Estela y José se conocen desde la infancia, marcados por una diferencia de edad que parecía un abismo y una eterna relación de perro y gato. Detrás de cada burla y de cada cita saboteada, se escondía un amor tan profundo como doloroso. Al crecer, el orgullo, las malas decisiones y terceras personas los distanciaron, empujando a José a forjar una falsa reputación de hombre frío y mujeriego para proteger su dignidad herida.
Años después, convertidos en dos exitosos profesionales, el destino los obliga a unirse de nuevo. Laura, hermana de José y mejor amiga de Estela, se convierte en el lazo inquebrantable que derriba sus muros. Un inesperado viaje de negocios a la costa y la estrechez de un apartamento compartido encenderán la mecha de una pasión contenida durante una década. ¿Podrán sanar los fantasmas del pasado y admitir que sus corazones siempre se pertenecieron, o el orgullo familiar ganará la última batalla?
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CAPITULO 20. EL PRELUDIO DEL IMPERIO Y EL CRUCE DE CAMINOS.
Parte 1: La perspectiva de José
El primer año de vida de la tienda de alimentación de mi hermana y Estela se me pasó como una ráfaga de viento helado que no hizo más que avivar mi frustración. Desde la distancia de mi despacho céntrico, vi cómo ese local residencial viejo y desmantelado se transformaba, a base de un trabajo esclavo de catorce horas diarias, en un éxito rotundo en el barrio. Laura controlaba los márgenes comerciales, los stocks y los proveedores locales con la misma firmeza con la que gestionaba el gran supermercado de la capital; Estela se encargaba de las exenciones fiscales, las normativas de consumo y el blindaje legal de los contratos de distribución.
Hacían un equipo perfecto. Tan perfecto que los balances anuales de su modesto comercio minorista arrojaron unos beneficios que dejaron boquiabiertos a mis propios padres.
—Hijo, deberías ir a verlas —me sugirió mi padre una noche, mientras tomábamos una copa en el salón de casa—. Han comprado las licencias de dos locales más en las localidades vecinas. Van a constituir una sociedad limitada de distribución alimentaria a gran escala. La van a llamar Compradona. Laura dice que aspiran a ser una gran cadena de supermercados corporativa. Estoy muy orgulloso de ellas.
Asentí en silencio, tragándome el nudo amargo que me cerraba la garganta. Orgullo. Eso era lo que yo sentía también, un orgullo salvaje mezclado con una impotencia que me carcomía por dentro. Estela seguía soltera, volcada en cuerpo y alma en la expansión de su negocio legal, hermosa, inalcanzable y completamente ajena a mi existencia. Mi farsa de hombre mujeriego, de soltero codiciado que acumulaba citas los fines de semana para salvar la dignidad herida, se sentía cada día más pesada y ridícula. Me había aislado tanto de mi propia familia para no cruzarme con ella que ahora me encontraba atrapado en una celda de oro, observando desde mi atalaya tecnológica cómo la mujer de mi vida levantaba su propio imperio empresarial sin necesitar mi ayuda para nada.
El timbre de mi teléfono móvil rompió el silencio de mi oficina, devolviéndome a la realidad del presente de un plumazo. Al ver el nombre de mi madre en la pantalla, suspiré profundamente antes de contestar. No venía con rodeos. Su tono de voz era firme, autoritario y desprendía un claro cansancio acumulado tras años de aguantar mis evasivas y mis excusas de trabajo de última hora.
—José, ya está bien —me soltó sin darme tiempo ni a saludar—. Este domingo te espero en casa para cenar. He decidido que se restablecen las noches de cena familiar los domingos, de manera obligatoria e inexcusable para todos. Estoy harta de que tus hermanas y tú nos tengáis abandonados y andéis desperdigados por ahí con vuestros negocios y vuestras oficinas. Así que no quiero escuchar ni una sola excusa sobre contratos o reuniones. Te quiero ver en esa mesa a las ocho en punto.
Colgué la llamada sintiendo un vuelco violento en el estómago que me dejó completamente paralizado en la silla de piel. Se me acabó el tiempo de esconderme. El algoritmo de mi aislamiento voluntario se había roto por completo ante el decreto de mi madre. Sabía perfectamente lo que significaba volver a esa casa un domingo por la noche: significaba cruzarme de frente con Estela después de años de esquivarnos en la distancia. El pulso se me aceleró por pura inercia mientras me aflojaba el nudo de la corbata. Ya no valían las mentiras de mi vida de donjuán cansado ni las armaduras de CEO de TechCore Solutions. El domingo tendría que sentarme a escasos centímetros de la única mujer que me quitaba el sueño, y mi orgullo herido empezó a temblar ante la idea de tener que sostenerle la mirada en mitad del comedor de mis padres.
