Valentina Rossi sacrificó sus piernas por salvar a Sebastián Montero. A cambio, recibió un anillo de bodas y cinco años de indiferencia.
Mientras ella aprendía a caminar de nuevo, él soñaba con otra mujer. Mientras ella doblaba flores de papel rezando por su abuela enferma, otra se llevó el crédito. Mientras ella construía en silencio su plan de escape, él ni siquiera notó que ella se iba.
Pero Valentina no es una víctima. Es una bailarina que perdió el escenario pero no el fuego. Cuando por fin se va —a las cuatro de la madrugada, con su abuela y una maleta—, no mira atrás. En Europa, reconstruye su vida paso a paso: un nuevo escenario, una nueva compañía de danza, un nombre que el mundo empieza a conocer.
Sebastián no la busca por amor. La busca porque el silencio de la casa vacía le resulta insoportable. Pero cuando descubre la verdad sobre las flores de papel —quién las dobló, quién mintió, y a quién amó durante cinco años por error—, su mundo se derrumba.
Él intentará redimirse. Ella ya no lo necesita.
Y cuando una extraña enfermedad del sueño la arrastra de vuelta al pasado, Valentina descubrirá que hay destinos que ni siquiera el tiempo puede cambiar... y amores que solo se entienden cuando ya es demasiado tarde.
Una pulsera grabada con su nombre. Invisible para todos, excepto para una nieta que aún no ha nacido.
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Capítulo 4
Capítulo 4 — El regreso
Camila Duarte llegó a Ezeiza un martes a las tres de la tarde, y Sebastián fue a buscarla al aeropuerto como si fuera a recibir a una jefa de estado.
Valentina se enteró por Carmen, que se enteró por el chofer: Sebastián pidió el Mercedes negro y le dijo que fuera por la costanera porque "no quiero que se haga largo."
—Se puso la camisa azul —dijo Carmen desde la cocina—. La que se guarda para las reuniones de directorio.
Valentina estaba en el living con el cuaderno de italiano. No levantó la vista.
—Está bien.
Sebastián volvió a las seis. Valentina lo escuchó desde su habitación: dos pares de zapatos en el mármol y una risa. No la risa breve del teléfono. Una risa entera, abierta, que ocupaba espacio.
Se levantó. Se miró en el espejo: remera gris, pantalón de algodón, zapatillas. No se cambió. No iba a competir en un juego cuyas reglas no había escrito.
Bajó la escalera. Sebastián había abierto vino. A las seis de la tarde. Un martes.
Al llegar al último escalón, los vio. Sebastián junto a la isla con dos copas de Malbec. Diego Salazar en el taburete del fondo, la camisa remangada y el reloj de oro demasiado grande. Andrés a su lado, riéndose de algo que probablemente no era gracioso.
Y en el centro del living, con una valija Rimowa plateada a sus pies, estaba Camila Duarte.
Era más bonita en persona de lo que Valentina esperaba. No espectacularmente hermosa, sino de una manera estudiada: los ojos grandes con rímel que parecía casual pero no lo era, el pelo castaño suelto, las uñas perfectas. Alguien que dedicaba mucho esfuerzo a parecer que no dedicaba ninguno.
—¡Valentina! —exclamó Camila—. Por fin nos conocemos en persona. Sebastián me habló tanto de vos.
La frase era perfecta. Y completamente falsa, porque Valentina sabía que Sebastián no hablaba de ella. No con Camila. No con nadie.
—Mucho gusto —dijo Valentina, y extendió la mano.
Camila la tomó con ambas manos y la sostuvo un segundo más de lo necesario. Sus ojos bajaron —rápido, casi imperceptible— y se detuvieron en la pierna derecha de Valentina.
—Sebastián me contó lo del accidente —dijo Camila, con una compasión tan bien actuada que cualquier otro la habría confundido con sinceridad—. Qué valiente fuiste.
*Valiente.* La palabra tenía un sabor raro en la boca de alguien que la miraba como si fuera un perro rescatado.
—Gracias —dijo Valentina, y retiró la mano.
Diego eligió ese momento para intervenir.
—Che, Valentina, ¿no te cambiaste para la ocasión? —Miró su remera gris, sus zapatillas, con una sonrisa que mostraba demasiados dientes—. ¿Viste? Digo, no todos los días nos visita alguien tan importante.
Andrés se rió. Esa risa de hiena que siempre acompañaba los comentarios de Diego, como una banda sonora de crueldad.
—Dejala, Diego —dijo Sebastián, pero sin fuerza, sin convicción, como quien espanta una mosca. No la defendió. Solo quería que la escena fluyera sin fricción.
—Pará, pará, no lo digo con mala onda —Diego levantó las manos en falsa rendición—. Es que Camila vino desde Miami y nosotros la recibimos con... —miró a Valentina de arriba abajo— con ropa de gimnasio.
—Yo no sabía que venía —dijo Valentina, y su voz salió exactamente como quería: plana, sin emoción, sin material inflamable.
