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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

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Capítulo 4: El mapa de las heridas

Amaneció con un sol que no era de Madrid. Valentina lo supo apenas abrió los ojos: la luz entraba por la ventana rota con una inclinación imposible, como si el sol estuviera en el lugar equivocado del cielo. La piloto ya estaba despierta, dibujando algo en el piso de baldosas con un trozo de carbón.

—El tiempo se está moviendo más rápido —dijo sin levantar la vista—. Anoche hubo tres grietas nuevas. Las sentiste?

Clara enfermera seguía acurrucada en su rincón, con los brazos envueltos alrededor de las rodillas. Negó con la cabeza. Valentina, en cambio, asintió. Había soñado con una biblioteca llena de velas y una mujer que leía en voz alta mientras las llamas crecían sin quemar los libros. El sueño había sido tan vívido que despertó con olor a cera derretida en la ropa.

—Esa es otra —dijo la piloto, señalando el dibujo en el piso. Era un mapa rudimentario pero extrañamente preciso: una línea de tiempo que se bifurcaba una y otra vez como las ramas de un árbol enfermo. En cada bifurcación había un nombre escrito con letra temblorosa.

—El árbol de nosotras —explicó la piloto—. Cada vez que una mujer de nuestra línea sanguínea sufre un trauma grande, se abre una rama nueva. Una versión distinta de la misma alma. La mayoría de esas ramas mueren rápido. Pero algunas... algunas aprenden a viajar.

Valentina se arrodilló junto al mapa. Reconoció nombres: Lucía (su abuela), Marta (la mujer envuelta en sábanas), Clara (la enfermera) y ella misma. También había otros que no conocía: Sofía (1901), Jimena (1760), una sola inicial "A" fechada en el año 1123.

—¿Mil ciento veintitrés? —preguntó Valentina con la voz apretada—. ¿Somos tan viejas?

—El alma no tiene edad —dijo la piloto—. Sólo acumula cicatrices.

Clara enfermera se levantó por fin. Caminó hasta el mapa y señaló un punto que la piloto había marcado con un círculo rojo: el 15 de marzo de 1987. El incendio. El chico que no pudo salvar.

—¿Por qué ese día es el centro de todo? —preguntó.

La piloto suspiró. Parecía llevar siglos cargando esa pregunta.

—Porque ese día, vos —señaló a Clara enfermera— no sólo fallaste en salvar a ese nene. Ese día también abriste la grieta más grande de todas. Tanto dolor concentrado en un solo minuto perforó el tiempo como una bala. Todo lo demás —los bombardeos, los naufragios, las muertes— vino después. Pero el origen fue ahí. En tu quirófano.

Clara enfermera se llevó las manos a la boca. No lloró. Sus ojos estaban secos, pero todo su cuerpo temblaba como si el edificio entero estuviera por derrumbarse.

—Yo no quise —susurró.

—Nadie quiere abrir grietas —dijo la piloto con suavidad—. Se abren solas. Como las heridas. Como las grietas en la piel cuando hace frío. El problema no es que se abran. El problema es que nosotros, las viajeras, no sabemos cómo cerrarlas.

Valentina observaba el mapa con una sensación extraña. Algo no encajaba. Señaló una rama que nacía antes del círculo rojo, fechada en 1952. El nombre escrito era "Nora".

—¿Quién es Nora? —preguntó—. Nació antes del incendio. Si el incendio es el origen, ¿cómo puede haber una viajera anterior?

La piloto frunció el ceño. Miró el mapa, luego a Valentina, luego otra vez al mapa. Por primera vez desde que la conocían, parecía insegura.

—No lo sé —admitió—. Ese nombre apareció anoche. Yo no lo puse.

Las tres se quedaron en silencio, mirando el nombre escrito con una caligrafía que no era de ninguna de ellas. Era más antigua. Más firme. Como si alguien más estuviera dibujando el mapa desde otro tiempo.

—No estamos solas —dijo Valentina—. Dijiste que éramos tres vivas. Pero hay alguien más. Alguien que puede escribir en nuestro mapa sin que lo veamos.

La piloto se puso de pie de un salto. Su mano fue al bolsillo de la chaqueta, donde guardaba algo que ninguna había visto todavía.

—Tengo que mostrarles algo —dijo con voz ronca—. Algo que encontré en Londres, entre los escombros del hospital donde trabajé durante la guerra.

Sacó un libro. No era grande, no era antiguo. Era un cuaderno escolar común, de esos de tapa blanda con espiral. Pero cuando lo abrió, las páginas estaban llenas de una escritura que cambiaba sola. Las palabras aparecían y desaparecían como si alguien estuviera escribiendo en tiempo real desde otro lugar.

—Esto es un diario —dijo la piloto—. Pero no es mío. Es de Nora. Y lleva escribiéndose desde antes de que nosotras naciéramos.

Clara enfermera se acercó con miedo. Leyó una frase que parpadeó en la página abierta: Hoy se encontraron las tres. Todavía no saben que yo soy la cuarta. Todavía no saben que el incendio no fue un accidente.

El quirófano entero crujió. La grieta en el horizonte se hizo más grande, y esta vez no trajo calor. Trajo frío. Un frío que no venía de afuera, sino de muy adentro, de un lugar del tiempo donde ninguna de ellas había viajado todavía.

—Nora —dijo Valentina, probando el nombre en voz alta—. ¿Qué nos escondés?

Las páginas del diario se quedaron en blanco un segundo entero. Luego, una sola palabra apareció, escrita con tanta fuerza que rompió el papel:

AYUDA

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