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Bajo El Nombre Valemont

Bajo El Nombre Valemont

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Magia
Popularitas:857
Nilai: 5
nombre de autor: Araknealeg

En la Casa Valemont, el amor es una debilidad y la sangre solo tiene valor mientras sea útil.
Seraphine Valemont, la hija menor de uno de los ducados más poderosos del reino, ha crecido rodeada de conspiraciones, rivalidades y silencios capaces de destruir familias enteras. Mientras sus hermanos luchan entre sí por poder y supervivencia bajo la mirada implacable de su padre, ella oculta un secreto que bastaría para condenarla a la hoguera: magia.
Pero sobrevivir en la nobleza exige algo peor que esconderse.
Exige aprender a manipular, mentir y convertirse en aquello que más detesta.
Mientras la aristocracia persigue brujas públicamente y las utiliza en secreto, Seraphine comenzará a construir una red clandestina de poder entre sombras, traiciones y pactos peligrosos.
Porque en la Casa Valemont, los monstruos no nacen.
Se crean.

NovelToon tiene autorización de Araknealeg para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Cap 4. Las Hijas Útiles.

......................

El despacho del duque olía a tinta, humo y madera vieja.

Seraphine lo percibió incluso antes de que los guardias cerraran las puertas detrás de ella.

La habitación estaba iluminada únicamente por la luz gris de la mañana filtrándose entre ventanales estrechos y por el fuego bajo de la chimenea. Las paredes, cubiertas por mapas militares y estanterías oscuras, hacían que el lugar pareciera más una sala de guerra que un despacho noble.

Lo cual era apropiado.

Para el duque Valemont, todo era guerra.

Él permanecía de pie junto a una mesa larga cubierta de documentos sellados. No levantó la vista al escucharla entrar.

—Llegaste puntual.

—Me lo ordenaste.

El duque firmó algo lentamente antes de responder.

—Eso también es nuevo.

Seraphine guardó silencio.

Nunca hablaba de más con él. Cada conversación con su padre se parecía demasiado a caminar sobre hielo delgado: cualquier frase mal colocada podía romper algo irreversible.

La lluvia de la noche anterior había desaparecido, pero el cielo seguía cubierto por nubes oscuras. La luz apagada del amanecer endurecía aún más las facciones del duque.

Cincuenta y siete años.

Y aun así imponía más que la mayoría de hombres armados.

No necesitaba alzar la voz.

La autoridad parecía existir naturalmente alrededor de él.

—Acércate.

Seraphine obedeció.

El duque finalmente dejó la pluma sobre la mesa y la observó directamente.

Aquellos ojos negros eran insoportablemente parecidos a los de Alaric.

Fríos. Precisos. Vacíos de afecto.

—La Casa Arden llegará antes de lo previsto —dijo.

—Entiendo.

—No, todavía no entiendes.

El duque caminó lentamente alrededor de la mesa.

Sus botas resonaron suavemente sobre el suelo de piedra.

—Lord Arden vendrá con ambos hijos.

Seraphine mantuvo el rostro neutro.

—¿Y esperas que los impresione?

—Espero que no hagas el ridículo.

Directo.

Como siempre.

El duque tomó una copa de cristal y bebió apenas un sorbo de vino oscuro.

—Tienes quince años. Ya no eres invisible.

Seraphine sintió tensión inmediata bajo la piel.

Invisible.

Nunca lo había sido realmente.

Pero hasta ahora había permanecido fuera del centro político de la familia. Observando. Aprendiendo.

Eso estaba terminando.

—Las hijas nobles tienen utilidad limitada —continuó el duque—. Matrimonios, alianzas, herederos.

Algunas entienden eso rápido. Otras desperdician años creyéndose especiales.

La mirada de Seraphine permaneció fija.

—¿Y yo cuál soy?

Él la observó unos segundos.

—Aún no lo decido.

El fuego de la chimenea crepitó detrás de ellos.

Afuera, algún cuervo graznó cerca de las murallas.

Seraphine percibió algo más en las palabras del duque.

No era solo evaluación matrimonial.

Era advertencia.

—Evelyne sabe exactamente cuál es su valor —dijo él.

Claro que sí.

Evelyne había sobrevivido convirtiéndose en exactamente lo que aquella casa necesitaba: elegante, intocable, útil.

—Celestine aún finge fragilidad —continuó el duque—.

Eso eventualmente dejará de servirle.

Seraphine permaneció inmóvil.

—¿Y Alaric y Cassian?

La expresión del duque cambió apenas.

Una sombra mínima.

—Ellos nacieron para otro tipo de utilidad.

Ahí estaba otra vez.

Utilidad.

No hijos.

