Durante un tiempo, en la escuela, habían sido cercanas. Cecilia era una mujer astuta. Después de graduarse se mudó a Ciudad de México, trabajaba como secretaria de un director en una empresa grande y, por las noches, mantenía una relación escondida con otro hombre casado.

Además tenía novio oficial: un hijo de familia joven, guapo y ridículamente enamorado, que ya le había comprado una casa enorme.

Jimena la envidiaba.

Mucho.

¿Por qué Cecilia, que ni siquiera era más bonita que ella, podía conseguir un rico de verdad?

Sus pretendientes le daban dinero, sí, pero no eran herederos. No eran grandes fortunas.

Esa noche, Jimena ya tenía objetivo.

Leonardo Lozano.

El único hombre capaz de aplastar a todos esos juniors comunes.

Después de volver a casa, buscó todo sobre él. Leonardo era casi el único heredero de Ciudad de México que podía compararse con Santiago Fuentes en poder, dinero y apariencia. Grupo Lozano dominaba el sector inmobiliario, tenía inversiones en cine y producción, y muchas estrellas compraban propiedades con ellos. Leonardo era tan guapo que hasta los usuarios de redes le pedían que dejara los negocios y actuara.

También se decía que conocía a gente peligrosa.

Demasiado peligrosa.

Pero eso, para Jimena, no era advertencia.

Era atractivo.

Cecilia le había contado que el Bahía Azul era de Leonardo.

Si una quería llamar su atención, tenía que aparecer ahí.

Jimena estaba segura de que muchas mujeres iban por eso mismo.

Y, al verme, decidió que yo también.

Se acercó con sus tacones golpeando el piso.

—Dulce Muñoz —dijo, mirándome el vestido—. Te arreglaste muchísimo para venir al bar. ¿Qué pasó? ¿Vienes a ponerle los cuernos a tu viejo?

Me acomodé una onda del cabello.

—Tú viniste a pescar hombres y crees que todas traemos tu misma hambre.

Jimena soltó una risa.

—No te hagas. ¿Entonces a qué viene una mujer vestida así?

La miré con inocencia.

—¿Yo necesito pescar? Mi viejito sabroso me da más dinero del que alcanzo a gastar.

Había algo que sí le reconocía a Jimena:

Era directa.

Incluso cuando intentaba ser calculadora, se le notaba el veneno.

Cecilia, en cambio, era otra cosa.

La vi mirar a Jimena con un destello de desprecio.

Seguro pensaba que Jimena era demasiado burda, que no sabía fingir.

Cecilia volvió hacia mí una sonrisa perfecta.

Al verme arreglada y saber por Jimena que supuestamente me había pegado a don Ernesto Fuentes, algo oscuro le cruzó por dentro.

Ella desde niña había decidido que iba a casarse con dinero.

Y, en cierto modo, lo había logrado.

Tenía un novio rico.

Pero en Ciudad de México había niveles.

El dinero de su novio no era nada frente al apellido Fuentes.

Ni siquiera las sobras.

Hacía poco yo le había pedido prestado.

Ella había disfrutado escuchar mi voz necesitada.

Y ahora yo estaba ahí, maquillada, con vestido nuevo, hablando como si el dinero me sobrara.

Si de verdad yo estaba ligada a los Fuentes, Cecilia no podía tratarme como antes.

Al menos no en la superficie.

Le lanzó a Jimena una mirada de advertencia.

Jimena entendió y se tragó el siguiente insulto.

Tenía que aprender a verse suave si quería que Leonardo Lozano se fijara en ella.

Cecilia miró alrededor con naturalidad fingida.

Buscaba a Leonardo.

Jimena también.

Yo lo noté.

No estaban ahí por música.

Cecilia volvió a poner su sonrisa dulce.

—Dulce, qué sorpresa verte aquí. Te ves preciosa. Casi no te reconocí.

Su voz me dio náusea.

No quería jugar a la cortesía con ella.

