Durante cinco años, Isabela soportó en silencio el desprecio, las humillaciones y la frialdad de su esposo Mateo, un poderoso magnate atrapado en la obsesión por una mujer que solo sabía traicionarlo. Isabela entregó su juventud y su corazón para cuidar de su hogar y de su pequeño hijo Mael, pero para Mateo ella nunca fue más que una intrusa.
Cansada de vivir bajo la sombra del dolor, Isabela decide tomar a su hijo, firmar el divorcio y marcharse para siempre. Sin embargo, una tragedia inesperada en la calle apaga sus vidas en un instante, dejando como último eco una dolorosa súplica: "Ojalá jamás te hubiera conocido, Mateo".
Consumido por una culpa devoradora, Mateo comprende demasiado tarde el valor de la mujer que destruyó. Desesperado por reparar sus errores, emprenderá un viaje hasta los confines del mundo, sometiéndose a un sacrificio extremo en un templo milenario para pedir un único milagro: devolver el tiempo.
AUTORA REGISTRADA DE NOVELTOON
Débora Camejo
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19. Capítulo 19
Operación "Cena Romántica" y los meseros infiltrados
Tras la vergonzosa huida de Regina disfrazada de la "Inspectora Ramona", la mansión Mercier recuperó su paz. Mateo, decidido a seguir enamorando a Isabela cada segundo, reservó una mesa en el restaurante más lujoso y exclusivo de la ciudad para tener su primera cita romántica oficial como una pareja renovada.
—Isabela, ponte tu vestido más bonito. Esta noche es solo para nosotros dos —dijo Mateo con una sonrisa seductora mientras le entregaba una cajita con unos aretes de plata.
Isabela sonrió, sintiendo mariposas en el estómago. Mael se quedaría felizmente durmiendo bajo el cuidado de la niñera, así que todo parecía perfecto.
Lo que no sabían era que en la cocina, Don Arturo y Doña Helena estaban tramando algo gigante.
—¡Vieja, ponte el vestido negro de gala y el antifaz! —ordenó Arturo susurrando mientras sacaba dos bigotes postizos y un par de libretas de mesero—. Mateo es capaz de ponerse serio de nuevo si nadie le recuerda cómo reírse. ¡El Comando Mercier entra en acción en el restaurante!
—¡Pero Arturo, nos van a reconocer! —dijo Helena riéndose a carcajadas.
—¡Qué nos van a reconocer ni qué nada! Con estos lentes oscuros y hablando en acento francés, nadie sabrá quiénes somos. ¡En marcha!
El restaurante Tour d'Argent era elegante, con luces bajitas, música de violín y mesas decoradas con velas. Mateo e Isabela estaban sentados junto a la ventana, tomados de la mano y mirándose a los ojos con infinita dulzura.
—Gracias por este momento, Mateo. De verdad se siente como un sueño —susurró Isabela, acomodándose un mechón de cabello.
—No es un sueño, mi amor. Es la vida que siempre debimos tener —respondió Mateo acercándose para darle un beso tierno en la mano.
De repente, un mesero alto, con un bigote chueco, lentes de sol gigantes en plena noche y un moño chueco, se acercó a la mesa haciendo pasos de baile extraños.
—Bonjour, monsieur et mademoiselle! —dijo el mesero con un acento francés tan falso que parecía de caricatura—. Yo soy su mesero, Pierre, y esta es mi asistente, Sra. Croissant.
A su lado, una mujer vestida de mesera con una peluca rubia gigante sostenía una bandeja de plata... ¡y la bandeja tenía un micrófono escondido!
Mateo se congeló. Miró al "mesero", luego a la "asistente" y se llevó la mano a la cara, conteniendo un grito de desesperación.
—¡Papá! ¡Mamá! ¡¿Qué están haciendo aquí disfrazados?! —exclamó Mateo en un susurro desesperado para que la gente de las otras mesas no escuchara.
Arturo se quitó los lentes de sol y se indignó dramáticamente:
—¡¿Cuál papá ni qué ocho cuartos?! ¡Yo soy Pierre, el rey del servicio! ¡Y vinimos a asegurarnos de que le pidas matrimonio formalmente otra vez o te tires de rodillas aquí mismo!
—¡Arturo, cállate que nos van a oír! —lo regañó Helena dándole un manotazo en la espalda—. ¡Isabela, mi vida, no le hagas caso a este viejo loco! Solo queríamos tomarles una foto para el álbum familiar.
En ese momento, el metre del restaurante, un hombre muy estirado, se acercó furioso:
—¡¿Quiénes son ustedes y qué hacen con la ropa del personal?! ¡Llamaré a la policía!
Don Arturo, sin perder el estilo, agarró una botella de champaña de la mesa de al lado, la destapó con fuerza y ¡PUM! El corcho salió volando directamente contra la calva del mesero, haciendo un sonido seco: ¡TOC!
El mesero quedó bizco por un segundo y se cayó de nalgas sobre una bandeja de postres, bañándose de crema pastelera y fresas.
—¡SÁLVESE QUIEN PUEDA, LLEGÓ LA REVOLUCIÓN FRANCESA! —gritó Arturo agarrando a Helena de la mano y corriendo por todo el restaurante mientras los meseros los perseguían entre gritos, platos rotos y risas de los demás clientes.
Mateo e Isabela se quedaron mirando el desastre. Mateo estaba rojo de la vergüenza, pero Isabela no pudo aguantarse más y soltó una carcajada tan fuerte y contagiosa que hizo que todo el restaurante la mirara.
Mateo, contagiado por la risa de su esposa, empezó a reírse a carcajadas también, abrazándola por la cintura.
—Te juro que intenté que fuera una cena normal —dijo Mateo riéndose entre suspiros.
—¡Esta es la mejor cena de mi vida, Mateo! —respondió Isabela dándole un beso apasionado en los labios en medio del caos del restaurante—. Con tu familia nunca hay un día aburrido.
—Te amo, Isabela —dijo Mateo mirándola con los ojos llenos de amor.
—Y yo a ti, Mateo. Para siempre.