No familia.

Herramientas.

El duque dejó la copa sobre la mesa.

—Los Arden permanecerán aquí dos semanas.

Quiero que observes. Escuches. Aprendas cómo funciona realmente la nobleza.

“Cómo funciona realmente.”

Seraphine casi sintió ganas de reír.

Había crecido allí.

Sabía perfectamente cómo funcionaba: sonrisas falsas, alianzas temporales, humillaciones elegantes, amenazas disfrazadas de cortesía.

—Cassian supervisará las negociaciones comerciales —continuó el duque—. Evelyne manejará la parte social. Tú permanecerás cerca de ellos.

Eso la sorprendió.

Cassian rara vez involucraba a otros en asuntos políticos.

El duque debió notarlo.

—El heredero necesita aprender a manejar activos más delicados que soldados y contratos.

Activos.

Seraphine sostuvo su mirada.

—¿Y yo soy uno de esos activos?

—Todos en esta familia lo son.

Ni siquiera intentó negarlo.

El silencio se volvió pesado.

Finalmente el duque volvió hacia la mesa y tomó otro documento.

La conversación estaba terminando.

O eso parecía.

Entonces habló sin mirarla.

—Anoche alguien entró a los archivos restringidos.

El pulso de Seraphine se mantuvo estable únicamente por esfuerzo.

—¿Ah sí?

—Forzaron una cerradura.

No reaccionar.

Nunca reaccionar demasiado rápido.

—¿Y encontraron algo?

El duque la observó otra vez.

Demasiado atento.

—Eso intento descubrir.

Seraphine sintió un leve frío recorrerle la espalda.

No había sido ella.

Pero aquello era un problema.

Los archivos restringidos probablemente contenían información sobre: brujas, familias nobles, ejecuciones, alianzas secretas.

Cosas que nadie debía tocar.

—Puedes retirarte —dijo finalmente el duque.

Ella inclinó apenas la cabeza y se dirigió hacia la salida.

—Seraphine.

Se detuvo.

—Sí, padre.

—Ten cuidado con quién te observa.

La frase cayó como una piedra en agua oscura.

Seraphine salió del despacho sin responder.

Los corredores principales del castillo estaban mucho más activos que la noche anterior.

Sirvientes cargando telas, guardias cambiando posiciones, criados preparando habitaciones para los Arden.

Todo el ambiente tenía esa tensión silenciosa previa a la llegada de nobles importantes.

Seraphine avanzó despacio entre el movimiento constante mientras organizaba pensamientos.

Alguien había entrado a los archivos.

Alguien conocía el apellido Morvane.

Y una figura desconocida había aparecido bajo su ventana usando el símbolo del medallón.

Demasiadas cosas ocurriendo al mismo tiempo.

Giró por uno de los pasillos laterales y casi chocó con Cassian.

Él se detuvo inmediatamente.

—Disculpa.

Automático. Cortés.

Pero agotado.

De cerca, las sombras bajo sus ojos eran más evidentes.

Cassian llevaba varios documentos bajo el brazo y todavía parecía impecable pese al evidente cansancio.

—Padre ya habló contigo —dijo.

No era pregunta.

—Sí.

Cassian soltó un suspiro apenas perceptible.

—Entonces sabes lo de los Arden.

—Lo suficiente.

Él dudó unos segundos.

Curioso.

Cassian rara vez dudaba al hablar.

—Escucha… —comenzó finalmente— durante estas semanas evita quedarte sola con Alaric.

Directo.

Igual que Celestine.

Seraphine entrecerró apenas los ojos.

—Todos parecen muy preocupados por eso últimamente.

—Porque deberías estarlo.

La respuesta salió demasiado rápida.

Genuina.

Cassian miró alrededor antes de bajar ligeramente la voz.

—Alaric disfruta descubrir debilidades.

—¿Y tú no?

La mandíbula de Cassian se tensó apenas.

—No de la misma manera.

Eso era probablemente cierto.

Cassian no destruía personas por placer.

Solo aceptaba que el sistema las destruyera.

Lo cual tampoco era exactamente noble.

—¿Qué cree que vio en mí? —preguntó Seraphine.

Cassian la observó unos segundos.

Como si estuviera pensando cuánto decir.

—No lo sé.

Mentira parcial.

Ella lo notó enseguida.

—Pero sabes algo.

Él desvió la mirada hacia una ventana cercana.

El cielo seguía gris.

—Alaric respeta muy pocas personas. Las que le interesan suelen terminar mal.

—Qué alentador.

Por primera vez, algo parecido a cansancio real apareció en el rostro de Cassian.

—Seraphine… esta casa convierte la atención en peligro. Aprende eso rápido.

