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Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Sané a Mi Alfa, Pero Él Marcó a Otra

Status: En proceso
Genre:Venganza / Hombre lobo / Mujer despreciada
Popularitas:19.2k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Valentina Solano entregó tres años de su vida para salvar a Sebastián Reyes, el Alfa moribundo con quien la obligaron a enlazarse.
Cada luna llena, su loba se apagaba un poco más para mantenerlo con vida. Ella perdió fuerza, sangre y dignidad. Él recuperó su poder.
Y cuando Sebastián por fin sanó, no la eligió a ella.
Eligió a Catalina del Valle.
Le quitó los Brazaletes de la Luna y le ordenó ponérselos a la mujer que quería marcar como su verdadera Luna.
Valentina no suplicó. No lloró. Solo pidió la ruptura del enlace.
Pero la loba que todos creían rota tenía secretos: un imperio comercial escondido, aliados en las sombras y una sangre marcada por la luna.
También tenía la mirada de Damián Montero sobre ella.
El Rey Alfa. El lobo más temido de todas las manadas. El único hombre que nunca la vio como una herramienta.
Sebastián la usó para vivir.
Damián está dispuesto a destruir el mundo para hacerla reina.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Capítulo 22: Lágrimas Bajo La Lluvia

Tres días después del banquete, Valentina fue al Lago de Pátzcuaro.

No fue por Sebastián.

No fue por Manada Reyes.

Fue porque esa noche se celebraba la Ceremonia de Deseos a la Luna, y por primera vez en tres años nadie pudo encontrar una excusa suficiente para encerrarla en una habitación.

Doña Milagros lo intentó.

Dijo que su loba estaba demasiado débil para presentarse ante la luna llena. Dijo que la muerte de Pilar seguía demasiado fresca. Dijo que después del escándalo del pañuelo, Valentina debía evitar llamar la atención.

Valentina escuchó cada razón.

Luego eligió una túnica blanca sencilla, sin escudo Reyes, y salió.

Sofía caminó a su lado con una caja de faroles. Lucía no pudo acompañarlas hasta el lago; debía vigilar el envío de cartas y bienes desde la ciudad. Pero antes de separarse, le apretó las manos a Valentina y le dijo:

—Escriba lo que no pudo decir.

Valentina no respondió.

Porque si respondía, quizá empezaba a llorar antes de llegar al agua.

El Lago de Pátzcuaro brillaba bajo la luna llena como una bandeja de plata oscura. A lo largo de la orilla, familias de distintas manadas encendían faroles de papel blanco. Cada uno llevaba una tira delgada donde se escribía el deseo. Las sacerdotisas caminaban entre la gente con cuencos de agua bendecida y copal encendido.

La regla era antigua.

El deseo pertenecía a quien lo escribía y a la Diosa Luna.

Nadie más debía leerlo.

Valentina se quitó los zapatos.

El agua fría le tocó los tobillos y subió por su cuerpo como memoria. La rodilla dolió, pero no cedió. La luna caía sobre la tela blanca de su falda y la volvía casi transparente en los bordes, como si no estuviera vestida de tela sino de luz.

Más de una conversación se apagó cuando ella entró al agua baja.

Valentina no miró a nadie.

Abrió la caja.

Sofía le entregó el primer farol.

—No tiene que escribir siete —murmuró—. Con uno basta.

—No.

La voz de Valentina fue suave.

—Hoy no basta.

En el primer farol escribió:

Que mi loba pueda volver a correr.

No escribió "si la Diosa Luna lo permite".

No escribió "si lo merezco".

Solo eso.

La mano le tembló al cerrar el farol.

El segundo:

Que Pilar descanse donde esta casa ya no pueda alcanzarla.

Sofía giró el rostro.

El tercero:

Que mi padre recuerde cómo se protege a una hija.

La tinta tardó más en secar.

El cuarto:

Que nunca vuelva a arrodillarme por miedo.

El quinto:

Que nadie vuelva a usar mi hambre, mi alergia o mi cuerpo como castigo.

Sofía soltó un sollozo pequeño.

Valentina no se detuvo.

El sexto:

Que alguien, algún día, me mire y vea a Valentina. No una cura. No una dote. No una Luna prestada.

El séptimo fue el más difícil.

No porque no supiera qué pedir.

Porque lo sabía demasiado bien.

Que pueda vivir para mí.

Siete faroles.

Siete pedazos de alma que durante tres años no tuvieron lugar donde posarse.

Valentina los encendió uno por uno y los dejó ir sobre el lago. Las llamas pequeñas temblaron dentro del papel blanco. Luego el agua los recibió, y la corriente nocturna empezó a alejarlos de la orilla.