Parte 2: La perspectiva de Estela
El letrero luminoso de la fachada principal parpadeó un par de veces antes de quedar completamente encendido con un azul corporativo impecable: Compradona. Me quedé de pie en mitad del aparcamiento asfaltado, contemplando la inauguración de nuestra tercera gran superficie, sintiendo que una oleada de realización legítima me recorría el cuerpo. Habían pasado los años del polvo, el serrín y las paredes pintadas a rodillo en el local residencial. El esfuerzo descomunal, las madrugadas abriendo las puertas a los mayoristas de fruta y las noches en vela redactando estatutos societarios habían dado sus frutos.
Laura y yo ya no éramos dos universitarias precarias intentando sobrevivir a los empleos abusivos de la capital; éramos las fundadoras y máximas responsables de una de las cadenas de supermercados con mayor proyección de crecimiento del sector corporativo.
—Lo logramos, Estela —dijo Laura, colocándose a mi lado con una carpeta ejecutiva bajo el brazo y una sonrisa radiante de oreja a oreja—. El balance de apertura ha superado todas las previsiones de la central. Los proveedores están firmando las cláusulas de exclusividad sin pestañear.
—Estamos blindadas legalmente en toda la red de distribución, Lau —respondí, dándole un abrazo firme, compartiendo una victoria que nos había costado sangre, sudor y muchas lágrimas de cansancio—. Nadie va a poder tumbar esta marca.
Caminamos hacia las oficinas de la planta alta para revisar los últimos informes financieros antes del cierre del trimestre. Durante todos estos años de crecimiento empresarial, me mantuve firme en mi soltería. Me enfoqué al cien por cien en las leyes de Compradona, cerrándole las puertas de mi corazón a cualquier romance pasajero o intento desesperado por rellenar el vacío del pasado. Las dolorosas lecciones que me dejaron los engaños de Sergio y la insipidez de mis otras parejas me sirvieron para entender que no necesitaba parches de arena en mi vida. Estaba muy bien sola, segura de mí misma, madura y respetada en las juntas directivas como una abogada implacable que no se dejaba amedrentar por ningún directivo estirado.
En ese momento, mi teléfono móvil comenzó a vibrar sobre el escritorio de cristal. Al descolgar, la voz de la madre de Laura, que para mí siempre había sido como una segunda madre, inundó la línea con una determinación que no admitía réplica alguna.
—Estela, cariño, te llamo para avisarte de que este domingo te espero en casa para cenar —me anunció con un tono cariñoso pero tajante—. Se acabaron las ausencias y los fines de semana de trabajo en la gran ciudad. He instaurado las cenas familiares de los domingos por la noche de forma obligatoria e inexcusable. Estoy verdaderamente harta de ver cómo mis hijos nos tienen abandonados y andan todos desperdigados por ahí sin hacernos una visita. Laura ya me ha confirmado que viene, así que tú no puedes faltar. Nos vemos el domingo.
Al colgar el teléfono, el aire se me escapó de los pulmones por un segundo y sentí un cosquilleo salvaje en el estómago que creía haber sepultado bajo toneladas de informes jurídicos. Volver a esa casa un domingo por la noche. Tener que sentarme en el comedor de los Ibáñez sabiendo que José estaría sentado justo enfrente de mí. El tiempo de la distancia obligada y de las trincheras del pasado se había agotado de golpe por culpa de un mandato familiar. Me mordí el labio, manteniendo los hombros hacia atrás y clavando la mirada en los balances del escritorio. José seguía alimentando su fama de mujeriego picaflor en las revistas de sociedad, encerrado en su papel de hombre frío que ya no se rebajaba a mezclarse con nosotras, pero el domingo se le acabaría el escondite. Me arreglé el cuello de la chaqueta y respiré hondo. José creía que seguía tratando con la niña inmadura que lloraba por sus esquiveces, pero en esa mesa familiar se iba a encontrar con la vicepresidenta de Compradona, lista para demostrarle que el juego del orgullo por fin había cambiado de dueña.