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El Halcón y la doctora

El Halcón y la doctora

Status: Terminada
Genre:Romance / Doctor / Amor en la guerra / Policial / Completas
Popularitas:8.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Luz Salazar

Valentina Reyes es médica de urgencias en el Hospital Civil de Guadalajara. Trabaja turnos de cuarenta y ocho horas, mantiene sola a su madre en silla de ruedas y no tiene tiempo para el amor. Mucho menos para un hombre que llega a su sala de emergencias cubierto de sangre, con el cuerpo lleno de cicatrices y una mirada que dice: *yo te conozco*.

Santiago Montero no es quien aparenta ser. Para el mundo es el heredero del Grupo Montero, una de las familias más poderosas de Jalisco. Para el cártel Los Voraces, es "El Halcón", un sicario leal que lleva cinco años infiltrado entre asesinos y narcotraficantes. Para el ejército, es un capitán de fuerzas especiales dispuesto a sacrificarlo todo por destruir al capo más peligroso de Sinaloa.

Pero para Valentina... Santiago es el niño al que ella le regaló un dulce de tamarindo en una capilla destruida, hace veinte años. Ella lo salvó. Él nunca la olvidó. Ella, por el trauma, borró su rostro de la memoria.

Ahora Santiago ha vuelto. Y está dispuesto a esperar lo que haga falta.

Cien cartas escritas en secreto. Una medalla con la inicial "S" que ella lleva al cuello sin saber por qué. Un anillo de plata con turquesa que él juró ponerle en el dedo... aunque le cueste la mano entera.

Pero el pasado no perdona. El Tigre, líder de Los Voraces, tiene una deuda de sangre con la familia Reyes. Y cuando descubra que El Halcón tiene un punto débil llamado Valentina, la guerra dejará de ser solo entre cárteles.

Entre secuestros, tiroteos, secretos familiares y una boda en la misma capilla donde todo comenzó, Valentina y Santiago descubrirán que el destino los unió por una razón.

La pregunta es si sobrevivirán para demostrarlo.

NovelToon tiene autorización de Luz Salazar para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12

La Huida

Las balas picaban el muro a la altura de su cabeza.

Santiago contó tres ráfagas. Dos desde el noreste, una desde la calle principal. Fusiles de asalto. Los Voraces no estaban improvisando; venían con todo.

—¡Mateo, el vehículo! —gritó por el auricular mientras se agachaba detrás del pilar de concreto. Un trozo de cemite le rebotó en el cuello.

—Listo, mi capitán. Puerta sur, motor encendido.

Santiago se asomó medio segundo. Tres camionetas negras avanzaban por la calle de tierra levantando polvo y luz de faros. Muy cerca. Demasiado cerca.

Se giró hacia Valentina. Estaba agachada contra la pared, con las manos firmes y la mandíbula apretada. No gritaba. No temblaba. Lo miraba con esos ojos que exigían verdad, incluso ahora, incluso con plomo volando sobre sus cabezas.

—Cuando yo diga, corres hacia la puerta sur. No te detienes por nada. ¿Entiendes?

—¡No sin ti!

—¡Que te vayas, carajo! —Santiago la tomó del brazo y la empujó hacia el pasillo—. Mateo te cubre. ¡Ya!

Valentina corrió.

Santiago sacó la Beretta, se giró y disparó tres veces hacia la primera camioneta. Los faros explotaron. Cinco segundos ganados.

Cruzó el pasillo a zancadas, saltó un escalón roto, y salió por la puerta sur. La camioneta de Mateo rugía en la oscuridad. Valentina ya estaba dentro, en el asiento trasero, con el cinturón puesto y los nudillos blancos aferrados a la puerta.

Santiago se lanzó al asiento del copiloto y cerró de un golpe.

—¡Vámonos!

Mateo pisó el acelerador. Las llantas chirriaron sobre la grava y la camioneta salió disparada hacia el camino de montaña. Atrás, los faros de los perseguidores se encendieron como ojos furiosos en la noche.

---

El camino subía en zigzag por la sierra sinaloense. Curvas sin baranda, pendientes que caían al vacío negro, y un asfalto medio deshecho que hacía temblar la suspensión con cada bache.