En la colina opuesta, Damián Montero estaba de pie entre sombras.

Emilio Lara permanecía a unos pasos, lo bastante cerca para servir y lo bastante lejos para fingir que no veía demasiado.

—No debería leerlos —dijo Emilio en voz baja.

Damián no respondió.

Lo sabía.

El deseo escrito para la luna era sagrado.

También sabía que, si apartaba la mirada ahora, jamás perdonaría no haber sabido qué pedía una mujer que había pedido tan poco en voz alta.

Leyó el primero.

Su lobo se quedó quieto.

Leyó el segundo.

El viento movió su capa.

Leyó el tercero.

Sus dedos se cerraron.

En el cuarto, sus nudillos se pusieron blancos.

En el quinto, algo oscuro cruzó sus ojos. Emilio, que ya conocía esa clase de silencio, pensó en cuerpos y sentencias.

En el sexto, Damián no respiró durante demasiado tiempo.

No una cura.

No una dote.

No una Luna prestada.

En el séptimo, el lobo dentro de él emitió un aullido bajo, largo, tan lleno de tristeza que Damián tuvo que bajar la mirada para contenerlo.

Que pueda vivir para mí.

Emilio miró hacia el lago.

—Mi Rey Alfa.

—Los recordaré —dijo Damián.

—¿Todos?

—Todos.

Emilio no preguntó qué haría con ellos.

Ya sabía que su Alfa convertía las palabras importantes en órdenes, incluso cuando nadie se las daba.

La ceremonia terminó con cánticos suaves.

Las familias se retiraron poco a poco. Algunas Lunas abrazaron a sus hijas. Algunos niños corrieron por la orilla hasta que sus madres los llamaron. Los faroles se alejaron como estrellas pequeñas sobre el agua.

Valentina permaneció en el lago.

Sofía quiso esperarla, pero Valentina negó con la cabeza.

—Solo un momento.

—Voy a estar allí.

Sofía se quedó bajo un ahuehuete cercano, lo bastante lejos para darle intimidad, lo bastante cerca para correr si alguien se acercaba.

La lluvia empezó sin trueno.

Primero unas gotas finas.

Luego una cortina suave que borró las voces restantes y volvió plateada la superficie del lago.

Valentina no salió del agua.

Miró los faroles.

El primero ya era apenas un punto.

El segundo se inclinó con el viento, pero siguió encendido.

El sexto giró sobre sí mismo y luego encontró corriente.

El séptimo avanzó más despacio que todos.

Como si también le costara alejarse.

Entonces Valentina lloró.

No como cuando el cuerpo se rompe.

No como cuando una humillación llega demasiado rápido y las lágrimas salen antes que el orgullo.

Lloró en silencio, con la lluvia sobre la cara, porque por fin había dicho la verdad sin convertirla en defensa, sin envolverla en leyes, sin usarla como arma.

Quería vivir.

Qué cosa tan simple.

Qué cosa tan difícil.

Una sombra se acercó por detrás.

Su loba no gruñó.

Ese fue el primer aviso.

El segundo fue el olor.

Pino.

Luna.

Una prenda pesada cayó sobre sus hombros.

Militar. Negra. Tibia por el cuerpo de quien la había usado. Demasiado grande para ella.

Valentina levantó la cabeza.

Damián Montero estaba a su lado, bajo la lluvia, sin paraguas. El agua le oscurecía el cabello y corría por la línea firme de su mandíbula. Su rostro no mostraba lástima.

Eso la sostuvo mejor que cualquier consuelo.

—Llueve —dijo él.

Valentina miró la manga del abrigo sobre su pecho.

—Ya lo noté.

—Entonces salga del agua.

No fue Voz Alfa.

No fue orden sobrenatural.

Fue una frase torpe, seca, casi inútil.

Por alguna razón, le aflojó algo dentro.

—Todavía no.

Damián no insistió.

Solo dio un paso, no hacia ella, sino al lado suficiente para cortar el viento que venía del lago. Su cuerpo bloqueó parte de la lluvia. No la tocó. Su mano se levantó una vez, apenas, como si quisiera acomodar mejor el abrigo sobre su hombro.

Se detuvo a unos centímetros.

Valentina lo sintió.

La mano que no cayó.

El cuidado que no exigió reconocimiento.

Su loba emitió un sonido cálido, tembloroso.

Valentina cerró los ojos.

—No debería estar aquí —dijo.

—No.

—Entonces, ¿por qué está?

Damián miró los faroles que se perdían sobre el lago.

