Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 11
Capítulo 11
El campo de minas
La aldea no tenía nombre en el mapa.
Estaba a cuarenta minutos de la base, en las montañas de piedra caliza al norte de Garún. Treinta casas de adobe, un pozo seco y un cementerio que había crecido más rápido que el pueblo en los últimos tres años. Los habitantes que quedaban — ancianos, mujeres, niños demasiado pequeños para huir — vivían entre las minas como quien vive entre escorpiones: con cuidado, con miedo, con la resignación de quien sabe que un paso mal dado puede ser el último.
Santiago se arrodilló al borde del campo marcado con cintas rojas. Llevaba el detector de metales en una mano y la varilla de sondeo en la otra. Los guantes estaban manchados de la tierra roja de la montaña. Avanzaba centímetro a centímetro, con la concentración de un cirujano que sabe que un error de milímetros separa la vida de la muerte. El sudor le bajaba por la nuca y le oscurecía el cuello de la camiseta.
Valentina filmaba desde la distancia de seguridad — veinte metros detrás de la línea, con el zoom al máximo. El sol de las nueve de la mañana ya era brutal. El calor hacía temblar el aire sobre el campo como si la tierra estuviera respirando.
La primera mina apareció a las nueve de la mañana: una antipersonal de fabricación artesanal, enterrada a diez centímetros, conectada a un cable trampa que se extendía hasta una piedra a tres metros de distancia. Santiago cortó el cable con la pinza. Sacó la mina con las manos. La desactivó en treinta y siete segundos.
La segunda apareció a las diez: una mina antipersonal de fábrica, enterrada más profundo, con un detonador de presión oxidado que Santiago retiró con la paciencia de un relojero. La tercera a las once: una trampa de cable atada a la puerta de una casa abandonada. A mediodía llevaban siete y Santiago tenía las manos cubiertas de tierra roja hasta las muñecas.
Valentina lo filmaba todo. Había encontrado un ritmo: plano abierto cuando él buscaba, zoom cerrado cuando encontraba, primer plano de las manos cuando desactivaba. Nunca le había dicho que su material favorito eran las manos — la forma en que los dedos se movían dentro de los guantes, la precisión de cada gesto, la absoluta ausencia de temblor. Nadie que viera ese metraje podría dudar de que este hombre hacía exactamente lo que debía hacer.
La octava fue distinta.
Santiago la encontró debajo de una losa de concreto — una mina más pequeña, conectada a algo que no era un cable. Apartó la losa con cuidado. Valentina vio, a través del visor de la cámara, cómo su cuerpo se tensaba. Un cambio imperceptible para cualquiera, pero ella llevaba semanas filmándolo y conocía cada grado de tensión en su espalda como un músico conoce las notas de un instrumento.
—Granada sin seguro debajo de la mina —dijo Santiago por el radio, con la voz plana de quien comunica un dato técnico—. Mecanismo de retardo. Si levanto la mina sin desconectar la granada primero, explota.
Los soldados retrocedieron. Valentina se quedó donde estaba, con la cámara grabando.
Santiago desconectó la granada. La levantó con la mano izquierda — el cilindro verde colgando entre sus dedos como una fruta podrida. Miró hacia Valentina. Y entonces hizo algo que ella no esperaba: la soltó.
La granada cayó al suelo. Rebotó una vez. Valentina sintió que el mundo se detenía. El grito se le formó en la garganta pero no salió — no hubo tiempo. Santiago la recogió del suelo en un movimiento fluido, la lanzó veinte metros hacia el campo vacío, y se tiró sobre Valentina, cubriéndola con su cuerpo.
No explotó.
Santiago se incorporó con una media sonrisa que era lo más cercano a una risa que Valentina le había visto.
—Está desactivada. Solo quería ver tu cara.
Valentina lo empujó con ambas manos. Él no se movió.
—¿Estás loco? ¿Te parece gracioso?
—Un poco.
—Casi me da un infarto. Te voy a matar. Te juro que te voy a matar con mis propias manos.
—Eso sería irónico, considerando que mi trabajo es desactivar cosas que matan personas.
Valentina lo empujó otra vez. Esta vez él retrocedió un paso, con esa calma insoportable que era su marca registrada. Los soldados miraban desde lejos, algunos riéndose. Valentina quería gritarle, pero la rabia se le estaba mezclando con algo que no quería admitir: alivio. Alivio absurdo, desbordado, ridículo. Porque por un segundo había creído que la granada era real y que él iba a morir frente a sus ojos, y la certeza de que estaba vivo — vivo, entero, parado frente a ella con esa media sonrisa — le llenaba el pecho de algo que no tenía nombre.
—No vuelvas a hacer eso —dijo, con la voz más seria que pudo encontrar. El corazón todavía le latía en las sienes. Le dolía la mandíbula de apretar los dientes.
—No lo prometo.
—Santiago.
Era la primera vez que lo llamaba por su nombre en voz alta desde la noche de la cena. La sílaba le salió sin permiso, cargada de algo que no era solo rabia. Santiago la miró. El gesto juguetón se le fue de la cara como se va el agua por una grieta. Lo que quedó debajo era serio, atento, real.
—No lo vuelvo a hacer —dijo. Esta vez sin sonreír.
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Para las cuatro de la tarde, habían desactivado trece minas.
Los soldados empacaron el equipo. Los habitantes de la aldea salieron de sus casas — despacio, con cautela, pisando solo donde los soldados habían marcado con cal blanca. Un anciano de pelo blanco y espalda encorvada cruzó el campo desminado cargando un costal de trigo sobre los hombros. Valentina calculó su edad en más de ochenta años. El costal debía pesar cuarenta y cinco kilos.
Los soldados corrieron a ayudarlo. Lo descargaron, lo sentaron a la sombra, le dieron agua. El anciano bebió sin prisa y habló en un dialecto que Valentina no entendía pero que sonaba a gratitud.
Santiago se acercó al costal de trigo. Se arrodilló como si estuviera revisando el contenido. Valentina tenía la cámara encendida — siempre la tenía encendida — y a través del visor lo vio meter la mano en el bolsillo del pantalón, sacar un billete doblado y deslizarlo dentro del costal, entre los granos. Diez dólares. Lo hizo con la misma precisión y discreción con la que desactivaba minas: rápido, limpio, invisible para todos.
Excepto para ella.
Valentina bajó la cámara. Miró la imagen en la pantalla: la mano de Santiago, el billete verde, los granos de trigo. Lo había filmado todo.
Santiago se incorporó y caminó de regreso al convoy sin mirar atrás. No sabía que lo había visto. No sabía que la cámara lo había capturado. No sabía que ese gesto — diez dólares en un costal de trigo, sin testigos, sin aplausos, sin registro — era exactamente la clase de cosa que hacía imposible no quererlo.
Valentina guardó la cámara. En el camino de regreso a la base, miró por la ventana del vehículo blindado. Las montañas de piedra caliza pasaban como olas secas. Pensó en la granada falsa, en la media sonrisa, en los diez dólares que nadie vería.
Pensó en que estaba perdida.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.