Leonela no es una mujer de armas, pero su voz es un látigo de verdad y su presencia, un muro inamovible frente a su hijo, Santiago. Cuando una red de traiciones familiares amenaza con arrebatarle lo único que ama, Leonela se ve obligada a aceptar un matrimonio por contrato con el hombre que personifica todo lo que ella teme: Gael.
Gael es un titán cruel y posesivo. No hace tratos por generosidad; él "colecciona" lo que desea, y ha deseado a Leonela desde el momento en que la vio defender a su hijo con la dignidad de una reina en ruinas. Lo que Gael no espera es que su nueva "adquisición" no agacha la cabeza.
En medio de una guerra de poder, el pequeño Santiago, con su curiosidad implacable, se convierte en el único capaz de desarmar la mirada devoradora de Gael, mientras Leonela descubre que el peligro más grande no es el mundo exterior, sino la intensidad eléctrica que siente cada vez que Gael fija sus ojos en ella.
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capitulo 4
El zumbido del teléfono encriptado al colgarse fue el único sonido que quebró la estática del despacho. Las luces de la ciudad continuaban parpadeando al otro lado del cristal, ajenas a la subasta de vidas que se llevaba a cabo en el piso cincuenta y nueve. Gael permaneció de pie junto a su mesa de mármol negro, con una mano apoyada en la superficie pulida y la otra sosteniendo un cigarrillo apagado entre los dedos largos. La iluminación dorada de la lámpara recortaba la dureza de su perfil, dándole el aspecto de una deidad de piedra que observaba el fin de un mundo.
Leonela se mantuvo firme en el centro de la estancia. El pulso en su garganta seguía latiendo con fuerza, y el calor residual del contacto de Gael en su barbilla aún le encendía la piel. Esperaba una llamada a sus hombres, una orden de ejecución contra la facción de Julián, o al menos un despliegue inmediato de seguridad en torno al apartamento donde Santiago dormía bajo el cuidado de su vecina más leal.
Sin embargo, Gael no llamó a sus soldados. Se limitó a mirarla, y una sonrisa fría, apenas un esbozo de cinismo que no llegó a sus ojos grises, curvó su labio superior.
—¿De verdad creíste que entraste aquí usando el factor sorpresa, Leonela? —preguntó él. Su barítono profundo cruzó el espacio con una lentitud tortuosa, cada sílaba cargada de una franqueza cortante que desmanteló el último reducto de confianza de la mujer.
Leonela arqueó las cejas, sus ojos oscuros estrechándose.
—Conozco la marca de tus zapatos antes de que pises el vestíbulo —continuó Gael, dando un paso hacia ella, su silueta imponente bloqueando la luz del ventanal—. Sé que tu apartamento tiene sesenta metros cuadrados, que te levantas a las cinco de la mañana para limpiar el rastro de la quiebra familiar y que la mochila de dinosaurios de tu hijo tiene un tirante descosido que tú misma arreglaste el martes pasado. Sé perfectamente quién eres desde el segundo en que Julián empezó a lamer los bordes de mis muelles usando tu apellido como excusa.
Un frío repentino, una descarga de pánico interno que se mezcló con una humillación punzante, recorrió la espina dorsal de Leonela. La revelación de que su intimidad, su miseria y su vulnerabilidad habían sido archivadas en la mente de este hombre la hizo sentirse expuesta, desnuda bajo el vestido de punto negro que se adhería a su silueta. La sensualidad de su furia se volvió física: su pecho subió y bajó con violencia, ensanchando el escote del vestido, mientras el sudor frío de la agitación hacía que la tela fina se pegara a sus curvas.
—Si lo sabías todo, ¿por qué dejaste que viniera? —escupió ella, dando un paso adelante, acortando la distancia con una temeridad que desafiaba el control del lobo—. ¿Para divertirte viendo cómo una madre mendiga la seguridad de su hijo?
—Yo no mendigo y no soporto ver a otros hacerlo —replicó Gael. Se detuvo a escasos centímetros de ella, invadiendo su espacio con ese calor abrasador y el olor a sándalo y tabaco que entorpecía el juicio de Leonela—. No dejé que vinieras para divertirme. Dejé que vinieras porque me hacías falta. Pero no te equivoques, leona. El imperio Vancini no es una casa de caridad, y yo no ofrezco ayuda. Ofrezco transacciones.
