Kira es una loba fuerte y decidida, el tesoro más resguardado de la manada central. Durante la noche de su vigésimo cumpleaños, frente a la gran piedra ancestral, su destino parece sellarse al estallar el lazo de pareja con Jared, el Alfa del Este. A pesar de las dudas de su padre y sus hermanos mayores, Kira marcha con él a sus tierras, pero la convivencia no es lo que esperaban: el vínculo se siente vacío, no hay pertenencia y el dolor no aparece cuando deciden rechazarse de mutuo acuerdo.
Tras regresar a su hogar sumida en la incertidumbre, su tía le propone un viaje desesperado hacia el Reino de la Noche para buscar la sabiduría del vampiro Vlad. Allí, la Bruja Madre le revelará una maldición ancestral que pesa sobre la tercera generación de su sangre, condenándola a un desfile de parejas falsas. ¿Podrá Kira romper el castigo de la deidad y reconocer el verdadero latido de su corazón cuando el enigmático Aidan se cruce en su camino? Descúbrelo en el quinto y último libro de la saga
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CAPITULO 9. EL CALLEJON DE LAS DUDAS
La reunión familiar se extendió hasta altas horas de la madrugada sin que lográramos avanzar un solo centímetro hacia una explicación real. La mesa de piedra del salón estaba sepultada bajo antiguos manuscritos de medicina forestal y registros de linajes antiguos que mi hermano mayor había subido desde el archivo subterráneo de la vivienda. Su mente analítica había operado a máxima velocidad durante toda la noche, revisando cada pergamino tradicional, pero sus facciones contraídas delataban que sus esfuerzos no habían servido para nada.
—No hay absolutamente nada en las mallas de la biblioteca, Kira —me habló mi hermano mayor, dejándose caer en el sofá frente a mí, frotándose las sienes con evidente cansancio—. He repasado los casos de rechazos de las últimas tres generaciones en todas las manadas aliadas del continente. En cada uno de ellos, el dolor del alma rota dejó secuelas físicas imborrables. Lo vuestro con Jared desafía cualquier ley natural de los lobos. El chispazo eléctrico que sentisteis en la piel existió, la inercia de la deidad se manifestó ante la piedra ancestral, pero vuestros corazones permanecieron completamente ajenos a la entrega afectiva. No hay registros de una mentira biológica de tal magnitud.
Mi madre se acercó a paso lento, colocando una manta sobre mis hombros, regalándome caricias tiernas por el contorno del cuello para devolverle el sosiego a mi espíritu alterado.
—He hablado con las matronas del pueblo real por telepatía —añadió mi madre, dirigiendo sus ojos fijos hacia mi padre—. Ellas tampoco tienen ninguna referencia anterior de un caso parecido. Dicen que el rechazo indoloro solo podría ocurrir si las almas de los lobos nunca se hubieran enlazado de verdad en el plano místico, pero eso es imposible si la piedra ancestral reaccionó ante la Luna llena. Toda la corte fue testigo del estallido del lazo. Estamos dando vueltas en mitad de la negrura y esta incertidumbre está asfixiando a nuestra hija.
Mi loba, Vesta, se removió en mis canales energéticos con un quejido de absoluta frustración, contagiándome de un desgarro de cansancio psicológico que me contraía el pecho. Haber tomado la firme resolución de disolver mi unión con el Alfa del Este me había liberado del invierno perpetuo de su fría convivencia, pero regresar a mi casa para convertirme en el centro de un misterio indescifrable estaba triturando mi cordura minuto a minuto.
—Tal vez la Diosa Luna me esté castigando por haber dudado de su regalo desde el primer mes —sugerí en un hilo de voz trémula, con el corazón roto por el miedo al exilio de mis propios sentimientos—. Quizá mi falta de sumisión ante las leyes de la sangre provocó que el lazo se secara en nuestros adentros hasta volverse un tratado vacío.
—No digas tonterías, Kira — espetó mi hermano menor con un tono ronco pero colmado de una inmensa protección fraternal, dando un paso felino hacia mi posición—. Tú no has hecho nada malo. Jared y tú actuasteis con una madurez admirable al no forzar una farsa que os reportaba tristeza y dolor en la intimidad. Si el vínculo carecía de emociones reales, lo correcto era disolverlo. Aquí hay gato encerrado y las respuestas no van a aparecer de forma espontánea por mucho que revisemos estos papeles viejos.
Mi tía dio un paso hacia el centro del salón circular, rompiendo por fin su silencio de horas. La parsimonia con la que se plantó frente a mi padre obligó a que todos los murmullos de la habitación se congelaran de golpe, capturando la inmensa gravedad que emanaba de su presencia. El esqueleto de nuestra discusión familiar había alcanzado su límite de lógica; las leyes de los lobos no tenían el alcance suficiente para descifrar las costuras rotas de mi destino y la fijeza de su semblante endurecido delataba que el mañana de mi búsqueda nos obligaría a cruzar las fronteras de nuestro propio mundo para blindar mi porvenir frente a la inminente tempestad que ya se gestaba sobre nuestra estirpe.