—Ay, ¿no te avisaron? —Camila la miró con una preocupación tan perfectamente calibrada que parecía real—. Qué barbaridad. Yo le dije a Seba que te avisara, ¿no, Seba?
*Seba.* Lo llamó Seba. Con esa familiaridad blanda, íntima, que no le pertenecía. O tal vez sí. Tal vez siempre le había pertenecido.
Sebastián se pasó la mano por la nuca —el gesto que hacía cuando estaba incómodo— y dijo:
—Se me pasó. Camila se queda a cenar, nada más.
Nada más. Como si la presencia de esa mujer en su casa, a las seis de la tarde de un martes, con vino abierto y la camisa azul del directorio, fuera un detalle menor.
—Bueno —dijo Valentina, y la palabra salió como un candado que se traba—. Voy a avisarle a Carmen que ponga un cubierto más.
Se dio vuelta y caminó hacia la cocina con la espalda recta y el paso firme, aunque la rodilla derecha protestaba por la bajada de las escaleras. No cojeó. Había aprendido hacía años a redistribuir el dolor para que desde afuera no se notara. Otra coreografía. Otra mentira del cuerpo.
En la cocina, Carmen estaba picando cebolla con una precisión que sugería que estaba imaginando otra cosa debajo del cuchillo.
—Ponen un cubierto más —dijo Valentina.
Carmen no levantó la vista.
—Ya lo puse, mi niña. La vi llegar desde la ventana.
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La cena fue un espectáculo.
Camila se sentó a la derecha de Sebastián y durante una hora desplegó historias de Miami, anécdotas de la universidad —"¿te acordás cuando fuimos a Tigre y se nos dio vuelta el kayak?"—, risas compartidas que excluían a Valentina con la precisión de un bisturí.
Sebastián se reía. De verdad. Valentina no recordaba la última vez que lo había visto así.
En un momento, Camila se inclinó hacia Sebastián y su mano rozó la de él sobre la mesa. Un toque breve que podría haber sido accidental si no fuera porque Camila no hacía nada por accidente.
—Perdón —dijo ella, con una sonrisa que no pedía perdón en absoluto.
Sebastián no retiró la mano.
Valentina cortó un pedazo de carne. Masticó. Tragó.
—¿Y vos qué hacés, Valentina? —preguntó Camila—. Sebastián me dijo que antes bailabas, ¿no?
*Antes.* La palabra tenía filo.
—Antes bailaba, sí.
—¡Qué lástima lo del accidente! Aunque, bueno, al menos estás acá, bien cuidada, en esta casa increíble...
*Bien cuidada.* Como un gato. Como una planta de interior.
—Sí —dijo Valentina—. Al menos estoy acá.
Y Camila se inclinó hacia ella y le dijo, en voz baja, casi como un secreto entre amigas:
—Qué bueno que Seba tiene a alguien que le cuide la casa. Yo siempre le decía que necesitaba a alguien de confianza acá.
Alguien que le cuide la casa.
No la esposa. No la compañera. Alguien que le cuide la casa.
Valentina la miró a los ojos. Detrás del brillo había algo que reconoció: cálculo. Puro, frío, eficiente. Camila no era una rival. Era una profesional.
—Sí —dijo Valentina, y su voz no tembló—. Alguien tiene que hacerlo.
Camila sonrió. No la sonrisa de antes. Una más chica, más privada. Un acuse de recibo. Un "te vi, y vos me viste."
La cena terminó a las diez. Valentina levantó los platos. Carmen apareció con el delantal.
—Deje, señora, yo me encargo.
—Está bien, Carmen. Necesito hacer algo con las manos.
Lavó cada plato, cada copa. Sebastián volvió de acompañar a Camila al taxi, silbando algo. La vio junto a la pileta con las manos mojadas.
—Buenas noches —dijo, y subió las escaleras.
Subió a su habitación, cerró la puerta, sacó el Samsung. Le escribió a Sofía:
**Vale**: *Conocí a Camila.*
La respuesta llegó en ocho segundos.
**Sofía**: *¿Y?*
**Vale**: *Sonríe como si fuera tu amiga. Mira mi pierna como si fuera su ventaja. Y se sienta al lado de mi marido como si el lugar fuera de ella.*
Pausa. Puntos suspensivos. Sofía escribiendo.
**Sofía**: *Amiga... ese lugar capaz que siempre fue de ella. Lo que tenés que preguntarte es si todavía querés pelear por él.*
Valentina miró el techo. El ventilador giraba despacio, haciendo sombras circulares en la pared.
**Vale**: *No. Lo que quiero es irme.*
**Sofía**: *Entonces que se quede con la silla. Vos llevate la puerta.*
Valentina apagó el Samsung. Se acostó. Detrás de los párpados seguía viendo la sonrisa de Camila y escuchando su mensaje silencioso:
*El lugar donde estás sentada siempre debió ser mío.*
No lo había dicho con esas palabras. Lo había dicho con cada gesto, cada roce accidental sobre la mesa. Y lo peor no era que tuviera razón. Lo peor era que Valentina, en el fondo, hacía tiempo que lo sabía.