Gael extendió el brazo, y con una delicadeza desconcertante que rozaba la perversión de su poder, rozó con el dorso de sus dedos el hombro descubierto de Leonela, allí donde el jersey gris de la tarde había dejado la piel expuesta a la corriente de aire frío del despacho. El contraste de sus dedos curtidos contra la suavidad de ella hizo que un estremecimiento biológico, una pulsación líquida de deseo absoluto y rabia, estallara en el vientre de la mujer. Sus pezones se tensaron bajo la tela, una traición evidente que Gael registró con una fijeza devoradora en sus pupilas dilatadas.
—¿Qué tipo de transacción? —preguntó ella, apretando los dientes para que su voz no temblara.
—Mi imagen pública necesita una reforma —sentenció Gael, apartando la mano con lentitud, regresándola al bolsillo de su pantalón de sastre—. Los tribunales de comercio están husmeando en las concesiones del puerto, y el sindicato me pinta como a un carnicero sin escrúpulos. Un hombre de familia, un hombre casado con la última heredera de la textilera tradicional, un apellido que la vieja aristocracia aún respeta a pesar de la bancarrota... eso me daría la legitimidad que los jueces necesitan para mirar hacia otro lado.
Leonela lo miró con incredulidad, la franqueza cortante de sus facciones tornándose en una mueca de asco.
—Quieres un trofeo —dijo ella.
—Quiero un contrato —corrigió él, y su resolución mortal no dejó espacio para la réplica—. Sé mi esposa, Leonela. Dale legitimidad a mi imagen pública ante la junta y la prensa, siéntate a mi mesa en las cenas benéficas y sonríe cuando los fotógrafos apunten a mi apellido. A cambio, el precio de tu príncipe estará pagado.
Gael se inclinó, su rostro descendiendo hasta que sus labios casi rozaron el lóbulo de la oreja de Leonela, permitiendo que su aliento cálido la quemara en medio del invierno artificial del piso cincuenta y nueve.
—Firma ese documento, quédate en mi casa bajo mis reglas, y tu hijo será intocable. Julián pasará de ser una amenaza a convertirse en cenizas antes de que termine la semana. Mis hombres levantarán un muro de acero alrededor de Santiago. Tendrá los mejores médicos, los mejores colegios y la seguridad de que ningún círculo rojo volverá a rodear su foto. Pero el precio de su vida es tu libertad. Serás mía, ante la ley y ante el mundo.
El peso de la propuesta cayó sobre Leonela como las puertas de hierro de una prisión de máxima seguridad. La transacción era nítida, humanizada por la crudeza de un hombre que no fingía sentimientos que no poseía. No había romance, no había cortejo; era la compra legal de su presencia a cambio de la respiración de su hijo. Miró los ojos grises de Gael, dos abismos de control que esperaban su capitulación.
La atracción trágica de la situación la asfixiaba: odiaba la soberbia de Gael, odiaba el imperio que él representaba, pero al mismo tiempo, sentía el magnetismo de la fuerza absoluta que emanaba de su cuerpo desnudo bajo la camisa gris, una fuerza que era la única garantía real de que Santiago vería el amanecer del día siguiente.
—¿Tengo opción a negociar las cláusulas? —preguntó ella, con una fijeza gélida que demostraba que, incluso en la derrota, la leona conservaba las garras.
Gael enderezó el cuerpo, recuperando su postura de gigante corporativo. Su mirada la recorrió una última vez, una tasación final que dio por concluido el encuentro.
—Mi secretaria tendrá el contrato listo a las ocho de la mañana —respondió él, dándole la espalda para regresar a su sillón de cuero—. Tienes hasta entonces para decidir si prefieres el orgullo de una viuda o la seguridad de una reina. Puedes retirarte, Leonela.
Leonela caminando hacia el ascensor privado, con el eco de sus tacones resonando en el mármol negro como una cuenta atrás. El precio del príncipe había sido fijado, y al salir a la noche fría de la ciudad, la seda de su vestido ya no se sentía como una armadura, sino como el primer eslabón de las cadenas que Gael Vancini acababa de forjar para ella. El juego de poder ya no tenía vuelta atrás; la boca del lobo se había cerrado, y la leona acababa de descubrir el costo exacto de mantener a su cachorro con vida en el reino de los monstruos.