—¿Tú y yo somos tan amigas?

La sonrisa de Cecilia se tensó apenas.

Qué directa era yo.

Ella inclinó la cabeza con gesto herido.

—Yo pensé que sí. Hasta me pediste dinero prestado...

Me reí.

El enojo me subió como fuego por el pecho.

Eso era lo que hacía una mujer hipócrita:

Te enterraba una aguja y luego ponía cara de víctima cuando sangrabas.

—Cecilia, ¿no te cansa actuar? —pregunté.

Ella abrió los ojos, como si no entendiera.

—Dulce, de verdad lo siento. Esa vez estaba muy ocupada y...

—No querías prestarme, y estaba bien —la corté—. Nadie estaba obligada. Pero me dijiste que ibas a preguntar con tus amigos, me tuviste esperando un mes y al final saliste con que se te olvidó. Se te olvidó que mi mamá estaba enferma. Se te olvidó que yo estaba desesperada. Qué conveniente tu memoria.

Cecilia apretó los dedos sobre su bolso.

Seguía sonriendo.

Pero los ojos ya no.

—Creo que me malinterpretaste.

—Esa frase úsala con hombres. Yo no soy tonta.

Renata, a mi lado, respiró hondo.

Sabía exactamente cuánto me había dolido eso.

Yo me acerqué un poco a Cecilia y le sonreí, esta vez con toda la calma que pude juntar.

—De todos modos, gracias.

Ella parpadeó.

—¿Gracias?

—Sí. Si no hubieras sido tan fría, quizá no habría terminado marcándole a mi señor. No habría conocido a mi viejito sabroso. No estaría aquí, con vestido nuevo, cabello nuevo, uñas nuevas y ganas de bailar.

Vi el golpe dar justo donde quería.

Cecilia tenía talento para ocultarse, pero no era invencible.

Su expresión cambió un segundo.

Envidia.

Pura.

Miré de Cecilia a Jimena con una sonrisa tranquila.

—Les deseo suerte. Ojalá pesquen pronto a un hombre rico.

Después enderecé la espalda.

Sacudí mis ondas grandes sobre el hombro.

Rodeé con un brazo a Renata.

—Vamos a bailar.

No iba a tomar.

Pero bailar sí podía.

Renata soltó una carcajada y se dejó llevar conmigo hacia la pista.

Andrés, a unos pasos, se tocó la frente.

Su jefe había viajado menos de un día.

Y la futura señora Fuentes ya estaba en el bar de Leonardo Lozano, vestida de negro, con ondas grandes, enfrentando a dos mujeres venenosas y entrando a la pista como si no hubiera problema.

Andrés sacó el celular.

Otra vez.

No sabía si enviar video o rezar primero.

1
sonya martz
me da pena Leonardo, pero en el corazón no se manda
sonya martz
me encantó, de principio fin, gracias autora 🙏🏻
sonya martz
lloré
sonya martz
vaya! vaya! 😮
sonya martz
jajajaja jajajaja Jimena, eso te pasa por avariciosa /Facepalm/
sonya martz
cuánta maldad en ese viejo 😮
sonya martz
pobre Leonardo 🥺
sonya martz
Zaira, espero que quedes en la ruina, por cobarde, desgraciada
sonya martz
Mariana no va a quitar el dedo del renglón 😠
sonya martz
lo sabía
sonya martz
🤔🤔🤔🤔
sonya martz
exacto, son unas malditas, desgraciadas!!!😠😠😠
sonya martz
vaya! Leonardo llegó justo a tiempo 😏
sonya martz
malditas!! no se cansan de hacer daño??
sonya martz
y ahora, que va a hacer el viejo 🙄😠
sonya martz
Mariana se saldrá con la suya???🤔
sonya martz
Nooooooo! por favor nooooo!!
sonya martz
pobre Santiago 🥺
sonya martz
Dulce, la verdad no te entiendo 🤔
sonya martz
hay no!!! que no le pase nada malo a Santiago 🥺
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