Santiago conocía esta ruta. Tres misiones anteriores. Cada curva, cada pendiente, cada punto ciego memorizado.

—Curva a la izquierda en doscientos metros —dijo, con la voz plana de quien lee coordenadas—. Abre por la derecha y cierra pegado al cerro.

Mateo obedeció sin preguntar. La camioneta se ladeó, las llantas rechinaron sobre el borde del asfalto, y la curva quedó atrás. Los perseguidores, que no conocían el tramo, frenaron. Sus faros oscilaron. Perdieron terreno.

—Bien —dijo Santiago—. Siguiente curva, derecha cerrada. Hay un derrumbe viejo en el carril interior. Pásalo por fuera, contra la montaña.

—Copiado, mi capitán.

Valentina iba en el asiento trasero con el USB de inteligencia apretado contra el pecho. No había dicho una palabra desde que se subió a la camioneta. Miraba por la ventana trasera. Las luces de los perseguidores aparecían y desaparecían entre las curvas, como luciérnagas empecinadas que se negaban a morir.

Santiago le lanzó una mirada rápida por el retrovisor. Estaba pálida. Las manos le temblaban. Pero sus ojos —esos malditos ojos oscuros que llevaba clavados en la memoria desde hacía quince años— estaban fijos, alertas.

No se iba a romper. Santiago lo supo en ese momento con una certeza que le dolió en el pecho. Valentina Reyes no se rompía. Se doblaba, se astillaba, pero no se rompía.

Una ráfaga de disparos golpeó la parte trasera de la camioneta. El vidrio trasero se cuarteó pero no estalló —blindaje básico, cortesía del Capitán Ramírez—. Valentina se agachó por instinto, cubriéndose la cabeza con los brazos.

—¡Nos alcanzan! —gritó Mateo.

Santiago miró por el retrovisor lateral. Una de las camionetas perseguidoras había acortado distancia. Venía pegada, a menos de treinta metros, con un tipo asomado por la ventana del copiloto con un rifle.

El Coyote. Tenía que ser él. Solo un loco o un sicario con algo que probar se asomaba así en una curva de montaña a ciento veinte por hora.

—Mateo —dijo Santiago, y su voz cambió. Se volvió hierro—. Toma el volante.

—¿Qué?

—Toma el volante. Mantén velocidad. No frenes por nada.

Mateo entendió. Se deslizó hacia la izquierda mientras Santiago soltaba el volante. Por un segundo la camioneta se bamboleó. Mateo la estabilizó. Santiago ya tenía la ventana del copiloto abajo y medio cuerpo fuera.

El viento de la sierra le golpeó la cara como un puñetazo. Olía a pino, a tierra mojada, a gasolina quemada. El aire le arrancó lágrimas de los ojos. No importaba. No necesitaba ver mucho. Solo necesitaba ver una cosa.

El neumático delantero izquierdo de la camioneta perseguidora.

Santiago apoyó el codo en el marco de la ventana. La Beretta le pesaba en la mano derecha como una extensión de su brazo. Ajustó. Respiró. Una curva a la derecha le daba un ángulo limpio por exactamente dos segundos.

Uno.

Dos.

Disparó.

El tiro salió limpio, cortando la noche como un bisturí. El neumático delantero de la camioneta perseguidora reventó con un estallido que se comió el eco de las montañas. La camioneta se sacudió violentamente hacia la izquierda, las chispas del rin desnudo rayaron el asfalto, y el conductor luchó con el volante. La camioneta giró, derrapó, y se detuvo en diagonal bloqueando medio camino.

La segunda camioneta frenó detrás. Más luces. Más gritos. Pero ahora estaban parados.

Santiago se metió de vuelta. El viento dejó de rugirle en los oídos. Se deslizó de vuelta al asiento del copiloto y cerró la ventana.

—Despejado —dijo—. Sigue.

Mateo le devolvió el asiento del conductor, y Santiago tomó el volante como si nada hubiera pasado.