—Pasaba.

Valentina soltó una risa húmeda, casi rota.

Fue tan pequeña que pudo confundirse con lluvia.

Damián la oyó.

No sonrió.

Pero su lobo sí.

Permanecieron así hasta que el último farol de Valentina se volvió una chispa distante. Ninguno habló de la carta. Ni del pañuelo. Ni del lobo bajo las bugambilias. Ni de la flor imposible en su ventana.

La lluvia dijo todo lo que ellos no podían.

Bajo un árbol lejano, Sebastián observaba con un paraguas oscuro.

Había llegado tarde, como siempre.

Vio el abrigo negro sobre los hombros de Valentina. Vio a Damián de pie a su lado, no tocándola y aun así más cerca de ella de lo que Sebastián había estado en años. Vio algo peor que una caricia: vio que Valentina no se apartaba.

La rabia llegó primero.

Luego la confusión.

Después una punzada desconocida.

No era honor herido.

No exactamente.

Era ver a una mujer llorar por fin y entender que esas lágrimas nunca le fueron confiadas.

Sebastián cerró el paraguas y se fue bajo la lluvia.

Valentina no lo vio.

Cuando el agua empezó a helarle los pies, Damián habló otra vez.

—Ahora sí.

Esta vez Valentina obedeció.

No porque él mandara.

Porque ella también sabía que era momento de volver.

Al salir del agua, la rodilla tembló. Damián movió la mano por instinto, pero Valentina recuperó el equilibrio antes de que la tocara. Él retiró los dedos.

—Gracias —dijo ella.

—Por el abrigo.

—Por no preguntar.

Esa vez, Damián sí la miró.

La lluvia dibujaba líneas sobre su rostro. Sus ojos dorados parecían más oscuros bajo la noche.

—Hay preguntas que solo hacen más pesada la respuesta.

Valentina bajó la vista.

En el interior del cuello del abrigo había un bordado pequeño, casi oculto por la solapa: el emblema de la Casa Montero, un lobo con alas de águila trazado en hilo negro sobre negro, visible solo cuando la lluvia lo hacía brillar.

Sus dedos tocaron el borde.

Pino.

Luna.

La flor.

El pañuelo.

El lobo.

El callejón.

Damián.

Valentina levantó la vista de golpe.

Pero él ya se había apartado.

Un paso.

Dos.

La lluvia lo envolvió como una cortina.

—Rey Alfa...

Damián se detuvo, apenas de perfil.

—Descanse, Luna Valentina.

Luego siguió caminando hacia la oscuridad de la colina.

Valentina se quedó bajo la lluvia con el abrigo sobre los hombros y el emblema húmedo bajo los dedos.

Ahora sí tenía una pregunta.

Pero la respuesta llegó antes que las palabras.

Desde el fondo de su pecho, su loba habló sin idioma.

No fue un nombre.

Fue reconocimiento.

Alfa.

1
Nana Pelaez
24 capítulos y ella feliz sufriendo 😭😭😭
Marleys Sofia Cervantes
uffffffffffffffffffff
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏
Carla Carvajal
autora quise leer algunas de tus obras, ninguna de las que escogí está terminada, espero puedas terminar esta y sigas con las otras
Natt_Lpz
ne encanta.. pero creo q sabemos q Valentina es fuerte feroz pero xq sufrir tanto? me parte el alma 💔
gabriel rios
es el final o va a seguir
Carla Carvajal
ojalá está novela no sea tan larga, las novelas cuando comienzan a ser rebuscadas suelen aburrir al lector, solo es mi opinión, aburre leer muchos capítulos
Marleys Sofia Cervantes
Alguien sensato
Marleys Sofia Cervantes
Valentina es
Lola calamidades
Sofia Carruso
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
muy bien Damián
Marleys Sofia Cervantes
Hay va arder troya
Marleys Sofia Cervantes
Valentina si lleva porrazos
porrazos viene
porrazos van
Marleys Sofia Cervantes
le están buscando 5 patas al gato
Zaida Sanchez
toda esa gente no vale la
Zaida Sanchez: no valen la pena de sus esfuerzos 😡
total 2 replies
Marleys Sofia Cervantes
pisando en terreno mojado
Marleys Sofia Cervantes
Esa Catalina es un grano en la nalga
Marleys Sofia Cervantes
👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏👏
valentina
Marleys Sofia Cervantes
Doña aurora tiene más pelota que un poco jajajajaja y está vieja me imagino en sus años mosos
Marleys Sofia Cervantes
1 más 1 2
y estos ufff no se que esperan
Lilian Benitez
🤔no está completa
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