Luego siguió caminando antes de que ella pudiera responder.

Seraphine lo observó alejarse.

Recto.

Controlado.

Sosteniendo el peso completo del ducado sobre los hombros.

Y aun así, por un instante, había parecido sinceramente preocupado.

Eso la incomodó más de lo esperado.

El jardín interior estaba vacío debido al clima.

La tierra húmeda desprendía olor a lluvia reciente y las rosas negras cultivadas por generaciones de jardineros Valemont se balanceaban suavemente bajo el viento frío.

Seraphine descendió lentamente las escaleras de piedra hacia el centro del jardín.

Necesitaba pensar lejos de corredores llenos de ojos y rumores.

El medallón permanecía oculto dentro de la manga de su vestido.

Podía sentir su peso constantemente.

Se detuvo junto a la fuente central.

El agua reflejaba un cielo gris quebrado por ramas desnudas.

—No deberías venir aquí sola.

Seraphine giró inmediatamente.

Evelyne estaba de pie bajo uno de los arcos cubiertos de hiedra oscura.

Perfecta como siempre.

Vestido color marfil. Guantes negros. Cabello impecable.

Incluso bajo aquella luz apagada parecía una pintura demasiado elegante para pertenecer al mismo mundo que el resto.

—¿Ahora tú también vas a advertirme sobre algo? —preguntó Seraphine.

Evelyne sonrió apenas mientras se acercaba.

—No. Vine a advertirte sobre todos.

Eso sí era inesperado.

Seraphine la observó con atención.

—Qué generosa.

—No confundas utilidad con generosidad.

Ah. Ahí estaba la verdadera Evelyne.

La hermana mayor se detuvo junto a la fuente.

—Los Arden no son idiotas —dijo mientras observaba el agua—. Vendrán buscando ventajas. Matrimonios. Información. Debilidades.

—Como todos.

—Sí. Pero ellos sonríen mejor mientras lo hacen.

El viento agitó suavemente las rosas cercanas.

Seraphine cruzó lentamente los brazos.

—¿Por qué me dices esto?

Evelyne la miró de reojo.

—Porque eres hermosa.

La respuesta fue tan directa que resultó incómoda.

—Y eso vuelve estúpidos a ciertos hombres —continuó Evelyne—. Especialmente a los jóvenes nobles que crecieron creyendo que pueden poseer todo lo que desean.

Seraphine notó algo extraño en su tono.

Desprecio.

Experiencia.

Quizá ambas.

—No necesito protección.

Evelyne soltó una risa baja.

—Claro que sí. Todos la necesitamos aquí.

Por un instante el silencio entre ambas no se sintió hostil.

Solo cansado.

Entonces Evelyne volvió a hablar.

—Anoche hubo movimiento cerca de los aarchivos.

Seraphine sintió el cuerpo tensarse apenas.

—Ya escuché algo.

—Un guardia desapareció.

Eso sí era nuevo.

—¿Desapareció?

—No encontraron cuerpo.

La expresión de Evelyne permanecía tranquila, pero sus dedos jugueteaban lentamente con uno de los anillos negros que llevaba.

Nerviosa.

Muy raro en ella.

—Padre está furioso —murmuró.

—¿Crees que tiene relación con…?

Seraphine se detuvo antes de terminar la frase.

Con las brujas.

Evelyne la observó fijamente.

Y durante un segundo demasiado largo, Seraphine sintió la horrible impresión de que su hermana sabía algo.

—Creo —respondió Evelyne lentamente— que esta familia lleva demasiado tiempo enterrando cosas.

El viento se intensificó de golpe.

Las ramas de los árboles oscuros se agitaron violentamente sobre ellas.

Y entonces Seraphine lo sintió otra vez.

Esa vibración extraña en el aire.

Débil.

Invisible.

Pero claramente real.

Su respiración se detuvo apenas un instante.

Evelyne frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué ocurre?

Seraphine giró lentamente hacia los setos del extremo norte del jardín.

Algo se movía allí.

No una persona.

Sombras.

Oscuras. Demasiado rápidas.

Y entre las ramas húmedas, apenas visible…

El símbolo del ojo atravesado apareció dibujado sobre la piedra del muro. Fresco. Negro. Como si hubiera sido pintado hacía segundos.

Evelyne palideció.

Solo un poco.

Pero Seraphine lo vio.

Y antes de que pudiera decir una palabra, una voz masculina resonó detrás de ellas.

—Interesante.

Alaric.

Ambas hermanas giraron.

Él estaba de pie bajo la lluvia ligera del corredor exterior, observando directamente el símbolo marcado en el muro.

Sonriendo.

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