El imperio más codiciado de Italia que no le pertenece a nadie… excepto a él.
Ella heredó algo que no le pertenecía y él está dispuesto a quitárselo.
Entre pasiones calculadas y verdades que amenazan con destruirlos a ambos, la pregunta no es quién ganará… sino quién caerá primero en su propia trampa.
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Capítulo 16
La noche caía sobre la autopista privada que conectaba la zona portuaria con el centro de Turín. El interior del vehículo blindado estaba sumido en un silencio denso, sepulcral, roto únicamente por el zumbido constante del motor y el chasquido del agua de lluvia contra el parabrisas.
Alejandro iba sentado en el asiento trasero, sumergido en la penumbra. Con la espalda apoyada contra el cuero oscuro, miraba fijamente por la ventanilla las luces distantes de la ciudad, con una calma gélida que resultaba infinitamente más peligrosa que cualquier estallido de ira.
En el asiento del conductor, Dominic sostenía el volante con fuerza excesiva. El sudor frío comenzaba a perlarle la frente, y el espejo retrovisor se convertía a cada segundo en una amenaza latente.
—Señor... ¿necesita que averigüe algo más? —preguntó Dominic, desviando la mirada por un instante hacia el retrovisor para buscar la reacción de su jefe.
Alejandro no respondió de inmediato. Lenta, casi pausadamente, metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un par de guantes de cuero negro. Comenzó a ajustárselos en los dedos, uno por uno, alisando la piel con un sonido seco y preciso que llenó el espacio reducido del auto.
—Las traiciones se pagan bien caras, Dominic... lo sabes, ¿verdad? —dijo Alejandro, con una voz baja y rasposa que congeló el aire dentro del habitáculo.
Dominic sintió cómo un latigazo de pánico le recorría la columna vertebral. Tragó seco, con extrema dificultad, intentando mantener la compostura mientras la presión en su pecho se volvía insoportable.
—Por supuesto, señor... —respondió Dominic, forzando un tono neutro que a duras penas disimulaba el temblor de su voz.
Alejandro terminó de ajustarse el segundo guante, entrelazó las manos sobre su regazo y alzó la vista. Sus ojos oscuros se clavaron directamente en los de Dominic a través del espejo retrovisor.
—¿Cuál de mis hombres estaba planificando contigo traicionarme? —preguntó Alejandro, sin alzar la voz, pronunciando cada palabra con una claridad implacable.
El impacto de la frase fue inmediato. Dominic pisó el freno a fondo y detuvo el coche en seco a un costado de la carretera solitaria. El cinturón de seguridad se tensó bruscamente y el chirrido de los neumáticos sobre el asfalto mojado resonó en medio de la nada.
Dominic giró el cuerpo a medio camino hacia el asiento trasero, con el rostro pálido y las manos temblándole visiblemente sobre el volante.
—Señor, no sé de qué me habla... yo jamás lo traicionaría. Trabajo para usted desde hace años —dijo Dominic, atropellando las palabras en un intento desesperado por sostener la mentira que se desmoronaba entre sus manos.
Alejandro no pestañeó. Lo miró desde la penumbra con la frialdad de un juez que ya ha dictado sentencia y para quien las explicaciones han dejado de tener sentido.
—Y por esa misma razón te voy a dar una muerte digna, Dominic —dijo Alejandro.
El silencio que siguió a las palabras de Alejandro pesó más que el plomo dentro del auto blindado.
Dominic sintió cómo la sangre se le congelaba en las venas. Durante diez años había sido la sombra de Alejandro, su mano derecha en los negocios oscuros y el ejecutor de sus órdenes más despiadadas. Sabía mejor que nadie que cuando el *Don* pronunciaba esa frase, no había súplica, dinero ni lealtad pasada que pudiera cambiar el destino.
—Señor... por favor... —alcanzó a articular Dominic, deslizando instintivamente la mano derecha hacia el costado de su chaqueta, buscando la empuñadura de su arma de cargo.
Pero Alejandro fue ridículamente más rápido.
Con un movimiento fluido y preciso, Alejandro pasó su brazo izquierdo alrededor del cuello de Dominic desde el asiento trasero, atrapándolo en un candado de fuerza descomunal que aplastó su tráquea en un segundo. Al mismo tiempo, con la mano diestra enguantada en cuero, Alejandro le sujetó la muñeca a Dominic, inmovilizándole el brazo antes de que pudiera tocar la pistola.
—Cometiste dos errores fatales, Dominic —murmuró Alejandro al oído de su antiguo sirviente, con una voz calmada, casi reflexiva, mientras la presión del estrangulamiento aumentaba sin piedad—. El primero fue creer que tu codicia pasaría desapercibida mientras yo ponía mi atención en Fabiola Galván.
Dominic luchó desbocadamente, pateando el tablero del auto y clavando las uñas en el brazo de Alejandro, intentando ganar un hilo de aire. Los cristales del auto se empañaron con el calor del frenético forcejeo.
—Y el segundo error —continuó Alejandro, apretando el agarre hasta escuchar el crujido ahogado de los cartílagos del cuello— fue olvidar que fui yo quien te enseñó a matar.
El movimiento de Dominic se volvió cada vez más débil. El pánico en sus ojos dio paso a una mirada extraviada, hasta que finalmente sus brazos cayeron pesadamente a los costados y su cuerpo quedó inerte contra el volante.
Alejandro sostuvo el cuerpo durante diez segundos más, asegurándose de que el pulso hubiera cesado por completo. Luego, soltó el agarre y acomodó el cadáver de Dominic en el asiento del conductor.
Sin perder la compostura, Alejandro sacó un pañuelo de su bolsillo, limpió cualquier rastro de sudor en sus guantes de cuero y abrió la puerta trasera para salir al aire frío y lluvioso de la autopista.
Se paró a un costado del vehículo, sacó su teléfono encriptado de la chaqueta y marcó un número de marcado rápido.
—Koala —dijo Alejandro en cuanto respondieron al otro lado de la línea. Su voz era lisa, desprovista de cualquier agitación.
—¿Sí, *Don* Alejandro? —respondió la voz del hombre desde el muelle, tratando de sonar servicial.
—Tengo un problema técnico con mi auto en el kilómetro doce de la autopista sur —ordenó Alejandro, mirando fijamente la noche—. Trae una camioneta limpia para recogerme. Y trae al equipo de limpieza. Hay un bulto en el asiento del conductor que necesita desaparecer antes del amanecer.
Hubo una pausa helada al otro lado de la línea. Koala tragó saliva al entender de inmediato lo que le había ocurrido a Dominic.
—E-entendido, Señor. Salgo para allá de inmediato.
Alejandro colgó. Guardó el teléfono, se acomodó la solapa de su abrigo y miró hacia las luces distantes de la ciudad de Turín.
Dominic estaba fuera del juego. Uno de los cabos suelto de su organización había sido eliminado. Pero mientras el viento helado le acariciaba el rostro, la mente de Alejandro volvió de inmediato a Fabiola: a su mirada desafiante, a la frialdad con la que gobernaba su propio imperio y al peligroso juego de seducción y muerte en el que ambos estaban atrapados.
Sintió la vibración de su teléfono personal en el bolsillo. Lo sacó y vio un mensaje en la pantalla. Era de Fabiola.
"La prueba de pista se reanuda mañana a primera hora, Santamaría. Espero que no tengas excusas para faltar."
Alejandro dibujó una sonrisa lenta, oscura y fascinada en medio de la penumbra. Se guardó el teléfono y esperó en la lluvia a que llegaran sus hombres. La guerra no había hecho más que empezar.