En el asiento trasero, Valentina se había quedado inmóvil. Tenía las manos aferradas al asiento, los nudillos completamente blancos, y los ojos fijos en la nuca de Santiago. Lo había visto. Todo. La precisión mecánica, la calma sobrehumana, la forma en que medio cuerpo colgaba fuera de una camioneta a ciento veinte por hora en un camino de montaña y él simplemente... respiraba, apuntaba, disparaba. Como si estuviera en un campo de tiro. Como si la muerte fuera un trámite menor.

Eso era El Halcón. No una leyenda de cantina. Un hombre que vivía en el filo de la navaja con la misma naturalidad con que otros viven detrás de un escritorio.

Valentina soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo. Pero no dijo nada.

---

Bajaron de la sierra en silencio. El camino se fue aplanando, el asfalto mejoró, y las luces de los perseguidores desaparecieron en el retrovisor como estrellas que se apagan.

Santiago marcó una frecuencia en el radio.

—Halcón a Base. Paquete asegurado. Cruzando límite estatal en aproximadamente diez minutos. Solicito escolta.

La voz del Capitán Ramírez crepitó en respuesta, firme y sin sorpresa, como si hubiera estado esperando exactamente esa llamada.

—Copiado, Halcón. Convoy Águila ya está en posición en el kilómetro treinta y cuatro de la federal. Dos unidades. Los recogemos en la línea Sinaloa-Jalisco.

—Entendido. Halcón fuera.

Cruzaron el límite estatal a las cuatro y doce de la madrugada. Valentina lo supo porque miró la hora en el tablero con la misma atención inútil que uno pone en los detalles cuando el cerebro se niega a procesar lo grande.

En la oscuridad de la carretera apareció un par de faros. Luego otro par. Dos camionetas militares, sin insignias visibles, se colocaron una delante y una detrás. Escolta. Formación de protección.

Los Voraces no cruzarían esa línea. La cacería se acababa.

Mateo redujo la velocidad. La tensión que le había agarrotado los hombros durante cuarenta minutos se aflojó de golpe. Suspiró y se pasó una mano por la cara.

—Estamos dentro, mi capitán.

Santiago asintió. Sacó la memoria USB del bolsillo interior de su chaleco —Valentina se la había pasado en algún momento sin que él tuviera que pedirla— y la sostuvo un momento entre los dedos. Tres meses de misión. Rutas, nombres, cuentas. Todo en un rectángulo de plástico más pequeño que su pulgar.

—Mateo —dijo—, coordina con Ramírez la entrega. Protocolo estándar.

—Sí, mi capitán.

La camioneta avanzaba a velocidad normal. Ochenta por hora. Luces de la federal reflejándose en el asfalto mojado. Normalidad. Vida civil.

Santiago miró por el retrovisor. Valentina ya no miraba por la ventana. Lo miraba a él.

Le debía algo. Después de lo que ella había visto, después de lo que él la había arrastrado a vivir, le debía al menos un fragmento de verdad.

—Soy militar —dijo, sin girarse. Su voz sonó ronca, gastada—. Todo lo que viste en San Miguel... era una misión.

Silencio.

El motor zumbaba. Mateo miraba la carretera con atención deliberada, como si la línea blanca del centro fuera lo más fascinante del universo. Sabía cuándo no meterse.

Valentina no habló durante un minuto entero. Santiago contó los segundos sin darse cuenta, como contaba los segundos entre disparos.

Cuando finalmente habló, su voz fue baja. Tranquila. Afilada como un bisturí.

—¿Y lo de la capilla? ¿Y las flores en mi casillero? ¿Eso también era una misión?

Santiago apretó el volante. Los nudillos se le pusieron blancos. Era una pregunta simple. Directa. Y le desarmó más que cualquier ráfaga de Los Voraces.

Miró por la ventana. Las luces de la carretera le pasaban por la cara en intervalos regulares: luz, sombra, luz, sombra. Como los latidos de un corazón que no sabe si detenerse o acelerarse.

—Cuando tenía diez años —dijo, y su voz bajó hasta convertirse en algo apenas audible, algo que parecía costarle cada sílaba—, una niña me dio un dulce de tamarindo en una capilla. Me dijo que los dulces curan el miedo. —Hizo una pausa. Tragó saliva—. Nunca olvidé su cara.

El silencio que siguió fue de otra textura. Más denso. Más frágil. Como cristal caliente a punto de tomar forma o de quebrarse.

Valentina sintió que el aire se le atoraba en la garganta.

Tamarindo.

Una capilla.

"Los dulces curan el miedo."

La Capilla de la Virgen del Refugio. Ella tenía nueve años. Había ido con su abuela a dejar veladoras. Un niño flaco, sucio, con ojos demasiado viejos para su cara, estaba sentado en la última banca. Solo. Con las rodillas pegadas al pecho y las manos cerradas sobre algo que ella no pudo ver.

Valentina le había dado su último dulce de tamarindo.

"Los dulces curan el miedo", le dijo, porque eso le decía su abuela cuando ella tenía pesadillas. No sabía si era verdad. Pero el niño lo necesitaba más que ella.

No recordaba su cara. Recordaba sus ojos. Oscuros. Rotos. Y la forma en que tomó el dulce con las dos manos, como si fuera algo sagrado.

La mano de Valentina fue hacia su cuello. Sus dedos encontraron la Medalla de la Virgen del Refugio. La misma medalla que había llevado toda su vida. La volteó despacio, con los dedos temblorosos, hasta que la luz del tablero iluminó la parte trasera.

La letra grabada en el metal.

S.

Santiago.

Las lágrimas cayeron sin sonido. Sin sollozo. Sin drama. Simplemente cayeron, una tras otra, por las mejillas de Valentina Reyes como si llevaran años esperando permiso para salir. Le mojaron las manos. Le cayeron sobre la medalla. Y ella las dejó caer, porque algunas verdades son demasiado grandes para limpiarlas con el dorso de la mano.

Todo encajaba. Y al encajar, todo dolía.

El tatuaje. V.R. Las flores. La forma en que él la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta, como si mirar fuera lo único que se permitía. La forma en que había arriesgado su vida, su misión, todo, para sacarla de San Miguel de las Piedras.

No era un extraño.

Nunca lo había sido.

El collar de bala que él llevaba al cuello. La medalla que ella llevaba al suyo. Dos mitades de una historia que empezó con un dulce de tamarindo y una mentira piadosa sobre el miedo.

La carretera se ensanchó. Las primeras luces de la zona metropolitana aparecieron en el horizonte. Gasolineras. Puentes vehiculares. Anuncios espectaculares.

Guadalajara.

Valentina se limpió las lágrimas con el borde de la manga. Respiró hondo. Y finalmente habló. Su voz salió rota y entera al mismo tiempo, como una campana agrietada que todavía puede sonar.

—Ese niño... ¿eras tú?

Santiago no contestó.

La camioneta se detuvo en el acotamiento de la entrada a la ciudad. El cielo estaba cambiando del negro al gris, y una línea de luz naranja se asomaba por el oriente, tiñendo los cerros y las torres de la catedral a lo lejos.

Santiago abrió la puerta. Bajó. Se quedó de pie un momento, de espaldas a ella, con el collar de bala brillando débilmente bajo la primera luz del amanecer.

Se giró a medias. No la miró directamente, como si mirarla a los ojos fuera lo único que El Halcón no se atrevía a hacer.

—Bienvenida a casa, señorita Reyes.

La luz del amanecer le dio en la cara. Y por un segundo —solo un segundo— Valentina vio al niño de la capilla debajo del soldado. Flaco, sucio, roto. Con un dulce de tamarindo en las manos y los ojos llenos de algo que todavía no tenía nombre.

Santiago cerró la puerta y caminó hacia la camioneta de escolta sin mirar atrás.

Valentina se quedó en el asiento trasero, con la medalla apretada en el puño, viendo cómo la silueta de él se recortaba contra el amanecer de Guadalajara hasta que la luz se lo tragó.

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Nilda María Ovelar Zarate
Felicidades escritora, buena trama, me gustó mucho!
Esperaremos más historias 🙌
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
Rosa Rodelo
Foto foto foto
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰porfa 😭
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